Chương 208: Capítulo 208 - Ecos Élficos
404: Realidad no encontrada [Español] · nikcodra · 216 chương · ~43 phút đọc · Tạo 01/09/2026
I. La Sombra Inmóvil El pitido del monitor seguía ahí. Althaea se incorporó lo bastante para hablar. —Thorian —dijo en voz baja—. ¿Y Cero? ¿Cómo está él? Dijiste... dijiste que lo trajeron de vuelta con ustedes. El enano se sobresaltó ligeramente, como si hubiera olvidado momentáneamente esa otra pieza del rompecabezas. Asintió con gravedad. —Sí. Llegó con nosotros en la translocación. Físicamente... los médicos dicen que está ileso. La energía que le estaban extrayendo...
parece que Martín interrumpió el proceso antes de que causara daño permanente a su... estructura física. —Vaciló, buscando las palabras—. Pero mentalmente... es otra historia. —¿Qué quieres decir? —presionó Althaea, un nuevo nudo de ansiedad formándose en su estómago. —Está catatónico —explicó Thorian, su voz baja y sombría—. Desde que llegó. Lo tienen en una habitación segura, vigilado, por supuesto. Volvió a su forma... adulta, la que conocimos durante la supervisión. Pero no responde.
No habla, no come, no reacciona a nada ni a nadie. Solo... mira al vacío. Como si la conexión se hubiera cortado. Como si ver... lo que sea que vio, lo que le hicieron, o quizás lo que Martín hizo... lo hubiera roto por dentro. La descripción heló a Althaea. Cero, el ser lógico y analítico, o incluso el niño asustado pero consciente que habían rescatado, reducido a una cáscara vacía. —¿Nadie ha podido... comunicarse con él? ¿Ni siquiera los sanadores mentales del Gremio? —preguntó, aunque temía la respuesta.
Thorian negó con la cabeza. —Lo intentaron. Sin éxito. Es como si no hubiera nadie en casa. No reacciona a estímulos externos. Solo... existe. —Admitió, con un tono de culpa apenas disimulada—. No he ido a verlo desde que lo ingresaron. Con tu estado, Althaea, y... bueno, con todo lo demás... no me pareció prudente alejarme. Althaea sintió una punzada de responsabilidad. Habían ido a buscarlo. No podían abandonarlo ahora, por muy roto que estuviera.
—Tengo que verlo, Thorian —dijo, su voz firme a pesar de la debilidad de su cuerpo. Luchó por sentarse, ignorando el dolor—. Antes de hablar con Valerius. Antes de nada. Necesito verlo. Thorian la miró, evaluando su determinación. Vio la resolución en sus ojos ámbar, la misma terquedad protectora que la había llevado a interponerse frente a Martín cuando el Arquitecto lo dominaba. —Estás débil, Althaea... —Estoy lo bastante fuerte para esto —lo cortó ella—. Por favor, Thorian. Llévame con él.
Kora, que había permanecido en silencio durante el intercambio, levantó la cabeza. Su mirada era difícil de leer, pero asintió brevemente. —Yo... yo también voy. Le debemos eso. Al niño... y a Vega. Thorian suspiró, resignado pero comprendiendo. —De acuerdo. Ambas. Pero con calma. Y si Roric o Valerius preguntan, diremos que es parte del proceso de recuperación del equipo. —Se acercó para ayudar a Althaea a levantarse con cuidado—. Vamos. A ver qué queda de la Unidad Cero. II.
El Deshielo El camino hacia la habitación de Cero fue silencioso, un corto trayecto a través de los corredores funcionales y anónimos del ala médica de alta seguridad. Althaea se apoyaba ligeramente en Thorian, cada paso un esfuerzo consciente contra la protesta de sus músculos heridos. Kora caminaba un poco detrás de ellos, sus pasos arrastrados, su mirada fija en el suelo pulido, perdida en sus propios pensamientos oscuros.
La atmósfera entre los tres era tensa, una mezcla de duelo compartido, ansiedad por lo desconocido y la determinación sombría de enfrentar lo que encontraran. Llegaron a una puerta reforzada, idéntica a las demás, pero custodiada por dos guardias del Gremio con armaduras completas y rostros impasibles. Reconocieron a Thorian y Althaea, y tras una breve comprobación de autorización en una consola mural, la puerta se deslizó hacia un lado sin hacer ruido.
La habitación era espartana, similar a la bahía médica de Althaea pero más pequeña, diseñada claramente para observación y contención segura. Había una cama simple, una silla, y en el centro, sentado en el borde de la cama, estaba Cero. Había vuelto a su forma física adulta-joven, la misma que habían conocido durante la supervisión. Vestía una túnica gris de paciente, similar a la de Althaea.
Estaba perfectamente inmóvil, sus manos descansando sobre sus rodillas, su mirada perdida en la pared opuesta, vacía, insondable. No parpadeaba. No respiraba de forma perceptible. Era como una estatua perfectamente elaborada, desprovista de vida interior. Thorian y Kora se detuvieron en el umbral, respetando un espacio invisible alrededor de la figura catatónica. Althaea sintió un escalofrío recorrerla al verlo así. Era peor que la descripción de Thorian. Era... la ausencia total. El vacío hecho forma.
Respirando hondo, Althaea entró sola en la habitación, dejando que la puerta se cerrara suavemente tras ella. Se acercó despacio, sin hacer movimientos bruscos, y se sentó en la silla que había junto a la cama, manteniendo una distancia respetuosa pero visible. —Cero —dijo suavemente, su voz apenas un murmullo en la quietud—. Soy yo. Althaea. Hemos... hemos vuelto. No hubo respuesta. Ningún movimiento. Ni siquiera un parpadeo. La mirada de Cero siguió fija en la pared. Althaea esperó un momento, observándolo.
Recordó al niño asustado aferrándose a Martín, al ser lógico que analizaba sus movimientos en el sparring, incluso al supervisor clínico que la había puesto al límite. Ninguno de ellos estaba presente en esa cáscara inmóvil. —Te sacamos de allí, Cero —continuó, intentando mantener la voz calmada, aunque sentía una creciente desesperación—. Martín... él nos sacó. Estás a salvo ahora. Estás con nosotros. Silencio. El único sonido era la débil ventilación de la habitación.
Althaea buscó algo, cualquier cosa, que pudiera atravesar esa barrera invisible. Recordó la piedra que Cero le había ofrecido a Martín, un gesto tan simple y tan significativo. Recordó los dulces que Martín había compartido, un momento de extraña normalidad en medio del caos. —Martín... —dijo de nuevo, la voz quebrándose ligeramente al pronunciar el nombre—. Él estaría... él querría que supieras que estás a salvo. Que cumplimos. Te trajimos de vuelta. Quizás fue el nombre de Martín.
Quizás fue el ligero temblor emocional en la voz de Althaea. O quizás fue algo más profundo, una conexión residual que la lógica rota no podía borrar. Muy lentamente, casi imperceptiblemente, la cabeza de Cero giró. Sus ojos, antes fijos y vacíos, se movieron hasta encontrar los de Althaea. Por un instante, no hubo nada. Solo la misma mirada perdida. Pero entonces, algo cambió. Un destello de reconocimiento, una chispa de conciencia en las profundidades.
Sus ojos se abrieron un poco más, enfocándose realmente en ella por primera vez desde el rescate. Y entonces, se rompió. Con un movimiento brusco, casi violento, Cero se levantó de la cama y se lanzó hacia Althaea. No fue un ataque, sino un abrazo desesperado, torpe, aferrándose a ella con la fuerza de un náufrago encontrando tierra firme. Su cuerpo, antes rígido e inmóvil, ahora temblaba incontrolablemente.
Enterró la cara en el hombro de Althaea, y un sonido gutural, ahogado, escapó de su garganta, el preludio de un llanto silencioso y desgarrador. —Perdón... —logró decir Cero, su voz distorsionada por las lágrimas silenciosas, las palabras saliendo a trompicones contra el hombro de Althaea—. Mi culpa... Todo... mi culpa... La trampa... él... él se quedó por mí... Perdóname... Althaea lo rodeó con sus brazos, sosteniéndolo con firmeza a pesar de su propia debilidad, sintiendo los temblores que lo sacudían.
El alivio de verlo reaccionar se mezclaba con el dolor de su angustia. —No, Cero —murmuró ella contra su cabello, su propia voz temblando ligeramente—. No fue tu culpa. Nada de esto fue tu culpa. Eras una víctima, igual que nosotros. Estás a salvo ahora. Eso es lo que importa. Estás aquí. Lo sostuvo así por un largo rato, sintiendo cómo la rigidez catatónica se disolvía lentamente, reemplazada por la vulnerabilidad cruda de alguien que había regresado del borde del abismo.
Cuando los temblores finalmente comenzaron a amainar, Althaea se apartó suavemente. —¿Estás... estás listo para salir de aquí? —preguntó en voz baja—. ¿Para volver con nosotros? Cero levantó la cabeza, sus ojos aún llenos de lágrimas, pero con una nueva luz en ellos, la luz de alguien que había vuelto a conectar con el mundo. Asintió lentamente, un movimiento pequeño pero significativo. Althaea le ofreció una mano. Cero la tomó, sus dedos fríos pero aferrándose con fuerza.
Juntos, se levantaron y caminaron hacia la puerta. Cuando se abrió, revelando a un Thorian y una Kora visiblemente sorprendidos (y a unos guardias aún más atónitos), Althaea supo que, aunque el camino por delante era incierto y doloroso, al menos una pieza rota del equipo había comenzado a encontrar el camino de regreso. III.
Furia Contenida, Planes Rotos La llegada del equipo C-734 a la oficina principal de Lord Valerius Veridian fue recibida con un silencio cargado y miradas de sorpresa apenas disimulada por parte de Kaelen y los pocos guardias de élite presentes. Ver a Althaea en pie, aunque apoyándose en Thorian, a Kora siguiéndolos con su habitual aire hosco pero presente, y especialmente a Cero, consciente y aferrado a la mano de Althaea como una sombra recuperada, claramente no era lo que esperaban tan pronto.
Valerius estaba detrás de su imponente escritorio de metal oscuro, estudiando un mapa holográfico de Luminara que mostraba múltiples puntos rojos parpadeantes, indicativos de la reciente agitación en la ciudad. Levantó la vista cuando entraron, y una ceja se arqueó casi imperceptiblemente al ver a Cero. Un destello de sorpresa genuina cruzó sus rasgos controlados, seguido rápidamente por un alivio calculado y una vuelta a su habitual máscara de autoridad pragmática.
—Teniente Brumak, Consultor Ironfist, Soldado Kora... y Unidad Cero —saludó Valerius, su voz tranquila pero con un trasfondo acerado—. Veo que la Teniente se ha recuperado satisfactoriamente y que la Unidad Cero ha... vuelto a un estado operativo. Un desarrollo... inesperado, pero bienvenido. Hizo un gesto hacia las sillas frente a su escritorio.
Cero dudó, mirando a Althaea, quien le dio un suave apretón en la mano y asintió, guiándolo hacia una silla donde se sentó rígidamente, pero permaneció conectado a la realidad, sus ojos observando a Valerius con una nueva cautela. —No tenemos tiempo para formalidades —dijo Valerius, desactivando el mapa holográfico y apoyando las manos sobre el escritorio, su mirada recorriendo al equipo—. La situación es crítica.
La facción responsable del ataque a su residencia y a Sigma-9, así como de los disturbios en toda la ciudad, ha desaparecido en las sombras, pero ha dejado un rastro de destrucción y traición. Hemos perdido buenos agentes. Han demostrado ser más organizados y tener recursos más profundos de lo que anticipábamos. Sus ojos se endurecieron. —Se metieron con mi ciudad. Comprometieron mis operaciones. Y secuestraron a un activo bajo mi protección directa, usándolo como cebo para atraer a otro activo aún más... valioso.
—Su mirada se detuvo en el espacio vacío donde debería haber estado Martín—. Eso no quedará impune. Thorian dio un paso al frente, su voz un gruñido bajo. —¿Y qué propone, Lord Valerius? ¿Enviar otra fuerza de asalto a ciegas? ¡Acabamos de regresar de una masacre! ¡Althaea apenas se sostiene en pie, Cero acaba de salir de un estado catatónico, Kora está al límite y Martín...! If you discover this tale on Amazon, be aware that it has been unlawfully taken from Royal Road. Please report it. —¡Y Martín no está!
—lo cortó Valerius, golpeando el escritorio con el puño, la furia controlada finalmente rompiendo la superficie—. ¡Precisamente por eso actuaremos ahora, con toda la fuerza del Gremio a nuestra disposición! ¡Se acabó la contención, se acabaron las sutilezas! Esta facción, este culto, quienquiera que sean, han cruzado la línea. Se levantó, su presencia llenando la oficina. —He convocado a todos los Maestros de Rango S disponibles. Roric ya está movilizando al Batallón de Acero y a otras unidades de élite.
Volveremos a Sigma-9, seguiremos el rastro energético que dejó Vega, desmantelaremos esa operación pieza por pieza y encontraremos a esa facción dondequiera que se esconda. Y recuperaremos al Consultor Vega. —Hizo una pausa, su mirada fría—. Vivo o muerto. Pero lo recuperaremos. Y ellos pagarán con sangre por cada agente del Gremio que han tocado. El aire en la oficina crepitó con la intensidad de su declaración. Era una promesa de venganza total, una represalia masiva. —¿Están listos, Equipo C-734?
—preguntó Valerius, su voz ahora un desafío directo—. ¿Están listos para recuperar a su líder y hacer pagar a quienes se lo llevaron? La operación parte mañana al alba. IV. El Mensaje Inesperado La declaración de guerra de Valerius resonó en la oficina, una promesa de fuego y acero que, por un momento, pareció ofrecer un camino claro a través del dolor y la incertidumbre. Recuperar a Martín. Hacer pagar a los responsables.
Era un objetivo tangible, una forma de canalizar la rabia y la impotencia que consumían al equipo. Thorian, a pesar de sus reservas iniciales, asintió con gravedad, la determinación brillando en sus ojos. Kora se enderezó en su silla, un destello de su antigua fiereza volviendo a su mirada. Incluso Cero pareció reaccionar, su postura volviéndose menos rígida, sus ojos fijos en Valerius con una intensidad silenciosa. Althaea sintió una oleada de resolución recorrerla. Irían. Lucharían.
Traerían a Martín de vuelta, o morirían en el intento. Se pasaron las siguientes horas en un torbellino de preparativos febriles. Mientras Valerius y Kaelen coordinaban la movilización masiva desde el centro de mando, el equipo C-734 fue enviado de vuelta a la Residencia 7-Alfa (ahora bajo fuerte vigilancia externa) para reequiparse y descansar lo poco que pudieran.
Croko, al verlos regresar, emitió un sonido bajo y gutural de alivio, frotando su enorme cabeza contra la mano de Althaea, aunque todavía se movía con rigidez por sus heridas. Cero expresó su deseo de unirse a la misión de rescate. Su voz era todavía plana, pero había una determinación subyacente. —Debo ir. Mi extracción fue la causa. Mi presencia puede ser... necesaria para la localización o neutralización del Contenedor. Fue Thorian quien negó con la cabeza firmemente. —Negativo, Unidad Cero.
Tu estado es estable, pero no óptimo para combate. Además —añadió, con un matiz casi paternal—, alguien debe quedarse a cuidar de nuestro amigo escamoso mientras se recupera. Tu misión, por ahora, es aquí. Cero pareció procesar la lógica y, tras un momento, asintió en silencio, aunque una sombra de algo parecido a la decepción cruzó su rostro. El amanecer llegó demasiado pronto, tiñendo el cielo de Luminara con tonos grises y anaranjados.
El equipo C-734, rearmado y vistiendo el equipo recién forjado por Thorian (Althaea sintiendo la energía del núcleo cambiaformas, Kora flexionando los dedos dentro de los guanteletes estabilizados), se dirigió al punto de reunión principal: un vasto hangar subterráneo donde múltiples transportes blindados y escuadrones del Batallón de Acero esperaban bajo la luz fría de los paneles del techo. El aire vibraba con energía contenida y la promesa de violencia inminente.
Encontraron a Valerius y a los Rango S disponibles (Roric, Silvanus, Miriel Voidgazer, Kael'Thar) reunidos cerca del transporte de mando, revisando un mapa táctico holográfico. La atmósfera era tensa, profesional, letal. Pero justo cuando Valerius iba a dar la orden final de embarque, las enormes puertas del hangar se abrieron, no para dejar entrar más tropas, sino para admitir a dos figuras que silenciaron instantáneamente el bullicio contenido del lugar.
Eran altos, increíblemente altos y esbeltos, vestidos con túnicas tejidas con lo que parecía luz de luna y hojas vivas. Sus rasgos eran afilados, de una belleza sobrenatural y distante, sus orejas puntiagudas asomando entre largos cabellos plateados o dorados. Emanaban un aura de calma ancestral, de poder tranquilo que contrastaba violentamente con la tensión militar del hangar. Eran Elfos, pero no como los que Althaea había visto ocasionalmente en los mercados fronterizos. Estos eran... diferentes.
Más antiguos, más poderosos. Los dos Elfos se acercaron directamente al grupo de Valerius y los Rango S, ignorando a los soldados y al equipo C-734 como si fueran parte del paisaje. Uno de ellos, de cabellos plateados y ojos como estrellas frías, hizo una leve inclinación de cabeza hacia Valerius. —Lord Valerius Veridian, Alto Consejero del Gremio de Luminara —dijo el Elfo, su voz melodiosa pero desprovista de calidez, como el sonido del viento sobre el hielo—. Hemos venido en respuesta a la... perturbación.
Y traemos noticias concernientes al mortal conocido por ustedes como Martín Vega. Valerius, aunque claramente sorprendido por la inesperada aparición y la audacia de los Elfos al entrar sin anunciarse en una instalación segura del Gremio, mantuvo la compostura. —¿Noticias? ¿Qué saben ustedes de mi consultor? Hablen claro, Embajador. No estamos de humor para acertijos élficos. El Elfo lo miró con calma imperturbable. —No soy embajador. Somos meros mensajeros del Consejo de Eldoria.
Y la noticia es esta: el mortal Vega está bajo nuestra custodia. Un silencio atónito cayó sobre el grupo. Althaea sintió que el corazón le daba un vuelco. ¿Custodia? ¿Los Elfos? —Explíquense —exigió Valerius, su voz peligrosamente baja. El Elfo dorado inclinó la cabeza levemente, un gesto que podría haber sido respeto o simple evasión. —Los caminos que recorren las almas perdidas no siempre son claros, Lord del Gremio. Basta decir que está bajo nuestra observación y cuidado.
Las circunstancias precisas de su llegada son... irrelevantes para el mensaje que portamos. —Activó el cilindro de cristal. Una imagen holográfica surgió en el aire: una misiva formal, redactada en elegantes caracteres élficos sobre un fondo que simulaba pergamino antiguo. Un sello oficial del Alto Gremio, pequeño pero visible en una esquina, confirmaba su recepción a través de canales diplomáticos seguros—. Este mensaje es para aquellos conocidos como Equipo C-734.
Es enviado por Lord Elarion Vistaluna, del Consejo Interno de Silvandell. V. Tres Meses de Invierno La imagen holográfica de la misiva élfica flotaba en el aire del hangar, su luz suave contrastando con la iluminación funcional del Gremio. Aunque la escritura era élfica, el dispositivo de Kaelen (o uno similar que Valerius activó) proyectó una traducción simultánea en texto Varyan común debajo de los caracteres originales.
La carta estaba dirigida explícitamente al "Equipo designado C-734, bajo la jurisdicción del Alto Gremio de Luminara". La voz del Elfo dorado, o quizás una voz diferente, más formal, emanando del propio holograma, comenzó a leer el mensaje de Lord Elarion Vistaluna: «Saludos a los compañeros del viajero conocido como Martín Vega. Hablamos en nombre de los Antiguos Senderos y el Consejo de Silvandell. Hemos encontrado al mortal Vega varado en los límites de nuestros dominios sagrados.
Su esencia vital está peligrosamente desequilibrada, una tormenta de energías conflictivas que amenaza con consumirlo desde dentro y perturbar el tejido mismo a su alrededor. No está muerto, pero tampoco puede decirse que esté plenamente vivo. Es... una transición peligrosa. » Althaea contuvo la respiración. ¡Vivo! La palabra resonó como un trueno en su interior, una oleada de alivio tan intensa que casi la hizo tambalearse.
Miró a Thorian y Kora; vio el mismo shock y alivio reflejado en sus rostros, aunque Kora rápidamente lo ocultó bajo una mueca tensa. La voz continuó: «Nuestros Sanadores y Tejedores de Almas están trabajando para estabilizar la matriz energética del sujeto. Es un proceso delicado, que requiere aislamiento, tiempo y métodos que van más allá de su comprensión actual.
Cualquier intento de intervención externa, por bien intencionado que sea, resultaría catastrófico, tanto para él como potencialmente para la región circundante. » La implicación era clara. Una advertencia. No se acerquen. «Hemos... discutido largamente con las conciencias fragmentadas que habitan en el sujeto Vega», prosiguió la voz, y Althaea sintió un escalofrío al pensar en los Elfos conversando con el Guardián o el Arquitecto. «Su resistencia a nuestra ayuda es... considerable.
Sin embargo, hemos alcanzado un acuerdo precario, un entendimiento forjado en la necesidad mutua. Se ha establecido un plazo de tres ciclos lunares, tres meses según su cómputo, para su estabilización y contención inicial. Este plazo es una concesión, reducida de nuestra evaluación inicial de un ciclo anual completo, lograda únicamente por la insistencia vehemente de una de las... presencias internas del sujeto. » ¿Tres meses? La esperanza inicial se vio teñida de una nueva capa de angustia.
Tres meses de espera, de incertidumbre, mientras Martín estaba en manos de los Elfos, sometido a quién sabe qué procesos arcanos. «Por lo tanto, en nombre del acuerdo alcanzado con el propio Martín Vega (o las partes de él capaces de consentir), solicitamos formalmente al Alto Gremio y a su equipo designado que cesen toda operación hostil dirigida a su recuperación inmediata. Respeten este santuario temporal.
Cualquier violación de este acuerdo anulará nuestra protección y liberará al sujeto Vega a su propio y probablemente destructivo destino. Al concluir los tres meses, representantes de Silvandell acompañarán al sujeto Vega, o entregarán un informe completo sobre su estado, a las puertas de Luminara. La paciencia es una virtud que ahora deben cultivar. » La carta concluyó con el sello personal de Lord Elarion Vistaluna, un intrincado diseño de una luna creciente entrelazada con un árbol antiguo.
El holograma se desvaneció, dejando un silencio atónito en el hangar. Alivio. Frustración. Desconfianza. Esperanza. Un torbellino de emociones contradictorias barrió al equipo C-734. ¡Estaba vivo! Pero estaba lejos, inaccesible, en manos de una raza enigmática con sus propios métodos y motivos. Tres meses. Una eternidad. Valerius fue el primero en romper el silencio, su voz tensa y pragmática. Se dirigió a los mensajeros élficos. —¿Garantizan su seguridad? ¿Y su eventual devolución?
El Elfo plateado respondió con la misma calma distante. —Garantizamos nuestro esfuerzo por preservar su existencia y estabilizar el caos que porta. Los Elfos no rompemos nuestra palabra una vez dada, Lord del Gremio. A diferencia de otros. En cuanto a su devolución... dependerá del éxito del proceso y de la voluntad residual del propio sujeto. Valerius apretó la mandíbula, claramente disgustado por la falta de control, pero reconociendo la realidad de la situación.
Miró a los Rango S, luego al equipo C-734, cuya expresión reflejaba la tormenta interna que sentían. —Los Elfos son... particulares —dijo Valerius, casi para sí mismo—. Celosos de sus bosques y sus secretos. Nunca mienten directamente, pero sus verdades a menudo tienen ángulos inesperados. Si dicen que lo tienen y que lo tratarán, probablemente sea cierto. Entrar en Eldoria sin permiso... ni siquiera yo puedo ordenar eso sin iniciar una guerra que no podemos permitirnos ahora.
—Suspiró, una rara muestra de frustración—. La operación de represalia queda cancelada. Sargento Roric, repliegue sus unidades. Equipo C-734... —los miró fijamente—... tendrán que esperar. Utilicen este tiempo. Analicen los datos que tenemos. Prepárense. Porque algo me dice que cuando esos tres meses terminen, la verdadera tormenta apenas habrá comenzado. La orden era clara. La misión había cambiado. Ya no era un rescate, sino una espera. Una larga, tensa y fría espera de tres meses.
Un invierno impuesto por circunstancias fuera de su control. VI. ¿Dónde Estoy? La oscuridad no era absoluta. Era un vacío cálido, espeso, como flotar en un mar primigenio antes del nacimiento de la luz. Los sonidos eran ecos distantes, amortiguados, como si llegaran a través de capas de agua o musgo: un susurro rítmico que podría ser viento o respiración, un goteo ocasional, el crujido lejano de ramas o madera vieja.
No había dolor agudo, solo una profunda y abrumadora lasitud, un peso en cada miembro, en cada pensamiento. Intentó recordar. Sigma-9. La batalla. La caída de Althaea y Thorian. El rugido del Guardián. La transformación de la armadura. La masacre. La barrera. Kora... el abrazo... la despedida... Perdón por ser una carga. Luego, el frío punzante del Arquitecto, la luz blanca cegadora de Serena, la sensación de desgarro, de ser estirado y comprimido al mismo tiempo... y después, nada. Este vacío cálido.
¿Estaba muerto? No lo parecía. La muerte, imaginaba, sería más fría, más silenciosa. Esto se sentía... orgánico. Protector. Con un esfuerzo que le pareció mover montañas, Martín consiguió que sus párpados se agitaran. Pesaban toneladas. Un intento más. Se abrieron una rendija, dejando entrar una luz suave, difusa, de un tono verdoso y ambarino. Parpadeó, tratando de enfocar. Estaba acostado sobre algo blando y mullido, quizás un lecho de musgo espeso o pieles finas.
Encima de él, muy por encima, no había un techo metálico ni piedra tallada. Había un entramado intrincado de ramas vivas, hojas de un verde profundo y zarcillos luminosos que emitían esa suave luz verdosa. La luz del sol, o de alguna fuente externa, se filtraba a través de este dosel natural, moteando el suelo a su alrededor con patrones danzantes. El aire olía intensamente a tierra húmeda, a clorofila, a flores desconocidas y a una antigüedad profunda, como el interior de un árbol milenario.
Intentó moverse, levantar una mano, pero sus músculos apenas respondieron. Estaban débiles, agotados hasta un nivel que nunca había experimentado. Giró la cabeza lentamente, el movimiento acompañado de un leve crujido en su cuello. La habitación, si es que era una habitación, parecía tallada en el interior de un árbol enorme o formada por raíces entrelazadas. Las paredes eran de madera viva, lisa y pulida por el tiempo, con vetas que parecían moverse sutilmente con la luz. ¿Dónde estaba? Esto no era el Gremio.
No era ninguna instalación humana o enana que conociera. Tenía la sensación inconfundible de... naturaleza. Pero una naturaleza cuidada, moldeada, antigua. Instintivamente, buscó la conexión interna, el Canal mental que había construido con tanto esfuerzo para gestionar las tormentas que habitaban en él. Extendió su conciencia hacia esa interfaz familiar, esperando sentir la furia contenida del Guardián, el análisis frío del Arquitecto, la cálida presencia de Serena... Nada.
Intentó de nuevo, enfocándose, llamando mentalmente a Serena, al Arquitecto, incluso al Guardián. Silencio. El pánico comenzó a burbujear bajo la superficie de su agotamiento físico. Intentó hablar. Su garganta estaba seca, sus labios pegados. Logró emitir un sonido áspero, un gemido ahogado. ¿Sigma-9? No... ¿El Gremio...? Tampoco... ¿Las entidades...? ¿Se han ido...? ¿Dónde... dónde estoy?

Giữ khẩu khí thanh khiết — không văn tục, không phá chính trị.
Nhập môn