Chương 205: Capítulo 205 - El Frío Despertar
404: Realidad no encontrada [Español] · nikcodra · 216 chương · ~46 phút đọc · Tạo 01/09/2026
I. Silencio en la Bahía Médica El regreso fue lento, como emerger a través de capas de lodo espeso y frío. Primero fue el sonido, un pitido monótono, rítmico, que se colaba en la oscuridad persistente detrás de sus párpados. Era un sonido ajeno, mecánico, desprovisto de la cadencia natural del bosque, del viento entre las hojas o el canto de un pájaro nocturno. Luego, una presión sorda en el costado, un dolor latente en los músculos que gritaban por el esfuerzo pasado, una rigidez que aprisionaba sus miembros.
Althaea intentó moverse, un reflejo instintivo, pero su cuerpo se sintió pesado, desconectado. Abrió los ojos con un esfuerzo que pareció monumental, parpadeando contra una luz blanca y agresivamente uniforme que no ofrecía sombras ni consuelo. El techo era una extensión lisa y metálica. El aire olía a químicos de limpieza, a ozono tenue, a la nada estéril de un lugar que negaba la vida en lugar de acogerla. Tragó saliva, o lo intentó; su garganta estaba reseca, áspera como la lija.
Podía sentir el tirón sutil de algo conectado a su brazo, el roce frío de sensores sobre su brazo bajo una fina sábana sintética. ¿Dónde...? El pensamiento era un fragmento, una astilla en la niebla de su mente. La Instalación... Sigma-9... el ataque... Imágenes fugaces: destellos de energía, el grito metálico de los guanteletes de Kora, el olor a ozono quemado... Martín... Un gruñido bajo, involuntario, vibró en su pecho. Era el sonido de una bestia enjaulada despertando en un lugar equivocado.
Fue ese sonido el que finalmente atrajo la atención. Sentado en una silla austera junto a la cama médica, dándole la espalda, estaba Thorian. El enano parecía haberse encogido. Sus hombros, normalmente rectos y desafiantes, estaban ligeramente caídos. Su poblada barba trenzada, usualmente adornada con anillos que captaban la luz, colgaba sin brillo sobre su pecho, y un par de trenzas parecían haberse soltado ligeramente, algo impensable en el meticuloso Thorian.
Sostenía una tableta de datos con ambas manos, sus nudillos blancos, la luz de la pantalla reflejándose débilmente en sus cansados ojos verdes mientras estudiaba líneas de texto y gráficos incomprensibles para Althaea. No había rastro de su martillo, ni del olor a fragua y trabajo que siempre lo acompañaba. Solo una quietud pesada y una fatiga que parecía tallada en sus facciones. Althaea reunió fuerzas. —Thorian... —su voz fue apenas un susurro áspero, un sonido que le costó arrancar de su garganta.
El enano dio un respingo, no de sorpresa, sino como si un cable tenso finalmente hubiera vibrado. Dejó la tableta sobre la silla con un cuidado deliberado y se giró lentamente hacia ella. Sus ojos encontraron los de Althaea, y por un instante, ella vio un torbellino de emociones contenidas: alivio profundo, preocupación inmensa, y algo más oscuro... ¿culpa? ¿dolor? Apartó la mirada rápidamente, recomponiéndose, adoptando una máscara de estoica gravedad.
—Althaea —su voz, aunque baja, recuperó parte de su familiar tono áspero y profundo—. Por fin. Has... has estado fuera un tiempo. Se acercó a la cama, sus pasos cortos y medidos sobre el suelo pulido. Se detuvo a un metro de distancia, sus manos entrelazadas torpemente frente a él, como si no supiera dónde ponerlas. —¿Cómo... —carraspeó, buscando las palabras—. ¿Cómo te encuentras? ¿El dolor es... manejable? La pregunta era simple, médica, pero el peso detrás de ella era inmenso.
Althaea lo sintió en la forma en que sus hombros seguían tensos, en la manera en que sus ojos evitaban detenerse en los de ella por más de un segundo. El silencio de la bahía médica pareció amplificarse, marcado solo por el pitido constante del monitor y la respiración contenida del enano. Algo estaba terriblemente mal. II. Fragmentos de la Caída Althaea parpadeó, intentando aclarar la neblina de su mente y enfocar la expresión grave de Thorian.
"Manejable", había preguntado él sobre el dolor. El dolor físico era una vieja canción, un ruido de fondo al que su cuerpo modificado y su entrenamiento la habían acostumbrado. Podía soportarlo. Era el otro dolor, la punzada helada de la incertidumbre y el presentimiento que le atenazaba el pecho, lo que resultaba insoportable. —El dolor está bien, Thorian —respondió, su voz ganando un poco de fuerza, aunque todavía áspera—. ¿Cuánto tiempo? ¿Cuánto he estado... fuera?
Thorian desvió la mirada hacia la tableta de datos que había dejado en la silla, como si las respuestas estuvieran allí. —Casi cuarenta y ocho horas estándar. Tuviste... algunas complicaciones internas. El sanador dijo que necesitabas descanso profundo. Cuarenta y ocho horas. Dos días perdidos en la oscuridad mientras... ¿mientras qué? La urgencia se apoderó de ella, una oleada de adrenalina fría que la hizo intentar incorporarse de nuevo, ignorando la protesta aguda de sus músculos. —¿Y los demás?
—demandó, su voz más firme ahora, con un matiz de la fiereza que la caracterizaba—. ¿Dónde está Kora? ¿Y Martín? ¿Por qué no están aquí? La pregunta directa pareció golpear al enano como un martillo. Sus hombros se tensaron aún más, si eso era posible. Se frotó la barba con una mano nerviosa, un gesto impropio de él. —Kora... —empezó, y se detuvo. Respiró hondo—. Kora está físicamente intacta. Asignada a otra ala de recuperación. No... no quiere ver a nadie por ahora. Necesita... espacio. Espacio.
Kora nunca necesitaba espacio. Necesitaba ruido, caos, provocación. Que estuviera aislada y silenciosa era una señal de alarma tan potente como un grito de guerra orco. El miedo de Althaea se intensificó, convirtiéndose en una garra fría alrededor de su corazón. —¿Y Martín? —insistió, su voz bajando a un gruñido peligroso, sus ojos ámbar fijos en el rostro del enano, exigiéndole la verdad—. Thorian. ¿Dónde. Está. Martín? El nombre pareció romper algo en el enano.
Su rostro se contrajo en una máscara de dolor y conflicto. Abrió la boca para hablar, pero no salió ningún sonido. Sus ojos verdes se encontraron finalmente con los de ella, y Althaea vio en ellos el reflejo de la devastación, de una pérdida que él no sabía cómo articular. —Nosotros... caímos, Althaea —murmuró finalmente, su voz quebrada—. Casi todos. En Sigma-9... fue una masacre. Solo... solo quedamos en pie Martín, Roric y Kora al final de la primera oleada. Kora está... lidiando con ello.
Roric está con sus hombres. Y Martín... Se interrumpió de nuevo, la mandíbula apretada, luchando contra las palabras. —Bueno. Mejor será que descanses un poco más, Althaea. Necesitas recuperar fuerzas. La evasión fue como una bofetada. Descansar. ¿Cómo podía descansar? El vacío donde debería estar la presencia tranquilizadora o exasperante de Martín era un abismo creciente en la habitación. Thorian no lo decía, pero sus ojos, su postura, su silencio gritaban la verdad ausente. Martín no estaba bien.
Martín no estaba allí. Y entonces, como una presa rompiéndose, los recuerdos la golpearon. No eran sueños confusos, sino la cruda y vívida realidad de lo que había sucedido antes de Sigma-9, la cadena de eventos que los había llevado a esa trampa. La residencia destrozada, el olor a sangre y ozono, la figura inmóvil y ensangrentada de Croko, el espacio vacío donde debería haber estado Cero... y Martín, de pie en medio del caos, con una quietud aterradora en sus ojos... <Arquitecto. Análisis. Optimización.
> La voz de Martín, pero no su voz. Fría, distante, inhumana. El mundo de la bahía médica se desvaneció, reemplazado por el eco helado de esa orden... III. La Sombra del Arquitecto El recuerdo golpeó a Althaea con la fuerza de un impacto físico, transportándola de la quietud estéril de la bahía médica al caos humeante de la Residencia 7-Alfa. El aire aún vibraba con el eco de la violencia: el olor acre a ozono quemado, el hedor metálico de la sangre (¿de quién? ¿enemigos? ¿amigos?), el polvo de yeso flotando como nieve sucia. Muebles volcados, paredes marcadas por impactos de energía, fragmentos de metal retorcido esparcidos por el suelo. En medio de la devastación, Croko yacía en un charco oscuro que se extendía lentamente. El enorme lagarto modificado respiraba de forma superficial y agónica, su costado abierto en una herida espantosa, un ojo vidrioso mirando al techo sin ver.
Y el espacio junto a él, donde momentos antes Cero había estado construyendo su extraña estructura de bloques, estaba dolorosamente vacío. Solo quedaban unos pocos bloques dispersos, mudos testigos del secuestro. Althaea, Thorian y Kora estaban allí, paralizados por un instante por el shock y la magnitud del desastre. Kora tenía la ballesta pesada lista, sus nudillos blancos, su ojo rúnico brillando con furia impotente.
Thorian murmuraba maldiciones enanas en voz baja, sus manos buscando instintivamente herramientas que no estaban allí. Althaea sentía una rabia fría y primordial creciendo en su interior, una necesidad de cazar, de desgarrar a los responsables. Pero fue Martín quien rompió la parálisis. Se había quedado quieto en el centro de la habitación, su rostro una máscara impasible mientras sus ojos recorrían la destrucción.
No había pánico en ellos, ni ira, ni siquiera el dolor que Althaea sabía que debía estar sintiendo por Cero, por Croko. Solo había... cálculo. Una quietud aterradora que helaba la sangre. Entonces, habló. Y no fue la voz de Martín, no realmente. Era su timbre, pero despojado de toda inflexión, de toda emoción. Era plano, resonante, como el sonido de una máquina calculando. —Arquitecto —dijo, y el aire pareció enfriarse varios grados—. Análisis. Optimización. Un cambio sutil recorrió su postura.
Se enderezó ligeramente, sus movimientos volviéndose económicos, precisos. Sus ojos, antes llenos de confusión o determinación humana, ahora parecían lentes enfocadas, absorbiendo datos del entorno. Se arrodilló junto a Croko, no con la preocupación de un amigo, sino con la distancia de un técnico evaluando un sistema dañado. Su mano se movió sobre la horrible herida del lagarto, no para tocarla, sino para sentir las energías residuales. —Daño tisular extensivo. Hemorragia interna severa.
Probabilidad de fallo sistémico: 87. 4%. Iniciando protocolo de estabilización de emergencia. Reasignando 12. 8 Kilo-unidades de energía bioeléctrica interna. Una luz pálida y fría emanó de la mano de Martín, muy diferente a la cálida energía curativa que Althaea le había visto usar antes. La luz se hundió en la herida de Croko. La carne desgarrada comenzó a tejerse, los vasos sanguíneos a sellarse, pero el proceso era clínico, mecánico. No había empatía en el acto, solo eficiencia.
La respiración de Croko se estabilizó, volviéndose más profunda, pero el ojo vidrioso no perdió su opacidad. El Arquitecto, a través de Martín, había salvado la vida del lagarto, pero lo había hecho como quien repara una máquina, no como quien cuida a un ser vivo. Kora retrocedió un paso instintivamente, murmurando una maldición en voz baja. Thorian observaba con una mezcla de asombro técnico y profundo horror.
Una vez estabilizado Croko, Martín/Arquitecto se levantó, sus ojos ya barriendo la habitación, procesando la escena del crimen. No buscaba huellas ni pistas obvias. Su mirada parecía atravesar las superficies, leyendo las cicatrices energéticas dejadas por el combate, analizando la dispersión de los escombros como si fueran puntos en un gráfico tridimensional. —Múltiples firmas energéticas hostiles identificadas. Tipo: Estándar del Gremio, Seguridad Interna, armamento modificado.
Dispersión de energía residual sugiere uso de tecnología de contención temporal y teletransportación de corto alcance. Signatura del objetivo (Unidad Cero) abruptamente terminada en coordenadas X, Y, Z. Ausencia de rastro energético post-teletransporte indica uso de tecnología de ocultamiento clase Gamma o superior. Se detuvo frente a una sección particular de la pared, donde un impacto había arrancado un trozo de revestimiento. Se inclinó, recogiendo algo minúsculo del suelo, algo que los demás no habían notado.
Lo sostuvo entre sus dedos. —Anomalía detectada —dijo, con el mismo tono monótono—. Fragmento de aleación no estándar. Composición: Plata lunar alquímicamente tratada, trazas de Iridio espectral. Diseño rúnico consistente con matrices de supresión psiónica de tercera generación. Origen probable: Laboratorios Tau o Sigma... pero con modificaciones no documentadas. The tale has been illicitly lifted; should you spot it on Amazon, report the violation. Levantó la vista, sus ojos fríos encontrando los de Althaea.
—Vector de escape identificado. Probabilidad de destino inicial: Sector Sigma. Necesaria acción inmediata. La frialdad de su lógica era absoluta. Había encontrado la pista, analizado la situación y determinado el curso de acción más eficiente, todo ello sin mostrar el más mínimo rastro de la angustia o la furia que deberían haber acompañado la pérdida de Cero y el ataque a su hogar. Era Martín, pero poseído por algo calculador y aterradoramente ajeno. IV.
Determinación Gélida y Contención Forzada La declaración de Martín/Arquitecto resonó en la habitación devastada con la finalidad de una sentencia.
"Necesaria acción inmediata". No había duda en su voz, ni espacio para la deliberación. El análisis estaba completo, la solución calculada. Para la entidad que ahora controlaba el cuerpo de Martín, el siguiente paso era simplemente ejecutar el plan más eficiente: la persecución inmediata. Se giró, sus movimientos fluidos y económicos, dirigiéndose directamente hacia la puerta destrozada de la residencia, sin siquiera mirar al resto del equipo. Su intención era clara: iría solo. Iría ahora. —¡Martín, espera!
—La voz de Thorian fue un áspero ladrido de alarma. Dio un paso adelante, interponiéndose torpemente en el camino del humano poseído—. ¡No puedes ir así! ¡No sabemos qué hay ahí fuera, cuántos son, qué tecnología tienen! ¡Necesitamos un plan, equipo, refuerzos! ¡Necesitamos informar a Valerius! Martín/Arquitecto se detuvo, pero no por la lógica del enano. Fue más bien como una máquina que encuentra un obstáculo inesperado en su trayectoria programada.
Se giró lentamente, sus ojos fríos evaluando a Thorian no como a un compañero, sino como a una variable ineficiente. —Análisis completo —replicó la voz plana—. La probabilidad de éxito disminuye exponencialmente con el retraso temporal. La fuerza numérica enemiga es irrelevante frente a la optimización táctica individual. La intervención de Valerius introduce variables impredecibles y objetivos potencialmente conflictivos. Ergo, la acción solitaria inmediata es la ruta óptima. La lógica era impecable, y aterradora.
Ignoraba por completo el agotamiento del equipo, la necesidad de preparación, el simple hecho de que acababan de sobrevivir a una batalla campal en su propia casa. Kora soltó una risa áspera y nerviosa. —¿Optimización táctica individual? ¿Piensas ir tú solo a enfrentarte a un escuadrón de Seguridad Interna armado hasta los dientes, muchacho? ¿Has perdido la cabeza por completo? Pero las palabras de Kora rebotaron en la impasible fachada de Martín/Arquitecto.
Estaba a punto de intentar rodear a Thorian cuando Althaea se movió. Rápida como un rayo, se colocó directamente frente a Martín, bloqueando su camino con su propio cuerpo. Su postura era defensiva, sus ojos ámbar fijos en los ojos calculadores de Martín, una mezcla de desesperación, desafío y una profunda preocupación. —No —dijo ella, su voz baja pero vibrante de intensidad—. No irás solo, Martín. No así. Martín/Arquitecto inclinó la cabeza, procesando la nueva obstrucción.
—La entidad Althaea presenta un obstáculo físico. Análisis de ruta alternativa... —¡No soy un obstáculo, maldita sea! —gritó Althaea, la frustración rompiendo su control—. ¡Soy tu compañera! ¡Tu amiga! ¡Y no voy a dejar que vayas a que te maten por una fría ecuación! ¡Cero nos necesita, sí, pero nos necesita juntos! ¡Nos necesita cuerdos! Sus palabras, cargadas de emoción cruda, parecieron causar una mínima fluctuación en la fría compostura de Martín/Arquitecto. Una microexpresión, ¿irritación? ¿confusión?
, cruzó su rostro antes de desaparecer. —La eficiencia no requiere consenso emocional —replicó la voz plana—. La supervivencia del objetivo Cero es prioritaria. La cohesión del equipo es un factor secundario. Althaea sintió una punzada de desesperación. La lógica del Arquitecto era un muro impenetrable. Las palabras no servían. ¿Cómo llegar a Martín, al verdadero Martín, enterrado bajo esa capa de hielo calculador? Miró sus ojos vacíos, buscando una chispa, una conexión, algo a lo que aferrarse.
Recordó la noche anterior, la vulnerabilidad, el miedo... y recordó a Cero. El niño silencioso, asustado, aferrado a Martín como a una única tabla de salvación. Recordó el regalo. La piedra. Cerró los ojos por un instante, concentrándose, buscando en su propia mente la imagen, la sensación. No sabía si funcionaría, si Martín podría siquiera percibirlo a través del control del Arquitecto, pero tenía que intentarlo.
Proyectó la imagen mental con toda la fuerza de su desesperación: la pequeña piedra gris y lisa descansando en la palma de la mano de Cero, ofrecida con una confianza infantil y silenciosa. La imagen del niño mirando a Martín, no como una variable, sino como un ancla. <Él confía en ti, Martín. No en la máquina. En ti. > El pensamiento fue un susurro desesperado en la conexión que compartían. El efecto fue inesperado. Martín/Arquitecto se quedó completamente inmóvil.
Sus ojos calculadores perdieron el foco por un instante. Una expresión de profundo conflicto cruzó su rostro, una guerra silenciosa librándose detrás de la máscara. Y entonces, ocurrió. Una única lágrima rodó por su mejilla, dejando un surco en el polvo y la suciedad de la batalla. La voz que salió de él ya no era la del Arquitecto. Era la de Martín, rota, ahogada por la culpa y el dolor. —Lo dejé solo... —susurró, el cuerpo entero temblando—. Le dije... le dije que lo protegería... y lo dejé solo... Lo rompí...
y ahora... Es todo culpa mía... Si no hubiera ido a esa maldita evaluación... si me hubiera negado... Se derrumbó. No físicamente, pero sí emocionalmente. La fachada del Arquitecto se hizo añicos, revelando al hombre debajo, abrumado por el peso de su fracaso percibido. Se llevó las manos a la cara, sollozando abiertamente, el sonido desgarrador en el silencio roto de la habitación. Althaea, Thorian y Kora se quedaron helados por un momento, presenciando el crudo dolor de su líder.
Luego, casi al unísono, pero sin decir palabra, se acercaron. Althaea puso una mano firme en su espalda temblorosa. Thorian colocó una mano firme en su hombro. Kora, torpemente, le dio una palmada brusca pero extrañamente reconfortante en el brazo. No había palabras que pudieran arreglarlo, solo la presencia silenciosa de su equipo, anclándolo a la realidad, compartiendo el peso. Después de lo que pareció una eternidad, los sollozos de Martín amainaron, reemplazados por una respiración profunda y temblorosa.
Levantó la cabeza, sus ojos rojos e hinchados, pero con una chispa de su determinación habitual regresando, aunque teñida de una profunda tristeza. —Tienen razón —dijo, su voz aún quebrada—. No puedo... no podemos hacerlo solos. Necesitamos... necesitamos contactar a Valerius. Ahora. V. La Llamada y la Espera La decisión flotó en el aire cargado de la residencia, pesada y definitiva. Contactar a Valerius. Involucrar al Gremio.
Era admitir que estaban superados, que la lógica fría del Arquitecto y la fuerza bruta individual no bastaban contra un enemigo organizado que operaba desde las sombras de la propia institución que se suponía debía protegerlos. Era un trago amargo, especialmente para Martín, cuya desconfianza hacia Valerius era profunda, pero ahora era la única opción viable.
Thorian asintió con gravedad, sacando un comunicador de emergencia de uno de los compartimentos de su cinturón, un dispositivo robusto y claramente de manufactura enana. —Bien. Usaré el canal seguro encriptado. Directo a la oficina de Valerius. Esperemos que el viejo zorro esté dispuesto a escuchar y no solo a calcular sus pérdidas. Mientras Thorian manipulaba los controles del comunicador, buscando la frecuencia correcta y activando los protocolos de encriptación, Althaea se acercó a Martín.
Su expresión era una mezcla de alivio por haberlo "recuperado" del control del Arquitecto y una profunda preocupación por su estado frágil. —Hiciste lo correcto, Martín —dijo en voz baja, su tono firme pero suave—. Juntos. Así es como lo encontraremos. Martín asintió, todavía temblando ligeramente, pasándose una mano por la cara para secar los últimos rastros de lágrimas. La culpa seguía allí, palpable, pero ahora estaba mezclada con una determinación renovada, más humana, más desesperada.
Miró a Kora, quien seguía apoyada contra la pared, observando la escena con una intensidad inusual, su habitual fachada de cinismo momentáneamente olvidada. —Listo —anunció Thorian—. Transmitiendo en canal prioritario Alfa-Negro. Que los Ancestros nos ayuden. Activó el comunicador. Un leve zumbido llenó el aire por un instante, seguido de estática y luego un tono de conexión establecido. —Aquí Thorian Ironfist, Equipo C-734, solicitando comunicación urgente con Lord Valerius Veridian.
Código de Emergencia: Ceniza-Omega-Siete. Repito, Ceniza-Omega-Siete. Hubo un silencio tenso, solo roto por la respiración agitada de Croko desde el rincón donde yacía estabilizado. Esperaron, cada segundo estirándose como una eternidad. ¿Respondería? ¿Estaría Valerius siquiera al tanto de lo ocurrido, o era él parte del complot? Finalmente, una voz resonó desde el comunicador. No era la de Valerius, sino la de Kaelen, su asistente, fría y eficiente como siempre, aunque quizás con un matiz de urgencia inusual.
«Aquí Kaelen. Código Ceniza-Omega-Siete recibido y autenticado. Lord Valerius está... informado de una situación generalizada. Reporten estado y ubicación. » Thorian resumió la situación de forma concisa y directa: —Residencia 7-Alfa comprometida. Ataque de fuerzas hostiles identificadas como Seguridad Interna del Gremio. Activo Cero extraído por los hostiles. Equipo C-734 ha repelido el ataque inicial pero requiere asistencia y extracción. Hemos recuperado un indicio del posible destino de Cero.
Solicitamos instrucciones inmediatas. Otra pausa tensa. Podían casi imaginar las deliberaciones al otro lado, los cálculos políticos y estratégicos. «Entendido, C-734», respondió Kaelen finalmente. «Mantengan posición. Aseguren el perímetro lo mejor posible. Eviten confrontaciones adicionales. Lord Valerius está movilizando recursos. Se enviará un equipo de extracción y seguridad de Nivel Alfa a su ubicación. Tiempo estimado: variable. Mantengan el canal abierto para actualizaciones. Kaelen fuera.
» La conexión se cortó, dejando un silencio aún más pesado que antes. Tenían una respuesta, una promesa de ayuda, pero también una espera indefinida en un lugar comprometido, con un enemigo desconocido observando desde las sombras y la incertidumbre sobre el destino de Cero y el futuro de Martín carcomiéndolos. El recuerdo se detuvo ahí, suspendido en esa tensa espera, en la antesala de la misión que los había llevado a la trampa de Sigma-9 y, finalmente, a esta fría bahía médica.
Althaea sintió un escalofrío recorrer su espalda, la memoria vívida dejando un sabor amargo en su boca. Ahora entendía el peso en los ojos de Thorian. Entendía la ausencia. La espera había terminado, la misión se había ejecutado, y el precio... el precio había sido Martín. VI. El Peso de la Ausencia La claridad del recuerdo se desvaneció, dejando a Althaea de vuelta en la fría realidad de la bahía médica.
El pitido del monitor parecía ahora un metrónomo marcando un tiempo vacío, un compás sin la presencia de Martín. La imagen final del flashback –el equipo unido en la devastación, esperando órdenes, con Martín visiblemente afectado pero presente– contrastaba brutalmente con la situación actual. El aire olía a pérdida. Volvió su mirada hacia Thorian, buscando algo en sus ojos, una negación, una esperanza, pero solo encontró el reflejo de su propia angustia.
La evasión del enano ya no era necesaria; la historia no contada colgaba entre ellos, pesada como una sentencia. —Fuimos —confirmó Thorian finalmente, su voz recuperando algo de su aspereza habitual, pero teñida de una profunda resignación—. La orden llegó. Rápida. Demasiado rápida, quizás. Nos enviaron a una instalación en el sector Sigma, cerca de los límites del antiguo bosque. Dijeron que la pista del fragmento rúnico apuntaba allí, que tenían una ubicación probable de Cero.
Hizo una pausa, sus manos apretándose involuntariamente. —Era una mentira bien elaborada, Althaea. Una trampa. Nos esperaban en Sigma-9. Seguridad Interna, equipados para matar, no para capturar. Sabían que íbamos. Los detalles de la batalla volvieron a la mente de Althaea en flashes inconexos: la emboscada inmediata, el caos, el sonido ensordecedor de las explosiones de Kora, el escudo de energía chispeante de su propia arma cambiaformas recién forjada, el grito gutural de un enano cayendo...
—Luchamos —continuó Thorian, como si leyera sus pensamientos fragmentados—. Luchamos como condenados. El equipo nuevo... nos dio una oportunidad. Kora fue... un demonio con esos guanteletes estabilizados. Tú te movías como una tormenta con esa lanza. Pero no fue suficiente. Eran demasiados, Althaea. Coordinados. Sabían cómo contrarrestarnos. Su mirada se perdió en la pared metálica, reviviendo el horror. —Empezaron a usar gas incapacitante, granadas sónicas... nos separaron.
Recuerdo haber visto a Roric cubriendo una retirada táctica, a Kora creando un muro de escombros con una explosión controlada... y luego... un impacto. Oscuridad. Desperté aquí, hace unas horas, con las noticias de Roric. El silencio se alargó, preñado de la pregunta inevitable. Althaea apenas se atrevía a respirar, el miedo atenazándole la garganta. —Martín... —susurró, la voz apenas audible—. Thorian... ¿qué pasó con Martín? Roric lo vio, ¿verdad? Él... él no cayó como nosotros.
Thorian asintió lentamente, el movimiento rígido, doloroso. Sus ojos, normalmente tan firmes y pragmáticos, se llenaron de una emoción cruda que rara vez mostraba: una mezcla de admiración reacia, profundo pesar y una furia impotente. —No. Él no cayó. Según Roric, cuando la mayoría estábamos fuera de combate, Martín... cambió. Ordenó a Kora y Roric asegurar a los caídos, a nosotros. Y él... él enfrentó al resto. Roric dijo... dijo que la armadura, la que forjamos... reaccionó. Se transformó. La energía del...
del Guardián, la desató. Luchó como una fuerza de la naturaleza, imparable, aterradora. Los hizo retroceder, creó una brecha. La respiración de Althaea se detuvo. Podía imaginarlo: Martín, superado, desesperado, recurriendo a la fuerza oscura que tanto temía, la bestia roja que había sentido bullir bajo su piel. —Y entonces —la voz de Thorian se quebró ligeramente, un sonido casi imperceptible pero devastador viniendo del enano estoico—, hizo lo único que podía hacer para sacarnos de allí.
Roric vio cómo se concentraba, cómo la energía a su alrededor se distorsionaba... esa cosa fría, el Arquitecto... Creó una especie de portal inestable, un desgarro en la realidad. Empujó a Kora a través de él, luego a Roric, cargando a los inconscientes... a nosotros. Nos envió de vuelta. Aquí. A la seguridad relativa del Gremio. —¿Y él? —repitió Althaea, el corazón latiéndole dolorosamente contra las costillas, aunque la respuesta ya estaba grabada en el rostro del enano.
Thorian finalmente la miró directamente, y la angustia en sus ojos verdes fue un golpe físico. —Se quedó, Althaea. Cerró el portal desde el otro lado. Se aseguró de que todos estuviéramos a salvo... y se quedó atrás. Solo. Rodeado. Las últimas palabras cayeron como piedras en un pozo profundo y oscuro. Se quedó atrás. Solo. Martín. Su amigo, su líder, el hombre que llevaba un universo roto dentro de sí, el que siempre intentaba hacer lo correcto a pesar del coste. Sacrificado. Perdido.
En manos de un enemigo sin rostro, en las ruinas humeantes de una trampa mortal. Althaea cerró los ojos con fuerza, sintiendo cómo las lágrimas calientes comenzaban a quemarle los párpados, lágrimas de rabia, de impotencia, de una pérdida que se sentía como una herida abierta en su propia alma. El pitido del monitor continuaba su ritmo indiferente, un cruel recordatorio de la vida que seguía mientras la pieza central de su extraño y fracturado grupo había sido arrancada.
El frío despertar apenas había comenzado, y ya se sentía como un invierno sin fin.

Giữ khẩu khí thanh khiết — không văn tục, không phá chính trị.
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