Chương 217: Capítulo 217 - La Quietud Impuesta
404: Realidad no encontrada [Español] · nikcodra · 222 chương · ~39 phút đọc · Tạo 03/09/2026
I. Días de Espera Gris Los días que siguieron a la recepción del mensaje élfico se fundieron en una neblina gris y opresiva dentro de los confines de la Residencia 7-Alfa. La noticia –Martín estaba vivo, pero lejos, inaccesible, en manos de los enigmáticos Elfos por tres largos meses– había sido una extraña mezcla de alivio desgarrador y frustración impotente. El objetivo inmediato de la venganza y el rescate se había disuelto, reemplazado por una orden fría del Gremio: esperar.
Y la espera estaba matando al equipo C-734, cada uno a su manera. Althaea sentía la quietud antinatural de la residencia como una jaula. Acostumbrada a los vastos espacios del bosque, a la constante alerta de la naturaleza, el confinamiento forzado y la inacción la estaban ahogando. Pasaba horas en el pequeño jardín hidropónico que había improvisado en un rincón del área común, cuidando las plantas con una concentración casi febril, sus manos buscando la conexión con la tierra que tanto necesitaba.
Pero incluso allí, la preocupación la roía. Pensaba en Martín, en el estado "ni vivo ni muerto" descrito por los Elfos, en los métodos arcanos a los que estaría sometido. Se sentaba a meditar, intentando encontrar su centro, pero su mente era un torbellino de "¿y si...?", de escenarios terribles, de la culpa persistente por haber caído, por no haber estado allí para él al final.
A veces, observaba a Cero en silencio, viendo la fragilidad en sus ojos recuperados, sintiendo el peso de proteger al niño que había sido el cebo para la captura de Martín. Thorian se había refugiado en su trabajo, como un buen enano haría ante una crisis emocional.
Había convertido una sección de la sala común en un taller improvisado, las pantallas de datos brillando día y noche mientras analizaba obsesivamente la información recuperada de Sigma-9, los componentes de los Golems de Astracita, las firmas energéticas dejadas por la facción interna. Buscaba patrones, debilidades, cualquier cosa que pudiera darles una ventaja cuando... si... Martín regresara.
Murmuraba para sí mismo en Khazalid, su frustración manifestándose en la forma en que apretaba las herramientas o golpeaba suavemente la mesa con el puño. La impotencia de no poder forjar una solución, de tener que depender de la palabra de los Elfos y la burocracia del Gremio, era una afrenta a su naturaleza pragmática. Kora era quizás la que peor llevaba la espera.
La vulnerabilidad cruda que había mostrado tras el relato de Roric se había solidificado de nuevo en una coraza de hostilidad y autodestrucción silenciosa. Pasaba la mayor parte del tiempo en su habitación o en las instalaciones de simulación de combate del Gremio (a las que aún tenían acceso limitado).
Althaea la oía a veces por la noche, los sonidos ahogados de impactos violentos contra las paredes acolchadas del simulador, una furia desatada contra enemigos virtuales porque no podía dirigirla contra los reales, ni contra sí misma. Cuando estaba con el grupo, era un volcán apagado, silenciosa, hosca, bebiendo más de lo debido, respondiendo con monosílabos o gruñidos si le hablaban.
El recuerdo del abrazo de Martín, de sus últimas palabras ("perdón por ser una carga"), parecía perseguirla, una mezcla tóxica de culpa y la sensación de haber fallado una vez más. Cero, por su parte, era una presencia silenciosa y observadora. Había recuperado la conciencia y la movilidad, pero la personalidad lógica y analítica de S-000 se había ido, reemplazada por una quietud infantil y cautelosa.
Seguía a Althaea como una sombra, observando sus cuidados a Croko (que se recuperaba lentamente en un rincón acondicionado de la residencia, un gigante dormido). A veces, intentaba ayudar de formas torpes, ofreciendo una herramienta a Thorian o simplemente sentándose en silencio mientras Kora destrozaba hologramas.
Hablaba poco, y cuando lo hacía, era con frases simples, a menudo haciendo preguntas básicas sobre el mundo o las emociones que observaba, como un niño aprendiendo a caminar en una realidad nueva y confusa. El trauma de su tortura y la conexión con la caída de Martín lo habían dejado... reiniciado, pero frágil. Los días se arrastraban, idénticos unos a otros. La residencia de alta tecnología se había convertido en una prisión de lujo, llena de fantasmas y frustraciones no dichas.
El alivio inicial por saber a Martín vivo se había agriado, transformándose en la ansiedad de la espera, en la sospecha hacia los Elfos, en la rabia contenida contra el Gremio y la facción invisible que les había arrebatado a su líder. El equipo C-734 estaba unido por la pérdida, sí, pero también se estaba deshilachando lentamente en la quietud impuesta. Necesitaban un propósito, una dirección, algo que rompiera la monotonía gris de la espera antes de que la desesperación los consumiera por completo. II.
La Condición de Cero En medio de la atmósfera cargada de la Residencia 7-Alfa, Cero era una anomalía dentro de la anomalía. Había regresado del abismo de la catatonia, su cuerpo recuperando la forma adulta-joven que conocían, pero la mente que lo habitaba era un territorio desconocido y frágil. La fría eficiencia de S-000, el supervisor lógico, se había evaporado por completo, dejando atrás algo... diferente. Pasaba gran parte del tiempo en silencio, observando.
Sus ojos, antes vacíos o analíticos, ahora mostraban una cautela casi infantil, absorbiendo el entorno con una intensidad tranquila pero constante. Seguía a Althaea con una devoción silenciosa, observando cómo ella cuidaba las heridas de Croko, cómo hablaba suavemente con el lagarto gigante mientras le cambiaba los vendajes o le ofrecía comida.
A veces, Cero intentaba imitarla, acercándose a Croko con vacilación y ofreciéndole un trozo de fruta o simplemente sentándose cerca, como buscando una conexión con la otra criatura herida bajo su techo. Había empezado a hablar de nuevo, pero sus palabras eran escasas, simples, a menudo en forma de preguntas directas que revelaban una profunda desconexión con las complejidades del mundo y las emociones. —¿Por qué... Kora golpea las luces?
—le preguntó un día a Althaea, mientras observaban desde la puerta cómo Kora descargaba su furia en el simulador de combate, los destellos de energía iluminando su rostro tenso. Althaea suspiró. —¿Las luces? No, Cero. No golpea las luces. Golpea... enemigos imaginarios. Está entrenando. O... liberando tensión. Cero inclinó la cabeza, procesando la información. —¿Liberar tensión... es hacer ruido y romper cosas virtuales? —A veces —admitió Althaea—. Para algunos. Es... complicado.
En otra ocasión, se acercó a Thorian mientras este trabajaba en su terminal, absorto en diagramas rúnicos complejos. Cero observó la pantalla en silencio durante varios minutos antes de preguntar: —¿Esos símbolos... hacen que el metal haga cosas? Thorian levantó la vista, sorprendido por la pregunta directa. Miró a Cero, a su expresión genuinamente curiosa. —Sí, muchacho. Bien usados, hacen que el metal cante, que la piedra resista, que la energía fluya. Mal usados... —hizo una mueca—... hacen que todo explote.
Cero asintió lentamente, como si almacenara esa información en algún lugar profundo. —¿Martín... usaba símbolos así? En su cabeza. La pregunta tomó a Thorian por sorpresa. Miró a Althaea, quien se encogió de hombros. La conexión de Cero con Martín era un territorio delicado. —Algo así, Cero. Pero diferente. Más... fundamental. Althaea intentaba interactuar con él con paciencia, respondiendo a sus preguntas, asegurándose de que comiera, animándolo suavemente a participar.
Recordaba la advertencia de Martín sobre hurgar en su mente, pero también la detección del "símbolo adherido" por parte de Serena. Intentó sondearlo sutilmente. —Cero, cuando... cuando estabas en ese lugar, en Sigma-9... ¿sentiste algo... extraño? ¿Algo que no fuera solo dolor? Cero la miró, sus ojos claros y ahora vulnerables parpadearon. —Dolor —repitió—. Y... frío. Un frío que... quería... comerse la luz. —Un escalofrío recorrió su cuerpo—. Y luego... Martín. Llegó. El frío retrocedió.
No mencionó ningún símbolo, ninguna presencia específica más allá del "frío". Althaea no presionó más. Fuera lo que fuera que le habían hecho, o lo que sea que ese símbolo representara, parecía estar latente o más allá de su comprensión actual. Lo más notable era su apego a Althaea.
Buscaba su proximidad, se sentaba cerca de ella en silencio, y la única vez que mostró una emoción fuerte desde su despertar (más allá del llanto inicial) fue cuando Kaelen llegó para una inspección rutinaria y Cero se interpuso instintivamente entre el oficial del Gremio y Althaea, mirándolo con una desconfianza silenciosa hasta que Althaea le aseguró que todo estaba bien. Era un ser reiniciado, un lienzo en blanco con cicatrices profundas bajo la superficie. Su recuperación era lenta, incierta.
Era otro recordatorio constante para el equipo de lo que habían perdido y de lo que aún podían perder, otra responsabilidad en medio de su propia espera y dolor. Protegerlo se había convertido en un objetivo tácito, un pequeño acto de desafío contra la facción que lo había usado y contra el Gremio que lo veía como una simple "unidad". III.
La Visita Inesperada La monotonía gris de la espera se rompió una tarde, varios días después de que la noticia élfica hubiera llegado y se hubiera asentado como una capa de escarcha sobre el ánimo del equipo. No hubo aviso previo, ni una convocatoria formal. Simplemente, la puerta principal de la Residencia 7-Alfa se deslizó hacia un lado, y Lord Valerius Veridian entró. Iba solo. Sin Kaelen, sin escolta visible.
Vestía sus habituales túnicas oscuras de corte impecable, pero había algo en su porte, una tensión contenida, una ausencia de su habitual ironía distante, que puso a todos en alerta inmediata. Thorian, que estaba calibrando un escáner rúnico en su improvisado taller, levantó la cabeza bruscamente, su mano yendo instintivamente hacia una herramienta pesada sobre la mesa.
Kora, que había estado observando lánguidamente una pantalla de noticias del Gremio en el área común, se enderezó de golpe, su expresión volviéndose hosca y desafiante. Althaea, que estaba sentada cerca de Croko, ayudando a Cero a identificar diferentes tipos de hierbas medicinales que ella había cultivado, se puso en pie lentamente, colocando a Cero protectoramente detrás de ella. Cero miró a Valerius con sus ojos ahora conscientes y cautelosos, sin mostrar miedo, pero tampoco reconocimiento.
Valerius se detuvo justo dentro de la entrada, sus ojos oscuros recorriendo la estancia, evaluando la escena con una rapidez calculadora. Notó la tensión defensiva del equipo, el estado de Cero, la presencia masiva de Croko respirando suavemente en el rincón, el desorden organizado del taller de Thorian, las botellas vacías cerca del asiento de Kora. Su rostro permaneció impasible. This text was taken from Royal Road. Help the author by reading the original version there. —Veo que la...
convalecencia forzada presenta sus propios desafíos —dijo finalmente Valerius, su voz tranquila rompiendo el silencio tenso. No era una pregunta, sino una observación. —¿Qué quiere, Lord Valerius? —preguntó Thorian, su tono áspero, sin levantarse de su puesto de trabajo—. Se nos ordenó esperar. Estamos esperando. —Precisamente —respondió Valerius, comenzando a caminar lentamente hacia el centro de la sala, sus pasos silenciosos sobre el suelo—. Y he venido a ver cómo esperan. El informe de Roric fue... conciso.
El mensaje élfico, igualmente... parco en detalles útiles. Pero la energía residual en Delta-Prime y los informes médicos de ustedes pintan un cuadro... más vívido. Se detuvo, su mirada pasando de uno a otro. —Veo heridas que sanan lentamente. Veo frustración contenida. Veo... duelo. Y veo potencial desperdiciado en la autocompasión o la rabia impotente. Kora bufó. —¿Y qué esperaba? ¿Que estuviéramos tejiendo tapices y cantando canciones de espera? Nos tendieron una trampa, casi nos matan, y se llevaron a Vega.
¡Y ahora nos dicen que nos sentemos y esperemos tres malditos meses! —Exacto, soldado —dijo Valerius, girándose para encarar a Kora, su mirada fría—. Exactamente eso es lo que les ordenaron. Esperar. Pero cómo esperan... eso depende de ustedes. Y francamente, lo que veo ahora... no es impresionante. Es... predecible. El insulto implícito flotó en el aire. Valerius no había venido a ofrecer consuelo. Había venido a observar, a evaluar. Y quizás... a intervenir. La tensión en la sala subió otro grado.
¿Qué buscaba el líder del Alto Gremio con esta visita inesperada y esta crítica velada? IV. Palabras como Acero Frío Valerius dejó que su crítica –"no es impresionante... es predecible"– flotara en el aire tenso, observando las reacciones. Vio la furia encenderse en los ojos de Kora, la mandíbula apretada de Thorian, la mirada herida pero firme de Althaea. Cero simplemente observaba, su rostro una máscara inescrutable. —¿Esperaban una palmada en la espalda?
—continuó Valerius, su voz tranquila pero cortante como el hielo—. ¿Una medalla por sobrevivir a una operación que fracasó estrepitosamente en su objetivo principal? Sí, recuperaron a la Unidad Cero, un éxito táctico menor en el gran esquema. Pero perdieron al activo principal. El Contenedor. El sujeto de interés primordial para la facción que nos atacó. Y casi se pierden ustedes mismos en el proceso. Paseó lentamente frente a ellos, su mirada penetrante. —Y ahora... ¿qué hacen? Se sientan aquí.
Lamiendo sus heridas. Maldiciendo al Gremio, a los Elfos, al destino. Esperando. ¿Esperando qué exactamente? ¿Que tres meses pasen volando? ¿Que los Elfos les devuelvan a su líder exactamente como se fue, listo para volver a la acción? Se detuvo frente a Althaea. —¿Creen que será así de simple, Teniente Brumak? ¿Usted, que siente el flujo de la vida? ¿Cree que un ser sometido a los métodos arcanos de los Elfos, especialmente uno con una estructura tan anómala como la de Vega, volverá... igual?
Luego se giró hacia Thorian. —¿Usted, Maestro Ironfist, que entiende de forja y templado? ¿Piensa que el fuego por el que está pasando Vega no lo cambiará? ¿Que volverá siendo el mismo metal maleable y confundido que se fue? Y finalmente, miró a Kora. —¿Y usted, soldado? ¿Qué espera encontrar cuando regrese? ¿Alguien a quien proteger con explosiones y desafío? ¿O alguien que necesite un tipo diferente de fuerza, una que usted aún no ha demostrado poseer?
Las preguntas eran retóricas, diseñadas para golpear donde más dolía, para desenterrar sus miedos más profundos. —Seamos brutalmente honestos —dijo Valerius, su voz bajando a un tono confidencial pero implacable—. Martín Vega regresará. Los Elfos cumplen su palabra en estas cosas. Pero regresará... diferente. O bien regresará más fuerte, habiendo integrado algo de ese poder que apenas contenía, quizás habiendo aprendido algo de la disciplina élfica...
o regresará más roto, más fragmentado, quizás consumido por las mismas fuerzas que intentan curar, o convertido en algo que ya no reconocerán. »Y cuando regrese —continuó, su mirada recorriéndolos de nuevo—, sea cual sea su estado, consumido por el poder o aferrándose a los jirones de su cordura, necesitará a su equipo. Necesitará un escudo. Necesitará un ancla. Necesitará a las personas por las que se sacrificó. »La pregunta es —y aquí su voz se volvió acero puro—: ¿Qué encontrarán en ustedes cuando él regrese?
¿Un escudo sólido, forjado en la disciplina de esta espera, afilado por el entrenamiento, listo para protegerlo de sí mismo o de otros, o para contenerlo si es necesario? ¿O encontrarán un escudo agrietado, oxidado por la inacción y la autocompasión, un escudo que se hará añicos al primer impacto, fallando de nuevo en el momento crucial como fallaron en Sigma-9? Dejó que la acusación implícita, aunque injusta dado que él los había enviado a la trampa, hiciera su efecto.
Vio la mezcla de rabia y culpa en sus rostros. —Tienen tres meses —concluyó Valerius, su tono volviendo a ser puramente pragmático—. Pueden pasarlos ahogándose en su frustración. O pueden usarlos. Entrenen. Investiguen los datos que recuperaron. Fortalezcan sus cuerpos y sus mentes. Entiendan a la Unidad Cero. Conviértanse en el equipo que Martín Vega necesitará a su regreso. La elección, por ahora, sigue siendo suya. Pero el tiempo corre. Y el enemigo no descansa.
Se dio la vuelta, dirigiéndose hacia la salida tan abruptamente como había llegado. —Espero ver... progresos en mi próxima visita. No me decepcionen. De nuevo. La puerta se cerró tras él, dejando un silencio cargado, no de desesperanza, sino de una verdad incómoda y un desafío directo. V. Forjando el Escudo Las palabras de Valerius cayeron sobre el equipo como martillazos sobre un yunque frío. Eran crueles, manipuladoras, injustas en su acusación implícita... y dolorosamente ciertas en su núcleo.
La rabia inicial que sintieron ante la intrusión y la crítica del Lord del Gremio comenzó a enfriarse, reemplazada por una incómoda introspección. Kora fue la primera en reaccionar, golpeando con el puño el brazo de un sofá cercano. —¡Viejo zorro manipulador! ¡Echándonos la culpa a nosotros por la trampa en la que él nos metió! —No le falta razón en una cosa, Kora —dijo Thorian en voz baja, sus ojos fijos en la pantalla de datos que había estado ignorando—.
Nos quedamos aquí, esperando, mientras el mundo sigue girando. Mientras Martín... pasa por lo que sea que esté pasando. Eso no es propio de un guerrero. Ni de un artesano. Ni de un amigo. Althaea asintió lentamente, la mirada perdida en el jardín improvisado. Las palabras de Valerius sobre el escudo... ¿serán un escudo sólido o uno agrietado?... habían resonado profundamente. Habían fallado en protegerlo.
Quizás no por falta de fuerza o coraje, sino por falta de preparación, de cohesión, de entender la verdadera magnitud de lo que enfrentaban, tanto fuera como dentro de Martín. —Tiene razón —dijo Althaea suavemente, su voz firme a pesar del dolor que sentía—. No podemos cambiar lo que pasó. No podemos acelerar el tiempo. No podemos ir a buscarlo ahora. Pero podemos... prepararnos. Podemos usar estos tres meses. Se giró hacia los demás, una nueva determinación brillando en sus ojos ámbar.
—Valerius nos ve como herramientas, como activos. Quebrados, quizás, pero aún potencialmente útiles. Nos subestima. Pero tiene razón en que Martín nos necesitará. Sea cual sea el 'él' que regrese, necesitará su ancla. Necesitará su escudo. Y esta vez... no podemos fallar. Thorian levantó la cabeza, el fuego de la forja volviendo a sus ojos. —Los datos de Sigma-9. El implante del lagarto. Los fragmentos de Karras Vane y Elmsworth. La tecnología de los Golems. La firma energética de esa facción. Hay...
hay trabajo que hacer. Hay patrones que encontrar. Si puedo entender cómo opera esa energía de Astracita, quizás pueda mejorar nuestras defensas. O encontrar una debilidad. Kora se levantó de un salto, la furia en sus ojos ahora canalizada. —¡Entrenar! ¡Eso es lo que haremos! ¡Reventaremos esos malditos simuladores hasta que nos sangren los nudillos! ¡Le pediré a ese capullo de Roric que me dé otra paliza si hace falta!
¡Pero la próxima vez que nos enfrentemos a esos cabrones de negro o a esas chatarras de Astracita, no caeré tan fácil! ¡Y si Vega vuelve... raro... estaremos listos para patearle el culo hasta que vuelva en sí! O para cubrirle la espalda si sigue siendo él. Incluso Cero, que había permanecido en silencio durante la intervención de Valerius, pareció reaccionar a la nueva energía en la habitación. Miró a Althaea, luego a Thorian, luego a Kora, y asintió lentamente, un gesto pequeño pero significativo.
Quizás no entendía todas las palabras, pero percibía el cambio, la decisión colectiva. —Entonces está decidido —dijo Althaea, sintiendo cómo una parte del peso en su pecho comenzaba a aliviarse, reemplazado por la claridad del propósito—. Usaremos este tiempo. Thorian, investiga. Analiza. Encuentra respuestas en esos datos. Kora, entrena esa furia, conviértela en disciplina. Busca a Roric. Aprende. Yo... yo haré lo mismo. Entrenaré mi cuerpo, mi mente, mi conexión con este lugar.
Y cuidaré de Cero, intentaré entender qué le hicieron, qué es ahora. »Nos haremos más fuertes —concluyó, mirando a cada uno de sus compañeros—. No por el Gremio. No por Valerius. Por Martín. Y por nosotros. Seremos el escudo que necesita. Un escudo forjado en este invierno de espera. La atmósfera en la Residencia 7-Alfa cambió. La desesperanza no se había ido por completo, ni la preocupación, ni el duelo. Pero ahora estaban cubiertas por una capa de resolución acerada. Tenían un propósito. Tenían tres meses.
Y no iban a desperdiciar ni un solo día. VI. El Largo Invierno La decisión resonó en la Residencia 7-Alfa, no con el estruendo de una batalla, sino con la determinación silenciosa del acero enfriándose tras la forja. Valerius se había ido, dejando tras de sí el sabor amargo de su manipulación, pero también la chispa necesaria para reavivar el fuego del equipo. La quietud impuesta del Gremio seguía siendo una realidad, pero ahora tenía un propósito diferente.
Ya no era una espera pasiva, sino un periodo de preparación activa. Althaea observó a sus compañeros. Vio la concentración renovada en los ojos de Thorian mientras volvía a su terminal de datos, sus dedos moviéndose ya sobre la pantalla táctil, buscando patrones en el caos digital.
Vio a Kora dirigirse hacia la puerta, no con la apatía de antes, sino con una rigidez en los hombros que hablaba de una furia canalizada, probablemente en dirección a los simuladores de combate o, quizás, a buscar al propio Roric para exigirle más entrenamiento. Vio a Cero observándola a ella, sus ojos claros ahora con una chispa de atención, como si la resolución del grupo le hubiera ofrecido un punto de anclaje en su propia confusión.
Y sintió a Croko removerse en su rincón, emitiendo un gruñido bajo y gutural, quizás percibiendo el cambio en la energía de la habitación. Se acercó a la amplia ventana de la residencia, mirando hacia el exterior. La vista era limitada: los edificios funcionales del Distrito Erudito, el cielo a menudo plomizo de Luminara, la constante presencia vigilante del Gremio. Más allá, invisible pero siempre presente en su mente, estaba Eldoria. Los bosques ancestrales, las montañas envueltas en niebla...
y en algún lugar allí, Martín. La preocupación seguía siendo una compañera constante, una sombra fría en su corazón. ¿Cómo estaría? ¿Qué le estarían haciendo los Elfos con su "reparación" arcana? ¿Volvería siendo él mismo? La incertidumbre era una tortura, y tres meses parecían una eternidad insalvable. Pero ahora, la impotencia que la había estado ahogando había retrocedido ligeramente. Ya no era solo esperar. Era prepararse. Era afilar las garras, fortalecer el espíritu, profundizar el conocimiento.
Era forjar el escudo. Recordó las palabras de Valerius, crueles pero certeras. Cuando Martín regresara, necesitaría apoyo, necesitaría fuerza a su lado, ya fuera para celebrar su regreso o para enfrentar la oscuridad que pudiera traer consigo. Y ellos estarían listos. Respiró hondo el aire reciclado de la residencia, pero por primera vez en días, no se sintió como el aire de una prisión. Se sintió como el aire de un campo de entrenamiento, de una forja. El invierno sería largo y frío, sí.
Pero ya no esperarían simplemente a que terminara. Saldrían a su encuentro, armados con una nueva determinación, listos para enfrentar lo que fuera que la primavera –o la tormenta– trajera consigo al final de esos tres meses. La quietud había sido impuesta, pero la voluntad de luchar, de proteger, de estar listos... esa era suya. Y no la dejarían morir.

Giữ khẩu khí thanh khiết — không văn tục, không phá chính trị.
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