Chương 195: Capítulo 195 - Magulladuras y Murmullos
404: Realidad no encontrada [Español] · nikcodra · 216 chương · ~32 phút đọc · Tạo 01/09/2026
I. La Reunión de los Maltrechos El aire en la sala común de la Residencia 7-Alfa esa noche era espeso, casi irrespirable.
Olía a ungüento muscular de hierbas fuertes –Althaea se lo aplicaba con lentos y deliberados masajes en sus propios hombros, tensos como cuerdas de arco–, al penetrante olor metálico de los solventes que Kora usaba para limpiar (o quizás disolver) las piezas de su ballesta esparcidas sobre la mesa baja, y a la leve pero persistente fragancia a ozono que parecía seguir a Thorian desde los laboratorios Tau. Era el olor de cuerpos llevados al límite y mentes trabajando bajo presión. Habían intentado cenar juntos.
El Gremio, en su eficiencia impersonal, les proporcionaba raciones nutritivas y equilibradas, pero esta noche el guiso sintético de vegetales y proteína reconstituida parecía particularmente insípido y pastoso. Los platos yacían medio vacíos sobre la mesa, abandonados. Nadie tenía mucho apetito. El agotamiento era un peso físico que los aplastaba contra las sillas, una niebla que embotaba los sentidos y ralentizaba los pensamientos.
Martín se removió incómodamente en su asiento, cada movimiento una protesta silenciosa de músculos que no sabía que tenía hasta que Varr se los había recordado de la manera más directa y dolorosa posible. Sentía los huesos molidos, las articulaciones quejándose.
El entrenamiento con el enigmático maestro no había sido brutal en el sentido de Roric, no había habido gritos ni castigos físicos directos, pero había sido un desmontaje sistemático y humillante de cada uno de sus movimientos, de cada uno de sus reflejos, de cada una de sus suposiciones sobre cómo su propio cuerpo funcionaba (o no funcionaba). La crítica de Varr –"silla rota", "conducto roto"– resonaba en su cabeza con la persistencia de un dolor de muelas.
Al otro lado de la mesa, Kora era un nudo de furia contenida y dolor evidente. Se movía con una rigidez forzada, y Martín podía ver la hinchazón amoratada en uno de sus antebrazos donde probablemente había intentado bloquear (sin éxito) uno de los "correctivos" de Roric. Sus nudillos estaban en carne viva donde había golpeado alguna pared o saco de entrenamiento con frustración. Su habitual energía caótica estaba aplacada, reemplazada por una tensión eléctrica que prometía una explosión inminente.
Althaea, aunque externamente más calmada, mostraba signos de una fatiga diferente, más profunda. Había líneas finas de tensión alrededor de sus ojos ámbar, y sus movimientos, aunque todavía gráciles, carecían de su fluidez habitual. La sesión con la Maestra Vor'chek, la leyenda de la Guardia de Élite, claramente había sido un desafío mental y técnico tanto como físico. La humildad forzada era un traje que no le sentaba bien, pero Martín podía ver la determinación férrea brillando bajo la superficie del cansancio.
Incluso Thorian parecía afectado. Estaba hundido en su sillón favorito (el único que Croko no había reclamado oficialmente), con los ojos cerrados y los dedos masajeándose las sienes con un movimiento lento y repetitivo. El trabajo en los laboratorios Tau era estimulante, sin duda, pero la intensidad de la información sobre la Astracita y la colaboración forzada con la hiperactiva Grizelda Cogspinner le estaban pasando factura mental.
El único sonido en la sala, aparte de los ocasionales bufidos de Kora o el suave frotar de Althaea aplicándose el ungüento, era el profundo y rítmico ronquido de Croko, que dormía el sueño de los justos (o de los reptiles gigantes indiferentes) en el sofá más grande, ajeno al sufrimiento humano (y medio humano, y enano) que lo rodeaba.
Cero estaba en su rincón habitual, sentado en el suelo con las piernas cruzadas, observando al grupo con esa quietud suya que a veces resultaba tranquilizadora y otras veces, como esa noche, simplemente añadía otra capa de extrañeza a la atmósfera cargada. Nadie hablaba. ¿Qué podían decir?
"¿Qué tal tu sesión de tortura personalizada?"
"¿Te humillaron tanto como a mí?"
"¿Cuántos huesos crees que te romperá Roric mañana?" El silencio era un acuerdo tácito, una forma de lamerse las heridas en una tregua frágil antes de enfrentar el siguiente asalto. Era la camaradería de los condenados, unidos por el sufrimiento compartido bajo el nuevo y "beneficioso" acuerdo con el Gremio. La ironía era tan espesa que casi se podía masticar. Pero el silencio, especialmente con Kora presente, nunca podía durar indefinidamente.
Era solo cuestión de tiempo antes de que la presión acumulada encontrara una válvula de escape. Y Martín sospechaba que la explosión no tardaría en llegar. II. El Informe de Kora El silencio se hizo añicos con el sonido metálico de una herramienta cayendo (o siendo lanzada) al suelo. Kora se levantó de golpe, su silla chirriando en protesta. La vena en su sien palpitaba visiblemente, y su ojo rúnico brillaba con una luz azul frenética.
"¡A la mierda esto!" espetó, su voz tensa y vibrante de furia contenida. Recorrió la sala con la mirada, sus ojos deteniéndose en cada uno de ellos con una mezcla de rabia y desesperación.
"¿Vamos a quedarnos aquí sentados, lamiéndonos las heridas como cachorros apaleados, o alguien va a admitir que el 'entrenamiento optimizado' de Valerius es solo una forma elegante de tortura sancionada por el Gremio?" Nadie respondió de inmediato, pero la pregunta flotó en el aire, cargada de verdad.
"¡Porque yo sí lo admito!" continuó Kora, sin necesidad de respuesta. Empezó a pasearse por la sala como una bestia enjaulada, gesticulando con sus manos enguantadas.
"¡Diez vueltas! ¡Diez malditas vueltas al perímetro de ese hangar cavernoso solo porque mi camiseta 'ofendía su sentido de la disciplina'! ¡Y luego las flexiones!
'¡Una menos que perfecta, especialista! ¡Empiece de nuevo!' ¡El muy cabrón sádico disfrutaba viéndome arrastrarme por el suelo!" Hizo una pausa para respirar, sus puños apretados.
"Y luego, ¡luego! La 'demostración de combate'," dijo, la voz chorreando sarcasmo amargo.
"'Muéstrame lo que sabes hacer, chatarra'," imitó la voz grave de Roric con una mueca de desprecio.
"'Dudo que puedas siquiera rasguñar mi armadura'. ¡El muy arrogante hijo de...! ¡Le disparé todo lo que tenía! ¡Virotes perforantes! ¡Descargas de los guanteletes! ¡Intenté volarle la cabeza!" Se detuvo, su respiración agitada.
"Y él... ¡nada! Se quedó allí parado como un maldito muro de piedra, desviándolo todo con una sonrisa de suficiencia, ¡y luego me pisó el virote como si fuera una cucaracha!" La humillación en su voz era palpable. Mientras despotricaba, Martín no pudo evitar un comentario seco.
"¿Solo diez vueltas? A mí Varr me tuvo haciendo ejercicios de respiración tan básicos que sentí que mis pulmones iban a implosionar por puro aburrimiento, para luego decirme que mi equilibrio era comparable al de un goblin borracho sobre un monociclo."
Althaea añadió, con una calma que contrastaba con la furia de Kora pero que no ocultaba su propia frustración: "Vor'chek me usó de trapo de piso holográfico durante una hora, demostrando unas quince maneras diferentes de romperme el cuello antes de que pudiera siquiera completar un ataque." Kora se detuvo un segundo, mirando a Martín y luego a Althaea, procesando sus comentarios.
La comprensión de que no era la única que había sido brutalmente desmontada pareció quitarle un poco de aire a su indignación personal, aunque no la apagó del todo.
"¡Exacto!" exclamó, señalándolos.
"¡Eso es lo que digo! ¡Es una puta carnicería! ¡Y Roric! ¡Me dio una evaluación que básicamente decía que soy un peligro público con patas y que mi única táctica es 'rezar para matar al primer golpe'!" Su voz tembló ligeramente.
"Dijo que mi defensa es 'inexistente', que me quedo sin jugo en 'treinta segundos'... ¡Como si él supiera lo que es sobrevivir ahí fuera con equipo de mierda y modificaciones que amenazan con explotarte en la cara cada vez que estornudas!" Respiró hondo de nuevo, luchando por controlar la emoción.
"¡Lo odio!" repitió con vehemencia.
"¡Odio su arrogancia, odio su disciplina estúpida, odio la forma en que me mira como si fuera un error que hay que corregir a martillazos!" Hizo una pausa, y una expresión extraña, una mezcla de furia y algo más difícil de definir, cruzó su rostro.
"... Pero el cabrón... el cabrón tenía razón en algunas cosas," admitió a regañadientes, casi en un susurro.
"Sobre la munición... sobre depender demasiado del primer golpe..." Sacudió la cabeza con violencia, como si intentara deshacerse del pensamiento.
"¡Da igual! ¡No voy a dejar que me convierta en uno de sus soldaditos de plomo! ¡Soy Kora! ¡Soy caos! ¡Y le juro por cada maldito tornillo de mis guanteletes que le voy a demostrar a ese maldito muro con patas que esta 'chatarra' puede morder... y arrancar un buen pedazo!" Se dejó caer de nuevo en su silla con un bufido, la energía de su estallido dejándola visiblemente agotada pero con una nueva chispa de desafío obstinado en la mirada.
La sesión con Roric había sido infernal, pero en lugar de romperla, parecía haberla forjado con una nueva y peligrosa determinación. The narrative has been stolen; if detected on Amazon, report the infringement. III. La Perspectiva de Althaea Tras el eco final de la furia de Kora, todas las miradas se volvieron hacia Althaea. Ella permaneció en silencio por un momento, limpiando metódicamente una de sus garras retráctiles con un paño.
Finalmente, dejó el paño a un lado y levantó la vista, sus ojos ámbar encontrando los de Martín con una calma que parecía costarle un esfuerzo mantener.
"Mi sesión fue... diferente," comenzó, su voz baja.
"No hubo gritos como los de Kora, ni evaluaciones crudas sobre mi postura como las tuyas, Martín." Una leve sonrisa irónica curvó sus labios por un instante.
"La Maestra Vor'chek es... silenciosa. Precisa. Y absolutamente implacable."
"Me enfrenté a ella con todo lo que sé," explicó.
"Velocidad, fuerza, fintas. La fisicalidad que siempre me ha servido." Hizo una pausa, la frustración evidente en la tensión de sus hombros.
"Fue como golpear el agua. No se opuso a mi fuerza; la redirigió. No igualó mi velocidad; la anticipó. Cada movimiento... lo leyó antes de que pudiera completarlo."
"Incluso mis sentidos..." admitió con dificultad.
"Los usó en mi contra. Un sonido agudo. Algo en el aire. Me sentí... ciega. Torpe." Su voz bajó.
"Nunca me había sentido tan... transparente." Las palabras de Vor'chek — predecible, libro abierto — resonaban en su mente. Se enderezó.
"Fue aleccionador. Me mostró las grietas. Y también el camino: juego de pies, lectura del oponente, anticipar, desviar." Miró a Martín, luego a Thorian y Kora.
"Será largo. Doloroso. Pero lo haré." Su mirada se endureció.
"Mis instintos me han mantenido viva. Para lo que viene, para protegerlos a ustedes, necesito más. La precisión del acero, no solo la furia de la bestia." Su resolución era, a su manera, tan intensa como el estallido de Kora. Martín lo vio: Althaea acababa de aceptar la disciplina de la técnica. IV. El Veredicto de Martín Cuando Althaea terminó de hablar, un silencio respetuoso llenó la sala. Su calma determinación era un contrapunto poderoso a la furia explosiva de Kora.
Ambos extremos del espectro de reacción ante una evaluación brutal. Ahora, todas las miradas se volvieron hacia Martín. Él suspiró, sintiendo el peso de su propia y extraña experiencia. Comparada con la tortura física de Kora o el desmantelamiento técnico de Althaea, su sesión con Varr había sido... diferente. Más sutil, quizás, pero no menos demoledora a su manera.
"Bueno," empezó, buscando las palabras.
"Mi sesión con el Maestro Varr fue... menos gritos y más... diagnósticos existenciales, supongo." Intentó una sonrisa torcida que no llegó a sus ojos. Describió el encuentro en el Foso 7: la atmósfera tranquila pero intensa, la petición inicial de Varr de ver su regeneración.
"Se la mostré," dijo, mirando su mano derecha, ahora completamente curada pero aún sintiéndose ligeramente ajena.
"Un corte simple en la palma. Se curó en segundos." Hizo una pausa.
"Y su evaluación fue...
'Espectacular. Y energéticamente deficiente'." Vio la sorpresa en los rostros de Althaea y Kora. Incluso Thorian levantó una ceja.
"Dijo que confío demasiado en ella," continuó Martín, recordando las palabras exactas de Varr.
"Que es una muleta, una red de seguridad que me permite ser descuidado con mi propio cuerpo. Que cada vez que la uso, pago un precio en energía vital que no me doy cuenta de que estoy pagando." Repitió la analogía que Varr había usado: "'Curarse así es como intentar apagar un incendio con gasolina. Tarde o temprano, te quedarás sin combustible en el peor momento posible.'" Admitió, su voz un poco más baja: "Y... tiene razón. Nunca lo había pensado así. Siempre lo vi como una ventaja, no como un posible lastre."
Luego pasó a la segunda parte de la evaluación.
"Después quiso ver... a los otros." Vio la tensión volver a los rostros de sus compañeros.
"No una posesión. Solo... una chispa. Canalizar una fracción de su energía." Describió cómo había invocado la energía roja del Guardián.
"Varr quedó impresionado por la potencia bruta," dijo, "pero su diagnóstico fue igual de brutal: 'Un completo, absoluto y trágico desperdicio'." Repitió la crítica de Varr sobre ser un "conducto roto", filtrando poder sin foco ni intención.
"Dijo que esa energía podría usarse para cosas increíbles si supiera darle forma, pero que tal como está, solo sirve para quemarme a mí mismo." La verdad de esas palabras le dolía, pero negarla era inútil.
"Y finalmente," continuó Martín, "la 'demostración' de combate físico." Describió brevemente cómo Varr, con movimientos mínimos y una precisión exasperante, lo había esquivado, desequilibrado y neutralizado con un simple toque en un punto de presión. Recordó la sensación de impotencia, la facilidad con la que el anciano maestro había anulado su velocidad y fuerza mejoradas. Recordó cómo Varr le había impedido recurrir a su visión de código como un atajo.
"Su diagnóstico final fue..." Martín hizo una pausa, tragando un nudo de orgullo herido.
"... que mi velocidad no tiene base, mi fuerza no tiene técnica, mi equilibrio es precario y mi resistencia, nula. Que soy," repitió la frase que más le había dolido, "una silla rota a punto de ceder." Vio la simpatía en la mirada de Althaea y una mueca de algo parecido al respeto a regañadientes en la de Kora. Incluso Thorian parecía menos crítico.
"Me dijo que me olvide de todo," concluyó Martín.
"Que me olvide de las entidades como muletas. Que me olvide de la regeneración como red de seguridad. Que me olvide de intentar leer el código para encontrar atajos." Miró sus manos.
"Dijo que tengo que volver a lo más básico. Postura. Equilibrio. Respiración. Aprender a moverme desde los pies. Aprender a estar en mi propio cuerpo antes de intentar usarlo como... como un 'condensador arcano a punto de explotar', creo que dijo." Se recostó en la silla, sintiendo el peso de ese veredicto. Era humillante. Era frustrante. Pero en el fondo, sabía que Varr había visto la verdad. Había estado confiando en sus habilidades anómalas, en las entidades, en la suerte, para sobrevivir.
Pero no había construido una base sólida propia.
"Así que," dijo con una sonrisa cansada y resignada, "mañana empiezo a aprender a... respirar. Y a no caerme. Suena emocionante, ¿verdad?" A pesar de la humillación, había una chispa de intriga en sus ojos. Varr era un enigma, sus métodos parecían arcaicos, pero quizás... quizás era exactamente lo que necesitaba para dejar de ser solo un "contenedor" y convertirse en algo más. V. Reflexiones Finales y el Observador Silencioso Un silencio denso siguió a la confesión de Martín.
Los tres relatos –la furia desafiante de Kora, la humilde determinación de Althaea y la aceptación resignada pero intrigada de Martín– pintaban un cuadro claro: el Gremio, a través de sus instructores de élite, los estaba desmontando pieza por pieza, exponiendo cada debilidad, cada fallo, cada muleta en la que se habían apoyado para sobrevivir hasta ahora.
"Bueno," rompió el silencio Thorian finalmente, acariciándose la barba con aire pensativo.
"Al menos son eficientes en identificar los puntos débiles. Aunque sus métodos sean... directos." Hubo un matiz de respeto a regañadientes en su voz, el reconocimiento de un artesano hacia la habilidad de otro, incluso si el "material" que se trabajaba eran ellos mismos.
"Supongo que es mejor saber dónde están las grietas antes de que la estructura colapse por completo."
"Eficientes o sádicos," murmuró Kora, aunque sin su veneno habitual. Estaba mirando los trozos rotos de su virote de práctica que aún tenía sobre la mesa.
"Aunque," añadió a regañadientes, "el maldito Muro tenía razón sobre mi defensa. Es una mierda."
"Todos tenemos puntos débiles," dijo Althaea con calma, su mirada pasando por cada uno de ellos.
"Nos los han mostrado. Ahora depende de nosotros qué hacemos con ese conocimiento. Si nos lamentamos o si lo usamos para fortalecernos." Su serenidad era un contrapunto necesario a la frustración general. Compartieron una mirada de comprensión mutua, una solidaridad nacida no de la victoria, sino del reconocimiento compartido de la ardua tarea que tenían por delante. Eran un equipo roto, sí, pero estaban juntos en esto. El sufrimiento compartido, de alguna manera, los unía más que cualquier éxito fácil.
Thorian, mirando sus manos callosas, quizás pensando en los complejos espectros de la Astracita o en los planos de la armadura filtrante, murmuró: "Bueno... si esto fue solo el primer día de 'optimización'..." Althaea completó la frase, su voz tranquila pero cargada de una seriedad que resonó en la sala: "... ¿cómo será cuando crean que estamos listos para enfrentar algo real?" La pregunta flotó en el aire, pesada y ominosa.
Todos pensaron en Morthos, en el Culto, en la amenaza desconocida dentro del propio Gremio, en el símbolo adherido a Cero. El camino que tenían por delante era largo, peligroso y lleno de incertidumbre. En ese breve silencio cargado, Cero, que había permanecido callado y observador durante toda la conversación, levantó la vista de los bloques que estaba apilando con precisión silenciosa. Sus ojos grises se posaron por un instante en cada miembro del equipo, registrando sus expresiones cansadas y preocupadas.
Luego, muy lentamente, asintió una sola vez. El gesto fue casi imperceptible, desprovisto de cualquier emoción discernible en su rostro infantil. Pero en el contexto de la pregunta de Althaea, resonó con una certeza silenciosa y profundamente inquietante. Era como si él, de alguna manera, ya supiera la respuesta. Como si ya supiera lo que les esperaba cuando estuvieran "listos". Nadie comentó el asentimiento. Quizás no lo notaron, o quizás prefirieron no hacerlo.
La implicación era demasiado perturbadora para añadirla al peso que ya cargaban. La conversación se apagó gradualmente. El agotamiento finalmente ganó la partida. Uno por uno, se retiraron a sus habitaciones, dejando atrás los restos de la comida fría y las sombras de sus propias debilidades expuestas. La Residencia 7-Alfa quedó sumida en la quietud, solo rota por el ronquido ocasional de Croko y el casi inaudible clic de los bloques de Cero encajando unos con otros en la penumbra.
Las primeras lecciones habían terminado. Las magulladuras eran reales. Y los murmullos de duda y determinación apenas comenzaban.

Giữ khẩu khí thanh khiết — không văn tục, không phá chính trị.
Nhập môn