Chương 206: Capítulo 206 - Cebo y Sacrificio
404: Realidad no encontrada [Español] · nikcodra · 216 chương · ~40 phút đọc · Tạo 01/09/2026
I. Órdenes en la Penumbra El recuerdo de Althaea la devolvió a la tensión sofocante de la Residencia 7-Alfa, momentos después de que Martín recuperara el control tras su colapso emocional. El aire todavía olía a polvo y a la extraña calma fría que dejaba la presencia del Arquitecto. Habían contactado a Valerius, habían confirmado la pesadilla: Cero secuestrado, un ataque coordinado, una pista frágil apuntando a un sector abandonado.
Ahora, solo quedaba esperar la respuesta del poder al que se habían visto obligados a recurrir. Thorian seguía junto al comunicador, su rostro una máscara de granito, aunque Althaea podía ver la tensión en la línea de su mandíbula. Kora se había retirado a un rincón, jugueteando nerviosamente con una de las correas de sus guanteletes, su habitual energía caótica reemplazada por una quietud hosca y expectante.
Martín estaba sentado en el borde de un sofá volcado, respirando profunda y lentamente, luchando visiblemente por mantener la cohesión interna, sus ojos fijos en el fragmento rúnico que había encontrado, como si pudiera arrancarle más secretos solo con la mirada. Croko, estabilizado pero inmóvil, respiraba con dificultad en otro rincón, un recordatorio constante de la brutalidad del ataque. La espera se alargó, cada minuto una tortura. ¿Estaría Valerius planeando, deliberando, o simplemente ignorándolos?
¿Era él parte de esto? La duda era un veneno lento. Finalmente, el comunicador crepitó de nuevo. La voz de Kaelen, tan impersonal como siempre, pero con un filo de urgencia que no pudieron ignorar. «Equipo C-734, preséntense de inmediato en la Sala de Mando Estratégico Delta-Prime. Nivel de autorización: Alfa-Negro. Escolta en camino. Kaelen fuera. » La orden era escueta, imperativa. No había tiempo para preguntas.
Pocos minutos después, dos figuras silenciosas vestidas con el uniforme gris oscuro de la seguridad de élite del Gremio aparecieron en la entrada destrozada de la residencia. No ofrecieron saludo, solo un gesto parco para que los siguieran. El viaje a través de los niveles internos del complejo del Gremio fue un borrón silencioso.
Pasillos que nunca habían visto, ascensores de alta velocidad que descendían a profundidades desconocidas, puntos de control con escáneres energéticos y guardias cuya mirada vacía prometía violencia eficiente. La atmósfera era opresiva, cargada de una tensión que iba más allá de su propia crisis. Algo grande estaba sucediendo en Lumina.
La Sala de Mando Delta-Prime era un espacio vasto y cavernoso, iluminado por el brillo frío de pantallas holográficas gigantes que mostraban mapas tácticos, flujos de datos y símbolos arcanos fluctuantes. En el centro, sobre una plataforma elevada, estaba Lord Valerius Veridian. No estaba solo. Junto a él, con la misma expresión de acero endurecido, estaba el Sargento Roric 'El Muro', el Rango S que los había confrontado en la Instalación 7. Su presencia inmediata confirmó la gravedad de la situación.
Valerius se giró hacia ellos cuando entraron, escoltados por los guardias silenciosos. Su rostro, normalmente una máscara de control irónico, estaba tenso, sus ojos oscuros brillando con una furia apenas contenida. —Consultor Vega —dijo Valerius, su voz resonando en el vasto espacio, dirigiéndose directamente a Martín—. Su análisis del fragmento recuperado. Infórmeme. Ahora. Martín dio un paso al frente, el esfuerzo visible en su postura.
La influencia del Arquitecto había retrocedido, pero la claridad analítica permanecía, ahora filtrada a través de su propia determinación. —Fragmento de aleación de supresión psiónica. Plata lunar, Iridio espectral. Modificaciones no estándar sobre una base de diseño Tau/Sigma. La energía residual, aunque degradada, sugiere una conexión con los laboratorios abandonados del Sector Sigma, en las Marcas del Este. Cerca de la antigua frontera élfica. Valerius asintió secamente, sus ojos fijos en Martín. —Preciso.
Coincide con la telemetría recuperada de los sistemas de la agente Karras Vane y con los informes fragmentados de los interrogatorios a los traidores que capturamos durante el ataque coordinado a esta ciudad. —Hizo una pausa, dejando que el peso de esas palabras cayera sobre ellos—. Mientras ustedes eran atacados en la residencia, Luminara entera estaba bajo asedio. Una purga interna. Han sido... minuciosos. Un escalofrío recorrió a Althaea. Esto era más grande de lo que imaginaban.
Una guerra civil dentro del Gremio. —Tenemos una ventana de oportunidad —continuó Valerius, su voz cortante—. Creemos que el objetivo Cero ha sido trasladado a Sigma-9 para... procesamiento inmediato. Sea lo que sea que quieran hacer con él, o con lo que le extrajeron, lo harán rápido. No podemos permitirlo. Miró a Roric, luego de nuevo al equipo C-734. —Señores, señorita... irán al Sector Sigma. Sargento Roric, usted liderará la fuerza de asalto principal con su Batallón de Acero.
Asegurará el perímetro y neutralizará la resistencia externa. Equipo C-734 —sus ojos se detuvieron en Martín—, ustedes serán la punta de lanza. Su objetivo es la infiltración, localización y extracción del activo Cero. Dada su... conexión previa, son los más indicados. La orden era clara, la misión suicida. Una alianza forjada en la necesidad y la desesperación. Roric dio un paso al frente, su rostro impasible. —Mis hombres y yo aseguraremos la zona. Pero una vez dentro, Consultor, ustedes están solos.
Cumplan el objetivo. Sin desviaciones. Sin sentimentalismos. ¿Entendido? Martín lo miró fijamente, la tensión crepitando entre ellos. —Entendido, Sargento. Recuperaremos al niño. La planificación táctica que siguió fue breve, brutalmente eficiente. Mapas holográficos, rutas de aproximación, protocolos de comunicación encriptados, contingencias. La atmósfera era gélida, la desconfianza entre el equipo y Roric palpable, apenas contenida por la urgencia de la misión.
Al amanecer, partirían hacia las Marcas del Este, hacia el Sector Sigma, hacia el corazón de la trampa. II. El Silencio Antes del Grito El viaje hacia las Marcas del Este fue tenso y opresivamente silencioso. Viajaron en la bodega de carga de un transporte blindado del Gremio, un vehículo pesado y funcional diseñado para atravesar terrenos difíciles y resistir ataques menores. Las paredes metálicas vibraban con el rugido del motor y el traqueteo sobre el terreno irregular.
Junto al Equipo C-734, apretujados en el espacio limitado, viajaba un destacamento del Batallón de Acero de Roric: soldados anónimos con armaduras pesadas y rostros impasibles, el epítome de la disciplina militar del Gremio. Roric mismo permanecía de pie cerca de la rampa de salida, revisando datos tácticos en una pantalla montada en su antebrazo, ignorando al equipo de Martín como si fueran meros instrumentos o una carga necesaria.
Althaea observaba el paisaje pasar a toda velocidad a través de una estrecha mirilla blindada. Dejaron atrás la arquitectura ordenada y vigilada de Luminara, adentrándose en las regiones menos controladas de Thyralia. Las llanuras dieron paso a colinas boscosas, y finalmente, el terreno se volvió más accidentado y desolado. Las Marcas del Este. Una tierra de nadie, cicatrizada por antiguas guerras y proyectos industriales fallidos.
A lo lejos, apenas visibles contra el cielo grisáceo del amanecer, se perfilaban las siluetas oscuras y dentadas de las montañas que marcaban la antigua frontera con Eldoria, envueltas en una niebla perpetua. El aire que se filtraba olía a humedad, a descomposición y a un leve toque de la magia salvaje de los bosques cercanos. El transporte finalmente se detuvo con una sacudida brusca en un claro oculto por árboles achaparrados y maleza espesa. La rampa descendió con un chirrido metálico.
—Aquí es —gruñó Roric, sin volverse—. Sector Sigma. El complejo está a quinientos metros al noreste. Reconocimiento indica perímetro exterior abandonado, pero esperen defensas activas en el interior. Mi batallón asegura el perímetro y la entrada principal. Ustedes —su mirada se posó brevemente en Martín—, busquen un punto de acceso alternativo. Muévanse rápido y en silencio. Informen solo si encuentran resistencia significativa o localizan al objetivo. Frecuencia táctica siete.
Sin esperar respuesta, Roric y sus hombres desembarcaron, desapareciendo entre la maleza con una eficiencia silenciosa que contrastaba con su apariencia voluminosa. Martín intercambió una mirada con su equipo. La tensión era palpable. Estaban en territorio enemigo, operando bajo las órdenes de un Rango S que claramente desconfiaba de ellos, en una misión desesperada basada en información fragmentada. —De acuerdo —dijo Martín, su voz tranquila pero firme—. Thorian, busca firmas energéticas, accesos ocultos.
Althaea, Kora, cubran los flancos, atentas a cualquier movimiento. Yo intentaré leer las... cicatrices energéticas del lugar. Vamos. Avanzaron con cautela a través de la vegetación descuidada, siguiendo las indicaciones de Martín. El complejo de laboratorios emergió de la niebla como un espectro oxidado. Varios edificios de hormigón agrietado y metal corroído se alzaban contra el cielo plomizo, ventanas rotas como ojos vacíos, enredaderas trepando por las paredes en un abrazo lento y destructivo.
Parecía muerto, abandonado durante décadas. —Aquí —murmuró Thorian, deteniéndose frente a una sección anodina del muro perimetral, donde un viejo conducto de ventilación había sido arrancado—. Lecturas de energía residual. Recientes. Y un campo de ocultamiento de bajo nivel más adelante. Hay algo aquí abajo. Mientras Thorian trabajaba rápidamente con un dispositivo de diagnóstico para neutralizar el campo de ocultamiento, Martín cerró los ojos, concentrándose, extendiendo su percepción del código.
Vio las líneas deshilachadas de las antiguas redes energéticas del complejo, la mayoría muertas o moribundas. Pero debajo, más profundo, pulsaba una red diferente: más nueva, más nítida, con la inconfundible firma angular y fría de la tecnología del Gremio, superpuesta con... algo más. Un patrón errático, oscuro, que le recordó vagamente a la Astracita. —Es un búnker —confirmó Martín—. Moderno. Activo. Protegido. La firma energética es del Gremio, pero está... contaminada.
El campo de ocultamiento chisporroteó y se disipó, revelando una pesada puerta blindada disimulada en los cimientos del edificio principal. Thorian aplicó un dispositivo de hackeo rúnico a la cerradura. Tras unos segundos tensos, la puerta se deslizó hacia un lado con un pesado siseo hidráulico, revelando una escalera descendente hacia la oscuridad. Casi al mismo tiempo, el comunicador de Martín cobró vida con la voz áspera de Roric: «Perímetro asegurado. Entrada principal localizada. Iniciando descenso.
Mantengan frecuencia siete. » —Nos movemos —respondió Martín—. Entrada alternativa asegurada. Descendiendo. Intercambiaron una última mirada tensa. El silencio del complejo abandonado era ahora una máscara que ocultaba una amenaza activa y desconocida. Se adentraron en la oscuridad del búnker, el sonido de la puerta blindada cerrándose tras ellos resonando como el portazo de una tumba. La caza había comenzado. III. Corazón Roto, Furia Desatada El descenso por las escaleras metálicas fue rápido y silencioso.
Los niveles superiores del búnker parecían más un puesto de escucha o una base logística que un laboratorio: pasillos estrechos, salas de servidores apagados, barracones vacíos. La resistencia era mínima, apenas un par de guardias con equipo estándar del Gremio que el Batallón de Acero, avanzando desde la entrada principal por rutas paralelas según el comunicador de Roric, neutralizó antes de que el equipo de Martín tuviera que intervenir. Pero la sensación de urgencia crecía con cada metro descendido.
Podían sentir una vibración sorda a través del suelo, un zumbido de energía contenida que se hacía más intenso. The tale has been taken without authorization; if you see it on Amazon, report the incident. Y entonces, lo oyeron. Un sonido débil al principio, perdido en el eco metálico de los pasillos, pero inconfundible. Un gemido agudo, infantil, cargado de un dolor y un miedo tan puros que helaban la sangre. Cero. La reacción de Martín fue visceral, instantánea.
La máscara de control que había mantenido desde que despertó se resquebrajó. La preocupación por su amigo perdido, la culpa que lo había consumido, todo ello cristalizó en una furia helada y enfocada. Sin una palabra, aceleró el paso, casi corriendo por los pasillos laberínticos, siguiendo el sonido como un depredador sigue el rastro de su presa herida. Althaea, Kora y Thorian lo siguieron de cerca, sus propias expresiones endurecidas por la determinación y la rabia compartida.
Irrumpieron en una vasta cámara cavernosa al final del pasillo, y la escena que los recibió los golpeó con la fuerza de un ariete. Era una pesadilla tecnológica y arcana. En el centro de la sala, suspendido en un campo de energía parpadeante, estaba Cero.
Ya no era el niño silencioso y asustado; estaba convulsionando, su pequeño cuerpo arqueado en agonía, un grito ahogado escapando de sus labios mientras hebras de una energía oscura y viscosa –el símbolo parásito que Martín había detectado– eran arrancadas dolorosamente de su aura y succionadas por una intrincada red de cables rúnicos hacia un contenedor de cristal que pulsaba con una luz maligna. Alrededor de la maquinaria, tres figuras con túnicas oscuras (¿técnicos? ¿sacerdotes del culto?) manipulaban controles, sus rostros ocultos por capuchas, indiferentes a los gritos de su víctima. Martín no procesó la escena. No analizó. Simplemente reaccionó. Un rugido gutural, inhumano, surgió de su pecho –un eco del Guardián, alimentado por su propia furia–. La energía roja que normalmente mantenía contenida detrás del cortafuegos estalló visiblemente a su alrededor, sus ojos brillando con una luz peligrosa. Se lanzó hacia adelante, un borrón de velocidad y violencia.
El primer técnico ni siquiera tuvo tiempo de levantar la cabeza antes de que el puño de Martín, imbuido de una fuerza aplastante, impactara contra su pecho con un crujido húmedo. El segundo intentó activar una barrera rúnica, pero Martín la atravesó como si fuera papel, agarrándolo por el cuello y estrellándolo contra la consola de control con una fuerza devastadora.
El tercero levantó un arma de energía, pero antes de que pudiera disparar, Martín ya estaba sobre él, sus dedos apretándose alrededor del arma, el metal crujiendo y deformándose bajo la presión imposible antes de arrancársela y usarla para golpear al técnico hasta dejarlo inmóvil en el suelo.
Todo ocurrió en segundos, una explosión de violencia brutal y enfocada que dejó a Althaea, Kora y Thorian momentáneamente atónitos, y a Roric, que acababa de llegar a la entrada de la cámara con sus hombres, con los ojos muy abiertos. Martín se volvió hacia la maquinaria que retenía a Cero. No intentó descifrar los controles. Simplemente extendió una mano hacia la consola principal, la energía roja arremolinándose a su alrededor. —¡Apágate!
—gritó, y una oleada de energía pura y caótica surgió de él, impactando la consola. Hubo una explosión cegadora de chispas y luz. Las luces de la cámara parpadearon violentamente, los sistemas energéticos del laboratorio entero parecieron fallar por un instante –un micro-apagón mucho más intenso que el anterior– y la maquinaria que retenía a Cero se apagó con un gemido metálico, el campo de energía disipándose. Cero cayó al suelo, pequeño y frágil.
Martín corrió hacia él, la furia desvaneciéndose tan rápido como había aparecido, reemplazada por una preocupación desesperada. Se arrodilló, apartando los cables rúnicos del cuerpo tembloroso del niño. —Cero... Cero, ¿estás bien? Soy yo, Martín. El niño levantó la cabeza lentamente. Sus ojos, normalmente vacíos o analíticos, estaban llenos de lágrimas y un terror abrumador. Al reconocer a Martín, su rostro se contrajo en una expresión de alivio desgarrador.
Se lanzó hacia adelante, aferrándose a Martín con una fuerza sorprendente, enterrando la cara en su pecho, sus pequeños hombros sacudidos por sollozos silenciosos. —Sabía... sabía que venías... —murmuró Cero contra la ropa de Martín, su voz apenas un hilo—.... pero también creí que no... no llegabas a tiempo... Dolía... Martín lo abrazó con fuerza, sintiendo el cuerpo frágil temblar contra el suyo, el corazón latiéndole con una mezcla de alivio feroz y una rabia fría hacia quienes habían hecho esto.
Por un momento, en medio del laboratorio destrozado y bajo la mirada atónita de sus compañeros y los soldados del Gremio, solo existió ese abrazo, un ancla de humanidad en medio del horror. IV. La Verdad del Vacío El momento de alivio fue desgarradoramente breve. Mientras Martín sostenía a Cero, sintiendo los temblores del niño contra su pecho y tratando de ofrecerle un consuelo que él mismo apenas sentía, el sonido metálico y pesado de compuertas sellándose resonó por toda la cámara.
Luces rojas de emergencia parpadearon en las paredes, sumiendo la sala en una penumbra ominosa, apenas cortada por el brillo residual de la maquinaria dañada y la luz de las linternas del Batallón de Acero. —¡Informe de estado! —ladró Roric, sus hombres adoptando inmediatamente posiciones defensivas, armas en alto—. ¡Salidas bloqueadas! ¡Barreras energéticas clase Delta activadas! —Interferencia de comunicaciones —añadió Thorian, manipulando su comunicador con frustración—. Estamos aislados.
Justo como Valerius temía. Una risa suave y condescendiente surgió de las sombras en el extremo opuesto de la cámara. Lenta, deliberadamente, una figura emergió de detrás de una columna de soporte estructural. No llevaba las túnicas oscuras de los técnicos, sino un uniforme impecable de alto rango del Gremio, aunque las insignias estaban sutilmente alteradas, incorporando un símbolo que Martín reconoció vagamente de los fragmentos mentales de Karras Vane: una espiral devorándose a sí misma.
El hombre (o mujer, su figura era andrógina y su rostro estaba parcialmente oculto por una máscara de media cara hecha de un material oscuro y reflectante) aplaudió lentamente. —Impresionante, Equipo C-734. Realmente impresionante. Superaron nuestras expectativas. Sabíamos que el vínculo con el prototipo era fuerte, pero esta... exhibición de furia protectora —su cabeza se inclinó ligeramente hacia Martín— fue particularmente... reveladora. —¿Quién eres?
—demandó Roric, su voz un gruñido contenido, su martillo de guerra listo—. ¿Qué significa esto? ¡Habla, en nombre del Consejo! La figura soltó otra risa suave. —El Consejo... qué anticuado. Nosotros representamos el siguiente paso. La verdadera culminación. Y tú, Sargento Roric, eres un obstáculo. Prescindible. Como todos aquí... excepto uno. Sus ojos ocultos se fijaron en Martín, quien todavía sostenía a Cero protectoramente. —Ciertamente, el Niño del Vacío fue un cebo efectivo.
Necesitábamos confirmar el despertar, medir la resonancia. —Dio un paso adelante, su voz bajando a un tono casi reverente—. Pero tú... tú eres el premio. El patrón que sobrevivió al Vínculo sin colapsar. El que puede lograr... la Simetría Perdida. El nombre arcano de la entidad de Astracita, Kurat-Sel, resonó en la mente de Martín, un eco frío de la explicación del Heraldo. —Tú eres el Contenedor C-734 —continuó la figura, usando la designación con una familiaridad que envió un escalofrío por la espalda de Martín.
La punzada en su nuca regresó, aguda, involuntaria, y el susurro mental casi inaudible: <Identificado. > —. Y te necesitamos. —¿Necesitarme para qué? —preguntó Martín, su voz tensa, protegiendo a Cero con su cuerpo. —Para estabilizar al Niño. Para fusionar la estructura y el eco. Para convertirte en el ancla que Kurat-Sel necesita. —La figura extendió una mano enguantada—. Únete a nosotros, Contenedor. Acepta tu propósito. El resto...
—hizo un gesto displicente hacia Roric, Althaea, Thorian y Kora—, son interferencia. Serán eliminados. —¡Nunca! —rugió Martín. La figura suspiró, un sonido casi teatral. —Predecible. Qué lástima. Entonces procederemos por la ruta de adquisición forzada. —Chasqueó los dedos. Con un estruendo que sacudió el suelo, paneles en las paredes y el suelo se deslizaron, revelando nichos oscuros.
Quizás aprovechando el fallo en los sistemas de contención causado por el apagón anterior, de estos nichos emergieron figuras pesadas y amenazantes: media docena de Golems, no de piedra o metal, sino de una sustancia oscura y cristalina que pulsaba débilmente con la energía corrupta de la Astracita. Sus formas eran toscas, humanoides pero distorsionadas, y emanaban una presión psíquica palpable.
Junto a ellos, aparecieron silenciosamente una docena de soldados vestidos con armaduras negras sin insignias, armados con rifles de energía de aspecto letal. La trampa se había cerrado. La emboscada había comenzado. V. Primera Ola, Primeras Bajas La cámara del laboratorio se transformó instantáneamente en un infierno de energía crepitante y metal retorcido. El Heraldo enmascarado se retiró con calma hacia las sombras mientras sus fuerzas desataban el asalto. —¡Formación defensiva Círculo de Acero!
—bramó Roric, su voz resonando por encima del caos inicial—. ¡Batallón, protejan al objetivo secundario (Cero) y a los consultores! ¡Equipo C-734, fuego de supresión a los Golems! ¡Prioridad! Los soldados del Batallón de Acero respondieron con disciplina férrea, formando un perímetro defensivo alrededor del grupo central, sus rifles de energía abriendo fuego contra los soldados de negro que avanzaban. El aire se llenó de disparos de energía, explosiones contenidas y el zumbido amenazante de los Golems de Astracita.
El equipo C-734 entró en acción, la adrenalina ahogando el miedo. Thorian, protegiendo a Cero junto a un par de soldados de Roric, activó un escudo rúnico portátil mientras gritaba análisis tácticos: —¡Esos Golems! ¡Su núcleo emite pulsaciones psíquicas! ¡Las defensas de Vega están ayudando, pero la exposición prolongada es peligrosa! ¡Busquen las juntas, la concentración de cristal oscuro! Kora soltó un grito de guerra gutural y cargó hacia el Golem más cercano.
Sus guanteletes MK-II brillaron intensamente al absorber la energía cinética de los primeros golpes fallidos del Golem. —¡Traga esto, montón de chatarra brillante! —rugió, y descargó una onda de choque devastadora que hizo tambalearse a la mole de Astracita, agrietando su superficie cristalina. Desató una andanada de virotes explosivos con su ballesta, concentrando el fuego en las grietas.
Althaea activó su arma cambiaformas, el núcleo brillando con energía protectora mientras se transformaba en un escudo reluciente en un brazo y una lanza crepitante en el otro. Se movió con agilidad felina, interceptando disparos dirigidos a Cero y a Thorian, desviando golpes de los soldados enemigos y respondiendo con estocadas precisas de su lanza de energía. Su escudo, sin embargo, emitía un zumbido fluctuante e irregular.
El ambiente, cargado con la energía de la Astracita y quizás alguna contramedida de la facción, parecía interferir con su equipo. Martín, con Cero todavía aferrado a una de sus piernas, luchaba con una ferocidad controlada. El Arquitecto le proporcionaba análisis de puntos débiles en tiempo real, mientras Serena intentaba calmar el pánico creciente de Cero y filtrar parte de la presión psíquica ambiental. Usó ráfagas cortas y precisas de energía (¿del Guardián? ¿su propia energía potenciada?) para desviar ataques o crear aberturas para Kora y el Batallón. Sus prototipos de defensa psíquica, integrados en su ropa o como amuletos discretos, funcionaban, reduciendo la confusión y el miedo que emanaban los Golems, pero la presión era como un martillo constante contra su mente. A pesar de su resistencia y el poder de su nuevo equipo, la marea comenzaba a volverse en su contra. Los Golems eran increíblemente resistentes, regenerando daños menores casi al instante.
Los soldados enemigos luchaban con una coordinación letal y un fanatismo inquietante, ignorando sus propias bajas. Y entonces, empezaron a usar el gas. Nubes verdosas y densas comenzaron a filtrarse desde conductos ocultos, un agente incapacitante que afectaba la respiración y la visión. —¡Máscaras de filtro! —gritó Roric, mientras él mismo se ponía una—. ¡Mantengan la formación! Pero era difícil. La visibilidad disminuyó. Los soldados del Batallón comenzaron a toser, a fallar disparos.
Un Golem aprovechó la confusión, barriendo con un brazo masivo y enviando a dos soldados de Roric a volar contra la pared. Otro avanzó implacablemente hacia Thorian y Cero. Althaea vio el peligro. Se interpuso, su escudo de energía brillando desesperadamente. Bloqueó el primer golpe, pero el impacto la hizo retroceder, sus botas resbalando en el suelo cubierto de escombros. El zumbido de su escudo se volvió errático, parpadeó... y se apagó con un chispazo justo cuando el segundo puño de Astracita descendía.
Recordó haber visto a Kora, al otro lado de la cámara, derribando a un soldado de negro y gritando furiosa: —¡A él no lo tocan, malditos! Luego, el mundo de Althaea se redujo a un destello cegador de dolor. El golpe del Golem la alcanzó de lleno en el costado, lanzándola por los aires como una muñeca de trapo. Chocó brutalmente contra una consola metálica. Sintió un crujido húmedo en sus costillas, el aire escapando de sus pulmones.
Vio, a través de una neblina roja, cómo Thorian, gritando su nombre, era alcanzado por una ráfaga de energía perdida mientras intentaba llegar hasta ella. La oscuridad la envolvió mientras los sonidos de la batalla –los gritos de Kora, los disparos, y un rugido que helaba la sangre, lleno de furia y desesperación, que solo podía pertenecer a Martín– se desvanecían en la distancia. Había caído. Y Thorian también.

Giữ khẩu khí thanh khiết — không văn tục, không phá chính trị.
Nhập môn