Chương 172: Capítulo 172 - El Jardín de los Juguetes Rotos
404: Realidad no encontrada [Español] · nikcodra · 216 chương · ~40 phút đọc · Tạo 01/09/2026
I. El Umbral del Recuerdo La elección se presentó ante él, no como un cruce de caminos, sino como un abismo. A un lado, el rugido primordial del Guardián exigiendo la retirada, la promesa instintiva de autoconservación, el regreso al relativo (y ahora cuestionable) orden de su propia mente. Al otro, la pequeña luz temblorosa en el corazón de la tormenta de Cero, ese núcleo herido que parecía un niño perdido bajo una lluvia incesante. Huir. Sobrevivir. Mantener su propia y precaria integridad. O avanzar.
Sumergirse aún más en el caos ajeno, arriesgándolo todo por alcanzar algo que ni siquiera sabía si podía ser salvado. La esfera en su percepción mental, su ancla, parpadeó una última vez, su luz casi extinguida. El olor a ozono quemado era asfixiante. El impulso de romper la conexión, de seguir el grito del Guardián, fue casi irresistible. Pero entonces, pensó en Kora, marcada por un proyecto del que Cero era, quizás, la primera víctima.
Pensó en Elmsworth, consumido por una lógica retorcida que ahora veía reflejada en la matriz rota de Cero. Pensó en Valerius, en el Gremio, en el sistema que creaba estas fracturas y luego pedía a otros que las limpiaran o las ocultaran. No, decidió, una resolución fría formándose en medio del pánico. No voy a huir. No esta vez.
Ignorando el rugido desesperado del Guardián, ignorando la advertencia lógica del Arquitecto sobre la corrupción inminente, Martín reunió los últimos jirones de su voluntad y enfocó su conciencia, no hacia la salida, sino hacia esa pequeña luz temblorosa. Se lanzó hacia ella. Atravesar la última barrera defensiva del caos de Cero no fue como romper un muro, sino como caer a través de una membrana de hielo quebradizo sobre aguas oscuras y profundas.
Hubo un instante de frío absoluto, de silencio ensordecedor que ahogó la tormenta de datos y emociones. Un silencio que dolió más que cualquier grito. Y luego, aterrizó. O, más bien, se encontró de pie. El cambio fue abrupto, total. Ya no estaba en un paisaje mental abstracto de código y energía. Estaba en un lugar. Un lugar terriblemente físico, o al menos, una reconstrucción mnemónica tan vívida que sus sentidos fantasma la aceptaron como real. Un corredor largo y oscuro se extendía ante él.
Las paredes eran de un metal manchado, cubiertas de una capa de algo húmedo y pegajoso que podría haber sido moho... o algo peor. La iluminación provenía de paneles defectuosos en el techo, que parpadeaban con una luz enfermiza y amarillenta, proyectando sombras danzantes que parecían moverse por sí solas. Pero lo que lo golpeó primero, antes incluso de que sus ojos se adaptaran a la penumbra, fue el olor. Un hedor denso, pesado, casi sólido.
Una mezcla nauseabunda de sangre vieja y coagulada, de carne en descomposición, de químicos ásperos y desinfectantes baratos que no lograban ocultar la podredumbre subyacente. Era el olor de un matadero olvidado, de un laboratorio donde la ciencia había perdido cualquier atisbo de humanidad. Le revolvió el estómago, y tuvo que tragar saliva con fuerza para no vomitar allí mismo. El aire era denso, frío, casi irrespirable, cargado con el peso de un sufrimiento antiguo y persistente.
Era como entrar en una tumba que todavía recordaba los horrores que la habían llenado. Este era el lugar del que Cero había nacido. Este era el recuerdo raíz. El Proyecto Quimera. II. El Jardín Silencioso Martín avanzó por el corredor oscuro, sus pasos resonando extrañamente en el silencio opresivo. La sensación de irrealidad luchaba contra la evidencia visceral de sus sentidos fantasma. El olor era abrumador, las sombras parecían retorcerse en la periferia de su visión.
Sentía la necesidad de tocar la esfera-ancla bajo su ropa, pero sabía que aquí, en este recuerdo encapsulado, la conexión era tenue, distante. Estaba, en gran medida, solo. Siguiendo una tenue luz al final del pasillo, llegó a una puerta entreabierta. Se asomó con cautela. La sala al otro lado era grande, fría y funcional, como un área de recreo en un orfanato de pesadilla. Había colchonetas delgadas en el suelo, algunos bloques de construcción de aspecto extraño y descolorido, y poco más.
Las paredes estaban desnudas, salvo por manchas oscuras y códigos alfanuméricos pintados con plantilla a intervalos regulares. Y en un rincón, bajo la luz parpadeante de un único panel funcional, estaban los niños. Habría unos diez, quizás doce. De edades diversas, aunque ninguno parecía mayor de diez u once años.
Eran una mezcla extraña de razas, o quizás todos eran mestizos de algún tipo: un niño con leves escamas reptilianas en los antebrazos, una niña con orejas puntiagudas y ojos felinos demasiado grandes, otro con la piel de un tono grisáceo antinatural. Y entre ellos, reconoció una versión más joven, más pequeña y frágil de Cero.
Tendría unos ocho o nueve años, sus rasgos humanos aún no endurecidos por la lógica impuesta, sus ojos (ambos aparentemente normales entonces) mirando fijamente unos bloques que intentaba apilar. Todos llevaban la misma ropa basta y grisácea. Y todos tenían marcas. No eran simples cicatrices de juegos infantiles. Eran tatuajes de códigos de barras en la nuca, implantes metálicos visibles bajo la piel translúcida de las sienes, extrañas suturas rúnicas en brazos o piernas. Marcas de propiedad, de experimentación.
No tenían nombres, solo designaciones. Martín sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Eran juguetes rotos en un jardín olvidado. Intentaban jugar. Apilaban los bloques, se pasaban una pelota desgastada, trazaban dibujos en el suelo polvoriento. Pero no había risas. No había gritos de alegría. Sus movimientos eran casi mecánicos, sus interacciones silenciosas, sus ojos vacíos o llenos de una cautela que ningún niño debería conocer.
Era un juego desesperado, un pequeño gesto de vida en un lugar diseñado para extinguirla, un intento de normalidad en medio del horror implícito. Martín observaba desde las sombras de la puerta, sintiéndose un intruso, un voyeur de una tragedia congelada en el tiempo. Entonces, la puerta principal de la sala se abrió con un chirrido metálico. Entró una figura alta, vestida con una bata blanca de laboratorio manchada. Su rostro era impersonal, eficiente. No miró a los niños como individuos, sino como... especímenes.
Sus ojos recorrieron el grupo y se detuvieron en uno de los más pequeños, un niño delgado con extrañas marcas azules en la piel.
"Unidad Gamma-7-Sigma," dijo el científico, su voz resonando fríamente en la sala.
"Procedimiento de calibración requerido." El niño se quedó helado. Luego, empezó a temblar, sus ojos llenándose de un terror puro y absoluto. Intentó retroceder, esconderse detrás de Cero-niño. El científico avanzó sin prisa, su expresión inalterada. Agarró al niño del brazo con una fuerza que desmentía su aspecto académico. El niño soltó un grito agudo, desgarrador, y empezó a patalear, a llorar, a suplicar. Y los otros niños... no hicieron nada. Se quedaron inmóviles, congelados.
Algunos bajaron la cabeza, mirando fijamente al suelo. Otros simplemente observaban la escena con la misma mirada vacía de antes, como si fuera algo normal, algo esperado. Cero-niño, detrás de quien el pequeño Gamma-7-Sigma había intentado esconderse, permanecía rígido, sus manos apretadas en puños a los costados, pero sin moverse, sin decir nada. El silencio de los otros niños era casi más atroz que los gritos desesperados del que se llevaban.
Era el silencio del miedo absoluto, de la impotencia aprendida, de la esperanza aniquilada. El silencio de saber que cualquiera de ellos podía ser el siguiente. El científico arrastró al niño que lloraba fuera de la sala. La puerta se cerró con un golpe metálico final. El silencio que quedó era pesado, sofocante. Los niños restantes no se movieron durante un largo rato. Luego, lentamente, casi como autómatas, volvieron a sus juegos mecánicos, a apilar bloques, a trazar dibujos en el polvo.
Martín sintió una oleada de náusea subirle por la garganta. Tuvo que apoyarse contra el marco de la puerta, respirando con dificultad. Esto no era solo un recuerdo. Era una herida abierta en la psique de Cero. Y apenas acababa de empezar a explorarla. III. Ciclos de Horror El tiempo dentro de la matriz de Cero perdió todo significado. Martín ya no sabía si seguía en el mismo "día" del recuerdo o si había sido arrastrado a otros momentos, a otros fragmentos de memoria unidos por el denominador común del sufrimiento.
La escena del niño siendo arrastrado pareció repetirse, o quizás era una nueva instancia, con una víctima diferente, pero con la misma reacción de silencio paralizado por parte de los demás. Fue arrastrado a un bucle nauseabundo. Vio al niño Gamma-7-Sigma regresar. O quizás era otro niño con marcas similares. Lo devolvieron a la sala común y lo dejaron en una colchoneta. Ya no gritaba. Estaba cubierto de sudor frío, temblando incontrolablemente.
Nuevos implantes brillaban bajo la piel de su cuello y sienes, rodeados de carne inflamada y amoratada. No hablaba, solo emitía un gemido bajo y constante, un sonido animal de puro dolor incomprensible. Los otros niños lo observaban desde la distancia, sus rostros vacíos. Nadie se acercó. Nadie ofreció consuelo. Quizás sabían que era inútil. O quizás tenían demasiado miedo. Martín observó, impotente, cómo los gemidos se hacían más débiles, cómo la respiración se volvía irregular, hasta que finalmente cesó.
El cuerpo pequeño quedó inmóvil en la colchoneta. Más tarde, dos figuras con trajes de contención entraron y se lo llevaron sin decir palabra. El ciclo se repitió. Otro niño. Unidad Delta-4-Rho. Se lo llevaron. Volvió con runas brillantes grabadas a fuego en sus brazos. Se convulsionó durante horas antes de quedar quieto. Otro. Unidad Epsilon-9-Tau. Volvió con un ojo reemplazado por un orbe metálico que zumbaba débilmente. Se golpeaba la cabeza contra la pared hasta que lo sedaron y se lo llevaron de nuevo.
No regresó. Martín perdió la cuenta. Cada ciclo era una nueva variación del mismo horror. La eficiencia clínica de los científicos, el silencio aterrador de los niños restantes, la muerte lenta y confusa de las víctimas. En uno de esos ciclos, Cero-niño intentó intervenir. Cuando un científico agarró a una niña pequeña con ojos felinos que sollozaba silenciosamente, Cero se interpuso, extendiendo sus brazos delgados.
"¡No! ¡Déjenla!" gritó, su voz sorprendentemente fuerte para su tamaño. Unauthorized use of content: if you find this story on Amazon, report the violation. La reacción del científico fue instantánea y brutal. Martín no vio el golpe directamente, su percepción mental pareció desviarse por un instante, protegiéndolo quizás del impacto directo, o quizás era el propio recuerdo de Cero censurándose.
Pero oyó el sonido seco y horrible de un puño impactando contra hueso, seguido por el golpe sordo de un cuerpo pequeño colapsando en el suelo de metal. Oyó las botas del científico alejándose, arrastrando a la niña que lloraba. Cuando la percepción de Martín volvió a enfocarse, vio a Cero-niño acurrucado en el suelo, inmóvil, un hilo de sangre oscura manando de su labio partido. Los otros niños no se movieron para ayudarlo. Martín sintió de nuevo la hemorragia nasal fantasma, más intensa esta vez.
El sabor metálico llenó su boca. Se tambaleó en el pasillo mental, apoyándose en la pared fría. Las náuseas eran constantes ahora, un ácido quemándole la garganta. Vomitó, un espasmo violento y vacío en ese espacio sin cuerpo real. Pero la visión no se detuvo. El ciclo continuó. Más niños llevados, más niños devueltos rotos, más muertes silenciosas. El horror no residía solo en la crueldad explícita, sino en la monotonía aplastante de la misma.
Se repetía una y otra vez, día tras día, semana tras semana – o quizás eran solo horas en la percepción distorsionada de Martín, no lo sabía. La esperanza era sistemáticamente erradicada. Cualquier chispa de desafío, como la de Cero, era aplastada con violencia indiferente. Cualquier atisbo de vida era sofocado lentamente por el dolor y la desesperación. Martín ya no intentaba entender la lógica detrás de los experimentos. Ya no intentaba encontrar un patrón.
Solo observaba, atrapado en el bucle, sintiendo cómo una parte de él se endurecía, se adormecía, solo para poder seguir presenciando aquello sin desintegrarse por completo. El verdadero daño, se dio cuenta con una claridad helada, no era solo el dolor físico infligido a esos niños. Era la aniquilación calculada y progresiva de cualquier cosa que los hiciera humanos, o vivos. Los estaban convirtiendo en... nada. En ceros. IV. La Orden y la Sonrisa Rota El flujo de recuerdos se alteró.
El ciclo repetitivo de secuestros y muertes silenciosas se detuvo abruptamente. Martín sintió un cambio en la atmósfera mental de Cero, una nueva capa de tensión, más fría y más... intencional. Se encontró siguiendo la conciencia de Cero-niño, que ahora parecía un poco mayor, quizás de diez u once años, su rostro más delgado, sus ojos ya no infantiles sino llenos de una vieja y cansada cautela.
Dos guardias lo escoltaron fuera de la sala común, no con la brusquedad habitual, sino con una especie de eficiencia formal. Lo llevaron por corredores que Martín no había visto antes, hacia una sección diferente del complejo. Entraron en un laboratorio clínico, brillante, estéril y terriblemente silencioso. No había instrumental de tortura visible, solo consolas avanzadas, pantallas mostrando complejos diagramas neurológicos y una silla de aspecto ominoso en el centro de la sala.
Varios científicos con batas impolutas esperaban. Sus rostros eran máscaras de concentración profesional. Hicieron que Cero se sentara en la silla. Le sujetaron la cabeza con un arnés metálico y le colocaron electrodos en las sienes. Cero no luchó. No gritó. Simplemente se sentó allí, rígido, su mirada fija en un punto invisible de la pared opuesta.
"Iniciando Protocolo de Contingencia Omega-7," dijo uno de los científicos, su voz monótona, leyendo desde una pantalla.
"Sujeto Designado: Unidad 0. Objetivo: Implantación y activación de directiva de neutralización de activos redundantes en caso de brecha de seguridad externa o fallo sistémico interno." Martín sintió un escalofrío recorrer su espalda fantasma. Entendió. No iban a experimentar en él esta vez. Iban a experimentar con él. Iban a programarlo. Observó, impotente, cómo las pantallas mostraban oleadas de datos siendo transferidas, cómo la energía fluía a través de los electrodos hacia la cabeza de Cero.
Vio los músculos de la mandíbula de Cero apretarse, sus nudillos volverse blancos donde se aferraba a los brazos de la silla. No hubo gritos, pero Martín sintió una oleada de dolor mental puro emanando de él, una resistencia silenciosa siendo aplastada por la fuerza bruta tecnológica y rúnica.
"Directiva implantada," anunció otro científico después de lo que pareció una eternidad.
"Iniciando secuencia de prueba de activación subliminal." La energía cambió. Martín sintió una compulsión fría y ajena intentar arraigarse en la mente de Cero, una orden simple y terrible: Eliminar. Purgar. Neutralizar todas las unidades no esenciales. Protocolo Omega-7. Vio la lucha interna en la proyección mental de Cero. La orden chocando contra... algo. ¿Restos de empatía? ¿El instinto de proteger a los otros niños con los que compartía su infierno?
¿O simplemente un fallo en la programación, una resistencia inesperada? Cero empezó a temblar violentamente en la silla, un gemido bajo escapando de sus labios apretados.
"Anomalía detectada en la integración de la directiva," dijo el primer científico, su tono mostrando una ligera irritación, no preocupación.
"Resistencia residual del núcleo de procesamiento original. Aplicando supresión forzada." Aumentaron la intensidad de la energía. El gemido de Cero se convirtió en un grito ahogado. Martín tuvo que apartar su conciencia, incapaz de soportar la intensidad del dolor psíquico que emanaba de él. Cuando volvió a enfocar, Cero estaba quieto de nuevo, su cuerpo fláccido en la silla, sus ojos abiertos pero vacíos.
"Integración de directiva confirmada al 98. 7%," informó un técnico.
"Resistencia residual suprimida. Unidad 0 lista para reincorporación al grupo de control." Los científicos asintieron con eficiencia satisfecha. Desconectaron a Cero, lo levantaron de la silla como si fuera un muñeco y lo escoltaron de vuelta a la sala común. No había odio en sus rostros, ni sadismo. Solo la fría y desapasionada eficiencia de quien calibra una herramienta. Y eso, de alguna manera, era lo más aterrador de todo. Martín siguió la conciencia de Cero de vuelta a la sala.
Los otros niños restantes, quizás cinco o seis ahora, levantaron la vista cuando él entró. Había cautela en sus miradas, pero también... alivio. Había vuelto. Y parecía... intacto. Uno de los más pequeños, una niña con delicadas alas de insecto translúcidas y rotas que apenas se movían, se acercó a Cero tímidamente. Le ofreció una sonrisa genuina, dulce, llena de una inocencia desgarradora que no debería haber existido en ese lugar. Le tomó la mano.
"Estás bien," susurró, su vocecita apenas audible.
"Volviste." Martín vio la mano de Cero temblar al contacto. Vio la lucha reflejada en sus ojos ahora vacíos. La directiva implantada – Eliminar. Purgar. Neutralizar. – luchando contra el gesto simple y confiado de la niña. Y entonces, Cero gritó. No fue un grito de dolor físico, sino un aullido silencioso que resonó en la matriz mental con la fuerza de una fractura tectónica. Un sonido de pura agonía existencial, la conciencia rota bajo el peso de una orden imposible y una inocencia que estaba a punto de destruir.
El grito silencioso alertó a los científicos. Las puertas se abrieron de golpe. Entraron guardias armados.
"¡Fallo de integración! ¡El sujeto es inestable!" gritó uno de los científicos.
"¡Preparen la poda! ¡El equipo de inspección SS está en camino! ¡No podemos dejar testigos!" El caos estalló. Pero antes de que Martín pudiera procesar la nueva oleada de horror, algo en Cero cambió. El grito cesó. Los ojos vacíos se volvieron fríos, calculadores. La directiva implantada, la programación Omega-7, tomó el control. V. Protocolo Ejecutado y Llegada Tácita El tiempo se fragmentó para Martín. Ya no era un observador pasivo; estaba atrapado en el epicentro de la pesadilla final del Proyecto Quimera.
La orden de "poda" resonó en la sala, y el pánico estalló entre los pocos niños que quedaban. Sintió, más que vio, la violencia subsiguiente. Las puertas de la sala común se sellaron. Oyó los gritos infantiles, agudos y llenos de terror, rápidamente ahogados o cortados. El sonido inconfundible de disparos de energía amortiguados, diseñados para neutralizar, para borrar.
El olor a ozono quemado se intensificó, mezclándose con el hedor metálico de la sangre fresca y el hedor acre del miedo puro hirviendo en el aire confinado. No vio los detalles de la purga de los científicos; su percepción estaba anclada a Cero. Y Cero... Cero se movía. Ya no era el niño asustado ni el joven resistente. Era una máquina. El Protocolo Omega-7, implantado y ahora activado por la crisis, había tomado el control absoluto.
Su rostro estaba congelado en un vacío absoluto, desprovisto de cualquier emoción, de cualquier conflicto. Sus movimientos eran rápidos, eficientes, letales. Martín no vio directamente los actos. La mente de Cero, en su estado roto y programado, quizás censuraba los detalles más horribles incluso para sí misma, o quizás era la propia conciencia de Martín la que se negaba a procesar la imagen completa. Pero vio las sombras moverse con una velocidad antinatural.
Vio el reflejo carmesí manchando el suelo metálico bajo los pies de Cero. Oyó el último gemido ahogado de la niña con las alas rotas, la que le había sonreído. El protocolo se ejecutó con una eficiencia fría y silenciosa. En cuestión de minutos, el único sonido en la sala era la respiración tranquila y regular de Cero, de pie en medio de una carnicería implícita. Y entonces, la puerta principal del complejo fue volada hacia adentro con una explosión controlada de energía rúnica.
Entró un equipo de asalto del Gremio, liderado por una figura imponente que Martín reconoció vagamente de otros fragmentos de memoria o quizás de los propios archivos del Gremio: un Valerius Veridian más joven, con menos líneas de preocupación en el rostro pero la misma autoridad innata, vistiendo la insignia de Rango SS. Valerius y su equipo se detuvieron en seco al contemplar la escena. La masacre era evidente, aunque los detalles fueran borrosos en la percepción de Martín.
Vieron a Cero de pie, solo, rodeado de silencio y muerte. Y Cero ya no parecía un niño. El trauma, la ejecución del protocolo, algo... lo había envejecido o transformado. Ahora tenía la apariencia física de un joven de unos veinte años, la misma que Martín conocía del presente, pero con una vacuidad en la mirada que era infinitamente más profunda.
"Por los Ancestros..." murmuró uno de los soldados de Valerius. Valerius avanzó lentamente, su expresión una mezcla de horror, determinación y... ¿alivio?
"¿Un superviviente?" dijo en voz baja, quizás más para sí mismo. Parecía genuinamente sorprendido, quizás incluso feliz, de encontrar a alguien vivo en medio de ese infierno. Pero Cero no era un superviviente en busca de rescate. Era un arma activada, su protocolo original quizás dañado pero la directiva de neutralizar cualquier amenaza potencial (y un equipo de asalto del Gremio entrando a la fuerza ciertamente lo era) seguía activa. En un parpadeo, Cero se lanzó hacia Valerius.
No hubo advertencia, solo un estallido de velocidad y furia silenciosa. Martín vio la sorpresa en el rostro de Valerius, seguida de una reacción defensiva increíblemente rápida. Detuvo el golpe de Cero con una sola mano, la energía crepitando entre ellos.
"¡Quieto!" ordenó Valerius, su voz firme.
"No soy tu enemigo. Hemos venido a detener esto." Pero Cero no escuchaba. Atacaba con una ferocidad desesperada, con la fuerza antinatural que le habían implantado, pero sin técnica, sin estrategia. Era pura furia ciega contra la figura de autoridad que representaba Valerius. Era inútil. Valerius, un Rango SS en su apogeo, paraba o desviaba cada golpe con una eficiencia casi aburrida, aunque Martín pudo ver la creciente tensión en su rostro, la lucha por contener sin destruir.
El punto de inflexión llegó cuando Cero, en su ataque frenético, se desvió e intentó golpear a uno de los soldados del equipo de Valerius que intentaba flanquearlo. En ese instante, la expresión de Valerius cambió. La paciencia desapareció, reemplazada por una resolución fría y necesaria. Esquivó el golpe de Cero dirigido a su hombre y, con un movimiento preciso y devastador, golpeó a Cero en un punto de presión en el cuello. Cero se derrumbó, inconsciente, como una marioneta a la que le cortan los hilos.
Valerius se quedó mirando el cuerpo inerte en el suelo. Respiró hondo, una exhalación larga y pesada. Se pasó una mano por la cara, y por un momento, Martín vio no al Alto Maestro calculador, sino a un hombre enfrentado a las terribles consecuencias de algo que había permitido que sucediera bajo su vigilancia, aunque fuera indirectamente. Se agachó junto a Cero.
Y Martín, desde su perspectiva mental, oyó las palabras, dichas en voz tan baja que apenas eran un susurro, cargadas de una tristeza y una resignación infinitas:"Lo siento, pequeño." Valerius se levantó. Miró a su equipo.
"Hay que contenerlo," dijo, su voz recuperando la autoridad, pero sin poder ocultar del todo la sombra en sus ojos.
"Es... inestable. Peligroso." Se giró y salió de la sala, dejando a sus hombres la tarea de asegurar al prisionero y procesar la escena del crimen. La visión se disolvió. El horror, la tristeza, la furia... todo se retiró abruptamente. Martín sintió como si lo arrancaran de la matriz de Cero, como si cayera hacia atrás en una oscuridad vacía. Fue expulsado. Pero no volvió ileso. La experiencia, el horror presenciado, la tragedia de Cero... se habían grabado en él.
Sentía una herida profunda en su propia alma, una grieta que sospechaba que jamás podría repararse del todo. El conocimiento era una carga terrible. Y ahora comprendía, de una manera visceral y devastadora, la verdadera naturaleza del sistema contra el que luchaba, y la tragedia silenciosa del ser al que ahora tenía que intentar... salvar. O al menos, entender.

Giữ khẩu khí thanh khiết — không văn tục, không phá chính trị.
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