Chương 207: Capítulo 207 - La Última Línea
404: Realidad no encontrada [Español] · nikcodra · 216 chương · ~45 phút đọc · Tạo 01/09/2026
I. Ecos en la Enfermería La oscuridad se retiró como una marea violenta, dejando en la orilla de la conciencia de Althaea los restos náufragos de la batalla. El impacto contra el metal frío, el crujido de sus propias costillas, el destello cegador de la energía que alcanzó a Thorian... los fragmentos del recuerdo eran tan vívidos, tan recientes, que el aire estéril de la bahía médica le pareció irreal, un decorado insípido superpuesto a la cruda realidad del combate que acababa de revivir.
Jadeó, no solo por el dolor fantasma, sino por la comprensión helada de su propia caída. Levantó la vista hacia Thorian. El enano seguía allí, un monolito de resistencia silenciosa junto a su cama, pero la gravedad en sus ojos era un espejo del horror que ella acababa de experimentar. No hacían falta palabras para confirmar que sus recuerdos se habían interrumpido en el mismo punto caótico. —Caí poco después que tú —la voz de Thorian era grave, un reconocimiento áspero de la derrota compartida—.
Roric intentaba reorganizar la línea... intenté cubrir tu retirada hacia él... pero la metralla de esa explosión... —Sacudió la cabeza, un gesto mínimo pero cargado de frustración—. No sirvió de mucho. Lo siguiente fue esta maldita luz blanca y el olor a desinfectante. Un silencio denso, espeso como el gas que habían respirado en el búnker, llenó el espacio entre ellos. Estaba tejido con los ecos de los disparos, los gritos ahogados, el rugido inhumano de Martín.
Althaea respiró hondo, sintiendo el tirón de los vendajes en su costado. El aire reciclado no podía limpiar el sabor a ceniza y miedo que persistía en su boca. Ya sabía lo esencial, lo que Thorian le había adelantado antes de que el torrente de recuerdos la arrastrara: Kora estaba viva, pero herida en espíritu, encerrada en sí misma. Y Martín... Martín se había quedado atrás. Pero necesitaba los detalles. Necesitaba la secuencia completa, por dolorosa que fuera.
Era la única forma de empezar a entender, la única forma de honrar el sacrificio. —¿Y Kora? —preguntó Althaea, su voz aún ronca, pero recuperando la firmeza—. ¿Ha dicho algo más? ¿Sigue...? Thorian suspiró, el sonido como el de una piedra de molino girando en seco. —Como te dije. Físicamente, magullada pero entera. Pero por dentro... está rota, Althaea. Roric le sacó un informe básico a la fuerza, supongo. Lo mínimo. Desde entonces, nada. Se encerró en su habitación asignada en el ala de recuperación.
Rechaza a los sanadores mentales, rechaza la comida... rechaza hablar. Solo gruñe si alguien se acerca demasiado. La imagen era desoladora. Kora, la descarada, la ruidosa, la que siempre tenía una respuesta afilada para todo, reducida a un animal herido lamiéndose las heridas en silencio. El coste de Sigma-9 iba más allá de los cuerpos rotos. —Pero necesitamos saberlo, Thorian —insistió Althaea, la necesidad ardiendo bajo la superficie de su dolor—. Lo que pasó después. Cómo... cómo nos sacó.
Qué viste tú y qué vio Roric antes de... antes de que todo terminara para nosotros. Y qué... qué le pasó a él. Los ojos del enano se encontraron con los suyos, y en ellos vio la misma necesidad desesperada de comprender, de poner las piezas en orden, aunque el resultado final fuera una verdad insoportable. —Lo sé —asintió Thorian con gravedad—. Intenté hablar con ella antes, cuando desperté. Me lanzó una bota a la cabeza. Con Roric fue peor, casi le muerde. Pero quizás... quizás contigo sea diferente. Eres...
bueno, eres tú. La única que ha visto un poco de lo que hay debajo de su coraza. Se levantó, sus movimientos lentos, pesados, como si cada articulación protestara. —Iré a buscarla. Le diré que has despertado, que necesitas hablar con ella. No puedo prometer nada, pero... es lo único que se me ocurre. —Se detuvo en la puerta improvisada de la bahía médica, volviéndose hacia ella una última vez—. Solo... prepárate, Althaea. El informe de Roric... lo que Kora debe haber presenciado... No es una historia fácil.
Ninguna parte de esto lo es. Y con eso, el enano desapareció en el pasillo silencioso, dejando a Althaea sola en la quietud opresiva de la enfermería. El pitido del monitor era ahora un reloj, contando los segundos hasta la llegada de Kora, hasta la revelación final. Cerró los ojos, no para descansar, sino para reunir las pocas fuerzas que le quedaban, preparándose para escuchar la historia del sacrificio de su amigo y la última y desesperada batalla por la supervivencia.
El invierno apenas comenzaba a mostrar sus garras. II. La Voz Rota La espera se alargó, cada pitido del monitor estirando los nervios de Althaea hasta el límite. Intentó ordenar sus pensamientos, repasar los fragmentos de la batalla, buscar algún detalle que hubiera pasado por alto, pero su mente volvía una y otra vez a la imagen de Martín desapareciendo en la oscuridad, al sonido del rugido del Guardián. ¿Qué había pasado en esos últimos momentos? ¿Cuánto había sufrido?
El sonido de pasos acercándose por el pasillo la sacó de su ensimismamiento. No eran los pasos pesados y regulares de Thorian, ni los eficientes y casi silenciosos de los sanadores del Gremio. Eran pasos arrastrados, vacilantes, cargados de una resistencia hosca. La puerta se deslizó hacia un lado y Kora apareció en el umbral, flanqueada por Thorian, que mantenía una distancia prudente pero vigilante. Kora parecía... disminuida. Su habitual energía caótica estaba ausente, reemplazada por una tensión quebradiza.
Llevaba una simple túnica gris de paciente, demasiado grande para ella, que ocultaba parte de las cicatrices pero no la rigidez defensiva de sus hombros ni la forma en que sus manos se crispaban en puños a los costados. Su cabello, normalmente un desafío de color estridente, parecía apagado, sin vida, y la runa brillante en su ojo izquierdo contrastaba dolorosamente con la mirada vacía y perdida de su ojo derecho.
Evitó mirar directamente a Althaea, sus ojos fijos en algún punto indefinido del suelo a medio camino entre ellas. —Thorian dijo... dijo que habías despertado —murmuró Kora, su voz baja y rasposa, desprovista de su habitual sarcasmo—. Bien. Supongo. El silencio que siguió fue incómodo, denso. Althaea luchó por encontrar las palabras adecuadas. —¿Kora? ¿Cómo estás? Nosotros... —Estoy de puta madre —la interrumpió Kora bruscamente, aunque sin levantar la voz, el veneno habitual teñido de una profunda fatiga—. Viva.
Como una maldita cucaracha. ¿Contenta? Althaea suspiró, sintiendo una punzada de dolor por la coraza defensiva de la otra mujer. —No. No estoy contenta. Estoy preocupada. Por ti. Por todos nosotros. Kora, necesitamos saber... Justo cuando parecía que Kora iba a explotar o a darse la vuelta y marcharse, otra figura apareció en la puerta, haciendo que tanto Kora como Thorian se tensaran instintivamente. Era Roric 'El Muro'.
Sorprendentemente, no llevaba su imponente armadura de Rango S, sino un uniforme funcional del Gremio, más sobrio, aunque su presencia seguía siendo imponente. Su rostro curtido estaba impasible como siempre, pero sus ojos grises evaluaron rápidamente la situación en la habitación. —Veo que la paciente Brumak está consciente —dijo Roric, su voz grave y sin inflexiones, dirigiéndose formalmente a Althaea—. Su recuperación parece proceder dentro de los parámetros esperados. Bien.
Asintió brevemente a Thorian y luego fijó su mirada en Kora, quien se encogió casi imperceptiblemente bajo su escrutinio. —Soldado —dijo Roric, su tono neutro pero con un peso inconfundible de autoridad—. ¿Has informado a tus compañeros de equipo sobre la conclusión de la operación Sigma-9, como se te ordenó? Kora apretó los dientes, su mirada aún fija en el suelo. —No había necesidad. El enano ya estaba aquí. —Thorian Ironfist cayó antes de la fase final —replicó Roric con calma—. Su testimonio es incompleto.
El tuyo y el mío son los únicos relatos completos de los eventos posteriores. Ya que tu rango es inferior y tu estado emocional... cuestionable —una ligera mueca de disgusto cruzó el rostro de Kora ante esa palabra—, consideré apropiado esperar a que la Teniente Brumak estuviera consciente para el informe completo. Se volvió hacia Althaea. —¿Ya te ha contado Thorian Ironfist su parte? ¿Eres consciente de los eventos hasta su... incapacitación? Althaea asintió, la garganta apretada. —Sí, Sargento. Lo soy.
Roric asintió de nuevo, su mirada volviendo a Kora. —Entonces, soldado. Procede. Informe verbal completo, secuencia final de la operación Sigma-9. O, si prefieres, puedo hacerlo yo. Aunque mi perspectiva carecerá de ciertos... matices emocionales que podrías aportar. La elección era clara: contar la historia ella misma o dejar que el frío y distante Rango S lo hiciera. Kora levantó la cabeza lentamente, sus ojos encontrando finalmente los de Althaea.
Había desafío en ellos, pero también una profunda herida y una necesidad desesperada de sacar lo que llevaba dentro. Respiró hondo, una respiración temblorosa que traicionaba su fachada. —No —dijo, su voz aún rasposa, pero firme—. Yo lo haré. Y con esas palabras, el recuerdo la arrastró de nuevo al infierno humeante del laboratorio subterráneo, al momento justo después de que Althaea y Thorian cayeran en la oscuridad. III. Furia, Fuego y Plegaria «Informe verbal completo...
» La orden de Roric resonó en los oídos de Kora, fría y distante, pero fue suficiente para anclarla. Cerró los ojos por un instante, no los físicos en la bahía médica, sino los de su memoria, forzándose a rebobinar más allá del dolor y la confusión, de vuelta al caos ensordecedor de Sigma-9. El olor a quemado, el sabor metálico del gas, el pitido agudo en sus oídos... «...
la Teniente Brumak y el Consultor Ironfist neutralizados por impacto enemigo coordinado», comenzó Kora, su voz adoptando un tono monótono, casi robótico, el lenguaje formal de un informe de batalla que apenas lograba ocultar el temblor subyacente. «Posición defensiva comprometida. El Sargento Roric y yo éramos las únicas unidades de apoyo conscientes para el Consultor Vega, quien estaba enfrentando múltiples Golems de Astracita.
» Recordó el pánico helado que la atenazó al ver caer a Althaea y a Thorian casi simultáneamente. Su primer instinto fue lanzarse hacia ellos, pero el rugido de Martín, un sonido gutural que vibró en sus huesos, la detuvo. Él seguía en pie, una figura solitaria rodeada por el avance implacable de los Golems y los soldados de negro. La energía roja oscura a su alrededor era más intensa ahora, casi sofocante.
«El Consultor Vega evaluó la situación táctica como insostenible», continuó Kora, sus manos apretándose en puños invisibles. «Emitió una orden directa: '¡Reúnan a los caídos! ¡Ahora! ¡Mientras los cubro!' Procedí a asistir al Sargento Roric en la consolidación de las unidades incapacitadas. » Recordó haber gritado "¿Para qué mierda?!" mientras esquivaba un disparo de energía, pero la mirada de Roric –fría, calculadora, pero con un destello de comprensión que la desconcertó– y su orden cortante "¡Obedece, soldado!"
la hicieron moverse. Arrastrar el peso muerto de un soldado del Batallón de Acero, sentir la respiración débil de Thorian contra su mano mientras lo movía con cuidado, ver la palidez mortal en el rostro de Althaea... todo mientras el infierno se desataba a su alrededor. Y Martín... «Durante la operación de reagrupamiento, el Consultor Vega inició un protocolo de combate no estándar», dijo Kora, tragando saliva.
«Se observó una sobrecarga energética masiva, excediendo los parámetros operativos conocidos de su armadura 'Guardián Filtrado'. La armadura sufrió una... reconfiguración estructural espontánea. »"Reconfiguración" era una palabra demasiado limpia. Recordó el grito desgarrador de Martín mientras la energía roja lo envolvía por completo. La armadura rúnica de Thorian, diseñada para filtrar y contener, crujió y se deformó.
Placas de metal se retorcieron, nuevas formas surgieron –más afiladas, más angulares, como garras y colmillos hechos de sombra y furia–. La luz roja se oscureció, volviéndose un carmesí profundo, casi negro, que parecía absorber la luz de la cámara. Cuando la transformación terminó, Martín ya no parecía humano. Era una silueta bestial, encorvada, con ojos que ardían como brasas en la penumbra, emanando una intención asesina tan pura que incluso los Golems parecieron vacilar por un instante.
This text was taken from Royal Road. Help the author by reading the original version there. «El sujeto... el Consultor Vega, en su estado alterado, procedió a neutralizar las amenazas restantes con eficiencia extrema», continuó Kora, su voz volviéndose un susurro tenso. Recordó la carnicería. Martín moviéndose a una velocidad imposible, un borrón de sombras y metal retorcido.
Los Golems de Astracita, que habían resistido disparos de energía y explosiones, eran destrozados, desgarrados miembro a miembro, sus núcleos cristalinos aplastados con una fuerza brutal. Los soldados de negro eran eliminados antes de que pudieran reaccionar, sus armaduras abolladas, sus armas partidas. No era una pelea, era una masacre. Controlada, sí –no atacó al grupo reunido–, pero absolutamente aterradora en su ferocidad.
«Se observó la emergencia continua de unidades Golem desde nichos de contención secundarios», añadió, recordando el horror creciente al ver que, a pesar de la destrucción que Martín desataba, más enemigos seguían apareciendo. «La fuente parecía... inagotable. El Consultor Vega gritó repetidamente, preguntando por el estado del reagrupamiento. » Recordó la voz de Martín, distorsionada por la armadura mutada, un gruñido amplificado: "¿YA ESTÁN?"
Y la respuesta de Roric, ronca por el humo y el esfuerzo, mientras arrastraba el último cuerpo inconsciente: "¡CASI! ¡DANOS UN SEGUNDO MÁS!" Y Martín, oyendo eso, había seguido luchando, un guardián demoníaco comprándoles tiempo a costa de su propia alma, mientras el suelo temblaba bajo el impacto de sus golpes y el aire se llenaba del hedor de la energía corrupta y la muerte. IV.
El Abrazo y la Oscuridad «El reagrupamiento finalizó bajo fuego intenso», continuó Kora, su voz todavía plana, pero un ligero temblor comenzaba a filtrarse en los bordes. «El Sargento Roric confirmó: '¡AHORA, MARTÍN!' ». Recordó el instante siguiente. La carnicería cesó abruptamente. Martín, o la figura bestial en la que se había convertido, se detuvo en medio de la cámara.
Levantó una mano con garras hacia el techo destrozado del laboratorio y, con un rugido que hizo vibrar las paredes, arrancó enormes trozos de metal y concreto, levantando una barrera improvisada entre ellos y la horda que avanzaba. Los Golems chocaron contra la barricada con fuerza bruta, pero les daría unos preciosos segundos. Entonces, la figura se giró hacia ellos.
La energía roja oscura que la envolvía comenzó a retroceder, fluyendo de regreso hacia la armadura, que lentamente perdía sus ángulos más salvajes, aunque seguía siendo una versión distorsionada y amenazante de la original. La silueta se enderezó un poco, revelando a Martín debajo. «El Consultor Vega se aproximó a nuestra posición», narró Kora, su mirada perdida en el recuerdo. «Su estado físico era... crítico.
Se observaron quemaduras extensas en el rostro y las manos visibles, en un ciclo rápido de daño y regeneración. Indicativo de tensión extrema del sistema. » Vio cómo Martín se tambaleaba ligeramente al acercarse, el esfuerzo por mantener la forma y la conciencia era evidente. Sus ojos, aunque todavía brillaban con una luz antinatural, ya no eran las brasas de furia pura de antes; ahora contenían un agotamiento infinito y una tristeza profunda. Se detuvo frente a ella, ignorando a Roric por un momento.
Una sonrisa torcida, dolorosa, apareció en su rostro quemado y regenerado. —Gracias —dijo Martín, su voz áspera, agotada, pero era su voz de nuevo—. Por... por quedarte. Kora se quedó sin palabras, la fachada de reporte militar comenzando a resquebrajarse seriamente ante la vulnerabilidad cruda de Martín. —Dile a los demás... —continuó él, su mirada buscando por un instante los cuerpos inconscientes de Althaea y Thorian—... que perdón. Perdón por... por ser siempre una carga. Por arrastrarlos a esto.
Antes de que Kora pudiera procesar esas palabras, antes de que pudiera articular la protesta furiosa que se formaba en su garganta, Martín dio un paso adelante y la abrazó. Fue un gesto torpe, rápido, casi desesperado, la armadura aún caliente y vibrante contra su propia ropa andrajosa. Sintió la fuerza contenida en él, el poder aterrador que acababa de desatar, pero también la fragilidad del hombre debajo. —¿Qué... qué demonios estás diciendo, Vega?
—logró preguntar, la confusión y un miedo creciente reemplazando la conmoción. Martín se apartó, su expresión ahora una mezcla de resolución sombría y una pena insondable. —Cuídalos, Kora. Y entonces, sintió un toque suave en la sien, casi imperceptible, seguido de una oleada de energía cálida y tranquilizadora que no era roja ni fría. Antes de que pudiera reaccionar, antes de que pudiera gritar o luchar, la oscuridad la reclamó, una negrura pacífica y absoluta muy diferente a la violencia de la batalla.
Roric observó, tenso como una cuerda de arco, cómo Martín abrazaba a la mestiza y esta se desplomaba suavemente en sus brazos. Martín la depositó con cuidado junto a los otros caídos. Luego, se enderezó y se giró hacia él, el único consciente aparte de Cero, que seguía temblando en un rincón protegido. La armadura de Martín seguía emitiendo un leve zumbido de poder contenido. —Agárrate fuerte a los inconscientes, Sargento —dijo Martín, su voz tranquila ahora, pero con una finalidad aterradora—.
No sé cómo va a salir esto. No hay garantías. Roric asintió una sola vez, colocando sus manos sobre los hombros de Thorian y Althaea. Observó con intensidad profesional mientras las manos enguantadas de Martín comenzaban a brillar. Primero, una luz blanca y pura, casi cegadora, que pareció calmar por un instante el caos energético de la sala. Luego, esa luz fue consumida por una negrura absoluta, un vacío que parecía absorber el sonido y la luz a su alrededor, concentrándose entre las palmas de Martín.
La realidad misma pareció ondular, distorsionarse alrededor de esa oscuridad creciente. Roric sintió un tirón violento, como si el universo entero estuviera siendo desgarrado y vuelto a coser incorrectamente. Y entonces, la nada. V. Cenizas en la Sala de Mando El silencio en la bahía médica tras el relato quebrado de Kora era casi físico, una presión en los oídos. Kora seguía con la cabeza gacha, su respiración entrecortada marcando el ritmo de su lucha interna.
Althaea la observaba con una empatía silenciosa, mientras Thorian parecía haber envejecido diez años en la última hora, su mirada perdida en las complejidades de la tecnología médica que lo rodeaba, como si buscara una solución lógica a un problema puramente visceral. Fue Roric quien finalmente recogió los hilos dispersos de la narración, su voz grave cortando la quietud cargada. Retomó la historia desde el instante del tirón violento, la sensación de desgarro cósmico. —La translocación fue...
caótica —dijo, eligiendo la palabra con precisión militar, aunque sus ojos traicionaban una experiencia más profunda que la mera descripción táctica—. Desorientadora. Violenta. Como ser volteado de adentro hacia afuera y luego forzado a regresar a una forma aproximada. No fue un teletransporte limpio del Gremio, eso es seguro. Fue... crudo. Desesperado. Hizo una pausa, quizás reviviendo la sensación.
—Un instante estábamos en ese matadero subterráneo, con el ruido de los Golems golpeando la barrera improvisada de Vega y el hedor a energía corrupta llenando el aire. Al siguiente... estábamos de vuelta. Materializamos bruscamente en medio de la Sala de Mando Delta-Prime. Justo a los pies de Lord Valerius y lo que quedaba de su círculo de crisis. »El aterrizaje fue... poco elegante —continuó, con un deje de humor negro casi imperceptible—.
Tú —señaló a Kora con un gesto mínimo de la cabeza— te desplomaste al instante. Yo también sentí el retroceso. Como si la energía que nos trajo también nos hubiera drenado. Los médicos del Gremio, siempre eficientes, estaban sobre nosotros en segundos. Nos estabilizaron, evaluaron, transportaron aquí. Los protocolos funcionaron, al menos en eso el Gremio no falla. Se cruzó de brazos, su imponente figura pareciendo llenar la pequeña bahía médica. —Valerius... estuvo presente en cuanto recuperamos la conciencia.
Quería un informe inmediato. Completo. Cada detalle de lo que dijo el Heraldo, cada acción de Vega, cada capacidad observada en los Golems, la naturaleza exacta de la energía que usó Vega para sacarnos. »Le dimos el informe táctico —suspiró Roric, y el sonido fue extrañamente humano, cansado—. Los hechos. Las observaciones. Los resultados. Pero hay cosas que un informe no puede transmitir. La forma en que ese chico... Vega... cambió. La forma en que luchó. La... finalidad en sus ojos cuando se quedó atrás.
El Rango S miró sus propias manos, grandes y callosas, manos de un guerrero veterano. —No era uno de los nuestros. Nunca lo fue. No entendía la disciplina, cuestionaba la autoridad, operaba bajo sus propias reglas extrañas. Era una anomalía, un factor impredecible metido a la fuerza en nuestra estructura. —Levantó la vista, su mirada encontrando primero la de Thorian, luego la de Althaea, y finalmente la de Kora—.
Pero hizo lo que ninguno de mis mejores soldados, lo que ni siquiera yo en mis años de servicio, he visto hacer o habría podido hacer. Sacrificó todo, su única salida, para salvar a un puñado de desconocidos y a un enano gruñón y una mestiza problemática que apenas conocía. Nos dio una oportunidad que no merecíamos, comprada con... lo que fuera que le costara. Y eso... —apretó la mandíbula, la emoción contenida vibrando bajo la superficie de su control—... eso jode. Jode profundamente.
Porque va en contra de toda lógica militar, pero fue lo único que nos salvó. Dejó que sus palabras flotaran en el aire tenso por un momento, un epitafio improvisado y brutalmente honesto para Martín Vega. Luego, pareció sacudirse, volviendo a su rol. —Lord Valerius quiere una audiencia con ustedes tres —dijo, su tono volviendo a ser formal—. En cuanto se sientan preparados. Hay decisiones que tomar. La información que Vega obtuvo, aunque incompleta y posiblemente perdida con él, podría ser crucial.
Y la situación en Luminara... sigue siendo inestable. La facción que nos atacó ha desaparecido en las sombras por ahora, pero sabemos que están ahí fuera. Y saben de ustedes. —Su mirada se detuvo en Kora y Althaea—. Tómense el tiempo necesario para recuperarse. Pero no demasiado. El Gremio necesita respuestas. Y, sospecho, ustedes también.
Con un último asentimiento rígido, Roric se dio la vuelta y salió de la habitación, dejando tras de sí un silencio espeso, preñado de dolor, respeto a regañadientes y la aplastante realidad de su pérdida. VI. El Invierno del Corazón Cuando la puerta se cerró tras Roric, la confirmación oficial quedó en la habitación: Martín estaba perdido, sacrificado en el altar de su lealtad improvisada. El silencio que cayó después fue diferente a todos los anteriores. No era tenso, ni expectante, ni siquiera incómodo.
Era un silencio pesado, denso, como el lodo de las Ciénagas Olvidadas, que amenazaba con tragárselos enteros. El único sonido era el pitido constante del monitor junto a la cama de Althaea, un metrónomo indiferente marcando el paso de un tiempo que ahora parecía vacío de propósito. Thorian se había quedado inmóvil, de espaldas a ellas, una mano apoyada en la pared fría, su ancha espalda una muralla que apenas contenía la tormenta interna.
Althaea podía sentir las vibraciones de su furia contenida, la frustración de un artesano que se enfrenta a algo que no puede arreglar, que no puede forjar de nuevo. La pérdida de Martín era una fractura en el metal del equipo, una grieta que ninguna runa podía sellar. Kora, que había escuchado el relato de Roric con una rigidez casi catatónica, comenzó a temblar. Era un movimiento apenas perceptible al principio, un escalofrío que parecía nacer en lo más profundo de su ser modificado y extenderse hacia afuera.
Sus manos, crispadas en puños, se apretaron aún más. Levantó la cabeza lentamente, y la devastación en su rostro fue total. La máscara de cinismo y desafío se había desintegrado por completo, dejando al descubierto la herida abierta debajo. Su ojo humano, normalmente desafiante o burlón, estaba vidrioso, perdido. La runa en su otro ojo parpadeaba con una luz errática, casi frenética, como un sistema sobrecargado al borde del colapso. —No puedo... —su voz fue un graznido roto, apenas audible—. No puedo más.
Se llevó las manos a la cara, no para ocultar las lágrimas que aún no fluían, sino como si intentara contener físicamente la fractura que sentía por dentro. —No soy de llorar, ¿entienden? Los débiles lloran. Los inútiles lloran. Yo... yo exploto cosas. Rompo cosas. Pero no... no lloro. Su respiración se volvió entrecortada, irregular. —Pero esto... —un sollozo seco y áspero sacudió su cuerpo—... esto me reventó. Me... me partió por dentro. Y entonces, las lágrimas llegaron.
No un llanto silencioso, sino un torrente amargo y furioso que se abrió paso a través de años de muros construidos. Eran lágrimas de rabia, de culpa, de una frustración tan profunda que parecía ahogarla. Se golpeó el muslo con el puño, una y otra vez, un ritmo sordo y desesperado contra la tela de la túnica. —¡Maldita sea! —sollozó, las palabras ahogadas por la emoción—. ¡Siempre lo mismo! ¡Siempre soy la que mira desde el margen! ¡La herramienta rota que solo sirve para hacer ruido! ¡Pude hacer más! ¡Debí...
debí darme cuenta! ¡Debí detenerlo, golpearlo, encadenarlo si hacía falta! ¡Pero no! ¡Solo me quedé ahí, como una idiota, mientras él... mientras él...! Su voz se quebró por completo, incapaz de terminar la frase. Se dejó caer de rodillas junto a la cama de Althaea, los sollozos sacudiéndola sin piedad, el sonido crudo y desgarrador en la quietud de la enfermería.
Era el lamento de alguien que había vislumbrado por primera vez la posibilidad de pertenecer a algo, solo para que le fuera arrancado de la forma más brutal. Althaea sintió su propio corazón romperse al verla. El dolor era un eco compartido, una resonancia oscura que las unía en esa pérdida común. A pesar de su propia debilidad, del dolor que le atenazaba el cuerpo, se esforzó por incorporarse un poco más, extendiendo una mano vendada hasta que sus dedos rozaron el cabello revuelto y apagado de Kora. No dijo nada.
Las palabras eran inútiles. Solo el contacto, la presencia silenciosa, el reconocimiento tácito de que no estaba sola en su dolor. Thorian seguía de espaldas, pero su temblor se había detenido. Su mano descendió lentamente de la pared. Se giró, su rostro aún una máscara, pero sus ojos verdes brillaban con una humedad no derramada. Miró a las dos mujeres, a la bestia herida y a la paria rota, unidas en un duelo silencioso.
El silencio regresó, espeso y pesado, envolviendo los sollozos que lentamente comenzaban a amainar de Kora, la respiración temblorosa de Althaea, la quietud granítica de Thorian. El monitor seguía con su pitido indiferente. Afuera, en los pasillos del Gremio, la vida continuaba. Dentro de esa pequeña bahía médica, el tiempo parecía haberse detenido. No había planes. No había venganza inmediata. No había consuelo fácil.
Solo el vacío dejado por Martín, y tres rotos anclados juntos en la ruina de su equipo, esperando que el invierno que acababa de empezar, en algún momento lejano, diera paso a algo más. O quizás no.

Giữ khẩu khí thanh khiết — không văn tục, không phá chính trị.
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