Chương 193: Capítulo 193 - El Muro y la Silla Rota
404: Realidad no encontrada [Español] · nikcodra · 216 chương · ~44 phút đọc · Tạo 01/09/2026
I. Campo Delta - La Bienvenida de Roric El Campo de Entrenamiento Táctico Delta olía a metal recalentado, sudor rancio y la débil pero persistente peste a ozono de las descargas energéticas mal contenidas. Era un vasto espacio cavernoso en uno de los niveles inferiores de la infraestructura del Gremio, muy lejos de las elegantes salas de reuniones o los laboratorios pulcros.
Las paredes de ferrocreto estaban marcadas por innumerables impactos de proyectiles, quemaduras de energía y lo que parecían ser las huellas de garras enormes. Obstáculos de entrenamiento –muros bajos, estructuras derrumbadas simuladas, postes metálicos– salpicaban el suelo de rejilla desgastada. Era un lugar construido para el abuso, para romper reclutas y forjar soldados. Kora llegó exactamente a las 0600 horas. Ni un segundo antes, ni un segundo después.
Era su pequeño acto de rebelión silenciosa: cumpliría la orden horaria al pie de la letra, pero nada más. Su actitud, sin embargo, era cualquier cosa menos silenciosa. Entró en el campo con la cabeza alta, una mueca desafiante en los labios y su ballesta pesada colgada a la espalda como una extensión de su propia columna vertebral.
Había elegido deliberadamente su atuendo menos reglamentario: pantalones de cuero remendados, botas gastadas y una camiseta sin mangas que dejaba al descubierto sus brazos musculosos y llenos de cicatrices, incluyendo los guanteletes arcanizados que brillaban débilmente con energía inestable. El Sargento Roric 'El Muro' ya estaba allí, esperando en el centro exacto del campo de entrenamiento. Parecía una estatua tallada en granito y mala leche.
Su imponente figura, enfundada en una armadura pesada y funcional de color gris plomo, estaba perfectamente inmóvil, los brazos cruzados sobre el pecho, su rostro lleno de cicatrices endurecido en una expresión de impaciencia contenida. Sus ojos, pequeños y duros como esquirlas de acero, se clavaron en Kora en cuanto ella puso un pie en la rejilla metálica. Kora se detuvo a unos diez metros de él, adoptando una postura deliberadamente relajada, casi insolente.
"¿Y bien, grandullón?" dijo, su voz resonando con un eco metálico en el vasto espacio.
"¿Listo para la primera lección sobre cómo no ser un imbécil autoritario? Porque puedo dar clases magistrales." Roric no reaccionó a la provocación verbal. Su mirada recorrió a Kora de arriba abajo, deteniéndose en su ropa, en su postura, en la sonrisa burlona. Luego, su voz retumbó en el silencio, no un grito furioso, sino un rugido controlado, el de una avalancha a punto de desatarse.
"¡ESPECIALISTA!" El volumen hizo que Kora diera un respingo involuntario.
"¡¿CREE QUE ESTO ES UN DESFILE DE MODA DE LOS BAJOS FONDOS O UN CAMPO DE ENTRENAMIENTO DE ÉLITE DEL ALTO GREMIO?! ¡ESA… INDUMENTARIA ES INAPROPIADA! ¡ESA ACTITUD ES INSUBORDINADA! ¡Y SU MERA PRESENCIA AQUÍ ES UNA OFENSA A LA DISCIPLINA!" Dio un paso adelante, su presencia física abrumadora.
"¡DIEZ VUELTAS AL PERÍMETRO COMPLETO! ¡AHORA! ¡Y QUIERO VER SUDOR, NO SU MALDITA AUTOSUFIENCIA!" Kora apretó los dientes, la furia brillando en su ojo natural. Abrió la boca para replicar, para mandarlo al infierno, pero la mirada implacable de Roric la detuvo. Sabía, por instinto de supervivencia, que discutir solo empeoraría las cosas. Mucho peor.
"¡Como ordene... Sargento!" escupió la palabra, giró sobre sus talones y empezó a correr por el perímetro del enorme campo, sus botas golpeando la rejilla metálica con rabia contenida. Roric la observó correr, su expresión impasible. Cuando Kora pasó por delante de él en la primera vuelta, jadeando ligeramente por el esfuerzo inesperado, él simplemente gritó: "¡MÁS RÁPIDO, CHATARRA! ¡NI MI ABUELA SE ARRASTRA TANTO!"
Kora soltó una maldición ahogada pero aceleró el paso, el sudor empezando a perlar su frente bajo el cabello teñido. Esto iba a ser un día muy, muy largo. Y doloroso. La bienvenida de Roric había sido exactamente como la temía: brutal, humillante y sin el más mínimo atisbo de humanidad. II. Campo Gamma - La Evaluación de Varr Mientras Kora sufría bajo el sol simulado y los gritos del Sargento Roric en el Campo Delta, Martín llegaba a su propia cita de entrenamiento en un lugar muy diferente.
El Foso 7 del Nivel Gamma no era una caverna industrial marcada por la batalla, sino un espacio más pequeño, casi íntimo, con paredes lisas de un material oscuro que parecía absorber la luz y el sonido. El suelo era de arena compactada, y en lugar de obstáculos de entrenamiento, había círculos y líneas extrañas trazadas en la arena, junto con algunos postes de madera pulida y lo que parecían ser blancos de práctica hechos de materiales orgánicos desconocidos.
El aire era fresco y olía débilmente a incienso y a tierra seca. El Maestro Silas Varr ya estaba allí, sentado en posición de loto en el centro de uno de los círculos más grandes, perfectamente inmóvil, los ojos cerrados. Su quietud contrastaba radicalmente con la energía caótica que Martín acababa de dejar atrás en la residencia. Martín se acercó en silencio, deteniéndose en el borde del círculo. Esperó. No sabía cuál era el protocolo con este instructor enigmático.
Tras un momento que pareció estirarse, Varr abrió los ojos. Eran tan grises y penetrantes como recordaba, y lo estudiaron con una intensidad tranquila que desnudaba cualquier pretensión.
"Llegas a tiempo, muchacho," dijo Varr, su voz rasposa rompiendo el silencio. No había calidez en el tono, pero tampoco la hostilidad de Roric. Era simplemente... neutral. Hizo un gesto hacia el espacio frente a él.
"Siéntate." Martín obedeció, sentándose con las piernas cruzadas sobre la arena compactada, sintiendo la mirada del maestro evaluándolo.
"El Consejero me ha informado de tu... situación," continuó Varr.
"Regeneración anómala. Múltiples firmas energéticas internas. Habilidad inusual para percibir la estructura arcana. Un expediente... interesante." Hizo una pausa.
"Pero los expedientes mienten, o como mínimo, omiten lo importante. Quiero verlo por mí mismo." Su mirada se posó en el brazo derecho de Martín.
"Empieza por ahí. La regeneración. Muéstrame." Martín dudó. No le gustaba usar esa habilidad. El coste energético era real, y la sensación de tejido recomponiéndose a la fuerza era profundamente desagradable. Pero la mirada de Varr no admitía negativas. Sacó una pequeña navaja multiusos que siempre llevaba consigo. Respiró hondo y, con un movimiento rápido y preciso, se hizo un corte superficial pero limpio en la palma de su mano izquierda. La sangre brotó al instante, roja y brillante contra su piel.
Se concentró, recurriendo a esa reserva interna, a esa energía vital que parecía alimentar la extraña biología que ahora poseía. Sintió el tirón familiar, el ligero mareo, mientras la piel comenzaba a tejerse de nuevo, los bordes de la herida uniéndose visiblemente, la sangre dejando de fluir. En pocos segundos, el corte se había cerrado por completo, dejando solo una fina línea rosada que también se desvaneció rápidamente. Levantó la mano para mostrársela a Varr. Estaba intacta.
Pero notó, con fastidio, que su respiración se había acelerado ligeramente y que sentía un pequeño pero perceptible drenaje de energía, un ligero agotamiento que no correspondía a la nimiedad de la herida. Varr asintió lentamente, sus ojos grises fijos no en la mano curada, sino en el rostro de Martín, en su respiración, en su aura energética sutil.
"Espectacular," dijo finalmente, su voz tan rasposa como antes.
"Una capacidad de recuperación casi instantánea. Impresionante." Hizo una pausa, y su siguiente palabra cayó como una piedra.
"Y energéticamente deficiente." Martín frunció el ceño.
"¿Deficiente?"
"Observa tu respiración, muchacho," instruyó Varr con calma.
"Está agitada. Siente tu núcleo energético. Está disminuido. Por un corte que apenas habría requerido una tirita." Se inclinó ligeramente hacia adelante, su mirada penetrante.
"Confías demasiado en este truco. Lo usas como una muleta, como una red de seguridad que te permite ser descuidado. Pero cada vez que lo haces, pagas un precio. Un precio en energía vital que podrías necesitar para otra cosa. Para pensar. Para luchar. Para sobrevivir." Su voz se endureció ligeramente.
"Curarse así es como intentar apagar un incendio con gasolina. Tarde o temprano, te quedarás sin combustible en el peor momento posible." La crítica fue directa, brutalmente precisa. Martín no pudo rebatirla. Sabía que Varr tenía razón. La regeneración era increíble, pero el coste era real, y nunca se había parado a pensar en su eficiencia. Varr asintió de nuevo, como si hubiera confirmado su primera hipótesis.
"Bien. Una debilidad identificada. Ahora," dijo, su mirada volviéndose aún más intensa, "muéstrame a los otros. A los inquilinos." III. Caos Controlado vs. Desperdicio Bruto Las diez vueltas iniciales, seguidas de una serie humillante de flexiones que Roric contó con precisión militar ("¡Una menos que perfecta, especialista! ¡Empiece de nuevo!"), habían dejado a Kora sudorosa, jadeante y con los músculos quemando, pero su furia ardía más caliente que el esfuerzo físico.
Cuando Roric finalmente le ordenó detenerse, se irguió, desafiante, esperando la siguiente tortura.
"Demostración de combate," ordenó Roric, su voz sin inflexiones. Se posicionó en el centro del área de entrenamiento, adoptando una postura defensiva relajada pero inamovible.
"Muéstrame lo que sabes hacer, chatarra. Despliega tu arsenal. Quiero ver tu capacidad ofensiva máxima." Hizo una pausa, una sombra de desdén en su mirada.
"No te contengas. Dudo sinceramente que puedas siquiera rasguñar mi armadura." La condescendencia fue la chispa final. La furia de Kora explotó.
"¡Oh, te rasguñaré algo más que la armadura, maldito saco de músculos!" gritó. Se lanzó al ataque con la ferocidad de una bestia acorralada. Descolgó la ballesta pesada de su espalda con una velocidad sorprendente y disparó una ráfaga de virotes. No eran los explosivos –no estaba tan loca como para usarlos en un entrenamiento supervisado (todavía)–, pero eran virotes perforantes con núcleo rúnico, diseñados para atravesar armaduras menores. Roric ni siquiera se molestó en esquivar los primeros.
Simplemente levantó un antebrazo acorazado y los virotes rebotaron con chispas inofensivas contra el metal grueso y grabado con runas defensivas. Desvió los siguientes con movimientos mínimos y eficientes de su cuerpo, su pesada armadura moviéndose con una gracia sorprendente. Frustrada, Kora soltó la ballesta (que quedó colgando de una correa) y cargó, sus guanteletes arcanizados brillando con energía crepitante.
Lanzó un derechazo brutal, apuntando al casco de Roric, poniendo toda su fuerza aumentada artificialmente en el golpe. Roric simplemente ladeó la cabeza un centímetro. El puño enguantado pasó rozando el metal con un silbido de aire desplazado. Antes de que Kora pudiera recuperar el equilibrio o lanzar otro golpe, la mano de Roric se cerró sobre su muñeca con la fuerza de una prensa hidráulica, deteniendo su avance en seco. Intentó liberarse, forcejeando con furia, pero era como intentar mover una montaña.
Roric la mantuvo allí, inmóvil, sus ojos fríos analizando su técnica, su furia, su desesperación. En el forcejeo, Kora tropezó torpemente, cayendo de rodillas. Un virote de práctica se le soltó de una de las cartucheras de su pierna y rodó por el suelo. Roric, sin apartar la mirada de ella, dio un paso lateral y lo pisó con su pesada bota, partiéndolo en dos con un crujido seco y desdeñoso. La humillación era completa.
Mientras Kora sufría su evaluación brutal, Martín enfrentaba la suya propia, aunque de naturaleza diferente. La petición de Varr lo había dejado helado.
"¿Los... inquilinos?" repitió Martín, asegurándose de haber oído bien.
"¿Cómo...?"
"Tu energía no es uniforme, muchacho," dijo Varr con calma, sin apartar sus ojos grises de él.
"Hay capas. Resonancias distintas luchando bajo la superficie. Una caliente, furiosa, territorial. Otra fría, vasta, analítica. Y una tercera... luminosa, tranquila, tratando de mantener las otras dos a raya." Su percepción era aterradoramente precisa.
"¿Me equivoco?" Did you know this text is from a different site? Read the official version to support the creator. Martín tragó saliva. Negarlo era inútil.
"No... no se equivoca."
"Bien," asintió Varr.
"Ahora, muéstrame una. La que quieras. Solo una chispa. No una posesión total, no un estallido descontrolado. Solo... canaliza una fracción de su esencia a través de tu mano. Quiero ver cómo fluye. Quiero ver tu control... o la falta de él." Añadió, notando la aprensión en el rostro de Martín: "No temas. Si se descontrola, puedo... contenerlo. Probablemente." Esa última palabra no era precisamente tranquilizadora. Martín dudó. ¿A quién elegir? El Arquitecto era frío, pero quizás más predecible.
Serena era segura, pero Varr ya había percibido su calma. Quedaba el Guardián. El más volátil, el más peligroso, pero también el que representaba la potencia bruta que Varr parecía querer evaluar. Respiró hondo y abrió el Canal hacia el núcleo rojo. <Guardián. Necesito una pequeña demostración. Solo una chispa de tu energía. Controlada. A través de mi mano derecha. ¿Puedes hacer eso sin intentar quemar el edificio? > Sintió la respuesta, un gruñido de impaciencia pero también de... ¿curiosidad?
<¿Mostrar fuerza al viejo? Bien. Pero si se pone aburrido... > <Sin peros. Controlado. > cortó Martín mentalmente. Extendió su mano derecha, la palma hacia arriba. Se concentró, tirando suavemente de la energía roja del Guardián, guiándola a través del Canal, filtrándola a través de su propia voluntad (y quizás la influencia pasiva de Serena). Una pequeña llama de energía carmesí, inestable y crepitante, apareció sobre su palma. No era una bola de fuego definida, ni un rayo concentrado. Era... caótica.
Pulsaba, se retorcía, chispas saltaban erráticamente. Era poder puro, pero sin refinar, sin dirección. Varr observó la manifestación con una intensidad que hizo que a Martín se le erizara el vello de la nuca. Sus ojos grises parecían ver más allá de la llama visible, analizando la estructura energética subyacente.
"Impresionante," admitió Varr finalmente, su voz tan rasposa como siempre.
"Potencia bruta innegable. Furia elemental casi pura." Hizo una pausa, y su mirada se volvió crítica, casi decepcionada.
"Y un completo, absoluto y trágico desperdicio." Martín lo miró, desconcertado.
"¿Desperdicio?"
"Míralo, muchacho," dijo Varr, señalando la llama inestable en su mano.
"No tiene foco. No tiene intención. Es como un río desbordado arrasando el paisaje sin rumbo. Eres un conducto roto, filtrando poder sin entenderlo ni dirigirlo." Su voz se endureció.
"Esa energía podría derribar muros, desviar ataques, imbuir acero... si supieras cómo darle forma. Pero así..." Sacudió la cabeza con un gesto de pesar.
"Quemarás tu propia casa, tu propia alma, antes de lograr chamuscar siquiera a un enemigo que sepa lo que hace. Potencial desperdiciado. El peor de los pecados para alguien con poder." Las palabras de Varr, aunque duras, resonaron con una verdad incómoda. Martín siempre había sentido que las energías internas eran fuerzas a contener, a temer, no herramientas a dominar. La crítica de Varr le mostró una perspectiva diferente, una que nunca había considerado: la posibilidad de controlar, de dar forma a ese caos.
Pero la evaluación seguía siendo demoledora. Era un conducto roto. IV. El Diagnóstico Final y la Resistencia Roric observó a Kora, que seguía arrodillada en el suelo, recuperando el aliento tras el forcejeo y la humillación del virote pisado. La furia aún ardía en sus ojos, pero estaba mezclada ahora con la frustración del fracaso evidente.
"Levántate, especialista," ordenó Roric, su tono volviendo a la frialdad militar. Kora lo hizo a regañadientes, limpiándose el polvo de los pantalones.
"Evaluación preliminar," comenzó Roric, caminando lentamente a su alrededor como un depredador estudiando a su presa.
"Eres rápida. Sorprendentemente fuerte para tu tamaño, probablemente debido a esas modificaciones inestables." Hizo un gesto hacia los guanteletes de Kora.
"Y eres impredecible, caótica." Hizo una pausa, su mirada dura clavándose en ella.
"Y eso es exactamente lo que te matará en un enfrentamiento real contra un oponente competente." Se detuvo frente a ella.
"Tu dependencia de la munición especial de esa ballesta sobredimensionada es una muleta. ¿Qué haces cuando se te acaban los virotes explosivos o los disruptores? Tu combate cuerpo a cuerpo es pura fuerza bruta y agresividad; confías en acabar la pelea con un solo golpe masivo de esos guanteletes. ¿Y si no caen de un golpe, especialista? ¿Qué haces entonces, llorar mientras te destripan? Tu defensa es inexistente. Te lanzas al ataque sin considerar la retirada o la cobertura.
Y tu gasto energético," señaló los guanteletes que aún chisporroteaban débilmente, "es un desastre. Te quedarás sin jugo en treinta segundos de combate intenso." Kora apretó los puños, sintiendo cada crítica como un golpe físico.
"¡Así es como peleo!" espetó, la voz tensa.
"¡Así es como he sobrevivido! ¡No necesito que un maldito Golem reglamentario venga a decirme cómo hacer mi trabajo! ¡Intentas cambiarme!" Roric soltó una risa corta y seca, desprovista de humor.
"No me interesa cambiar lo que eres, especialista. El Gremio tiene suficientes soldados clónicos." Su mirada se endureció.
"Me interesa que ese caos tuyo funcione. Que sea un arma letal y eficiente, no un suicidio glorificado y ruidoso." Se inclinó ligeramente hacia ella, su presencia opresiva.
"Me gustan los problemáticos," añadió, y una chispa peligrosa y casi depredadora brilló en sus ojos.
"Son los más difíciles de romper... y los más satisfactorios cuando finalmente encajan en el engranaje del campo de batalla." Dio media vuelta.
"Mañana. A la misma hora. Empezaremos con defensa básica. Posicionamiento. Bloqueos. Contraataques. Aprenderás a recibir un golpe sin desmoronarte. Y trae más munición de práctica," añadió por encima del hombro.
"Mucha más. La vas a necesitar." Y sin más, salió del campo de entrenamiento, dejando a Kora sola en medio del vasto espacio, temblando de furia, humillación y, quizás, una diminuta y aterradora semilla de intriga ante el desafío que Roric le había lanzado. Se agachó y recogió los pedazos rotos del virote que él había pisado.
Más tarde, sola en su rincón del taller improvisado en la residencia, revisaría su carcaj casi vacío de virotes de práctica, contando mentalmente los disparos fallidos, los que Roric había esquivado o bloqueado sin esfuerzo. La frustración y la punzada a su orgullo de artillera la golpearían más fuerte que cualquier grito del sargento. Martín disipó la llama roja de su mano, sintiendo el retroceso energético, el ligero mareo. La evaluación de Varr –"conducto roto", "potencial desperdiciado"– resonaba en su mente.
"Ahora, el cuerpo," dijo Varr, cambiando de tema sin transición.
"Muéstrame cómo te mueves. Un combate simulado simple. Atácame." Martín dudó. ¿Atacar a este hombre? Parecía frágil, viejo, cansado. Pero había algo en su quietud, en la profundidad de su mirada, que advertía del peligro. Aún así, era una orden. Adoptó la postura de combate improvisada que había desarrollado, una mezcla de boxeo callejero recordado a medias y movimientos defensivos aprendidos a la fuerza. Se lanzó hacia Varr, intentando usar la velocidad mejorada que a veces sentía surgir.
Lanzó un directo con la izquierda, seguido de un gancho con la derecha recién regenerada. Varr no se movió de su sitio. Esquivó el directo con un leve giro de cabeza. Bloqueó el gancho con el antebrazo, no con fuerza bruta, sino redirigiendo la energía del golpe de Martín, haciéndolo tropezar por su propio impulso. Antes de que Martín pudiera recuperar el equilibrio, la mano de Varr se movió, no rápido, pero con una precisión ineludible, y golpeó un punto de presión en su costado.
No fue un golpe fuerte, pero envió una descarga de dolor paralizante que le robó el aire y lo hizo doblarse. Mientras Martín jadeaba, intentando recuperarse, sintió el impulso casi reflejo de activar su visión de código, buscar una debilidad en la postura de Varr, una línea de fuga energética. La mano de Varr se cerró suavemente sobre su muñeca antes de que pudiera siquiera empezar a enfocar.
"No." dijo el maestro con calma, su voz rasposa pero firme. Sus ojos grises se encontraron con los de Martín.
"Aquí no hay atajos. No hay líneas de fuga en el código que puedas explotar. No hay estructuras arcanas que leer." Apretó ligeramente la muñeca.
"Solo hay huesos que se rompen si no los colocas bien. Dolor que enseña si estás dispuesto a escuchar. Y el tiempo que siempre se agota." Soltó su muñeca.
"Concéntrate en lo real, muchacho. En tu cuerpo. En tu respiración. En el suelo bajo tus pies." Martín lo miró, comprendiendo. Varr no solo quería entrenar su cuerpo; quería desconectarlo de su dependencia del código, forzarlo a encontrar fuerza y habilidad en lo fundamental.
"Velocidad sin base es solo una forma más elegante de caerse de bruces," continuó Varr, su evaluación tan directa como antes.
"Fuerza sin técnica es solo un espasmo inútil que te deja expuesto. Tu equilibrio es precario. Tu resistencia al esfuerzo sostenido, nula. Te cansas con un simple corte." Se acercó, su mirada cansada pero penetrante.
"Olvídate de tus entidades por ahora. Son muletas poderosas, sí, pero te están impidiendo aprender a caminar. Olvídate de la regeneración como primera línea de defensa. Vas a aprender a moverte. Desde los pies. Vas a aprender a respirar. Con todo el cuerpo. Vas a aprender a estar en tu propia piel, a sentirla, a controlarla, antes de intentar usarla como un maldito condensador arcano a punto de explotar." Le dio unas palmadas suaves pero firmes en el hombro sano.
"Mañana. Misma hora. Empezaremos con lo básico. Postura. Equilibrio. Respiración. Prepárate para sentirte como un idiota recién nacido." Y sin más, Varr se dio la vuelta y se alejó con sus pasos silenciosos, dejando a Martín solo en la arena silenciosa, dolorido, profundamente humillado por la facilidad con que había sido neutralizado, pero también... intrigado. Varr había visto a través de él, había identificado sus debilidades fundamentales con una precisión aterradora. Este entrenamiento iba a ser un infierno.
Pero quizás, solo quizás, era exactamente el infierno que necesitaba para dejar de ser un "conducto roto". Martín, aún recuperando el aliento, abrió un canal mínimo. <Serena... ¿oíste eso? > <Cada palabra, corazón. Es... un enfoque riguroso. Pero quizás... necesario. > <¿Arquitecto? ¿Algún análisis sobre la 'eficiencia' de ser tratado como un saco de patatas? > <Análisis en curso. Metodología del instructor Varr clasificada como 'entrenamiento de estrés somático de alto impacto'.
Probabilidad de mejora estructural del contenedor a largo plazo: 67. 3%. Probabilidad de fallo sistémico por frustración a corto plazo: 48. 9%. Recomendación: Proceder con cautela y optimizar ingesta calórica. > Martín suspiró mentalmente. Iba a necesitar mucha comida. Y mucha paciencia. V. El Observador Silencioso El regreso a la Residencia 7-Alfa esa tarde fue un asunto silencioso y dolorido.
Kora entró dando un portazo, murmurando maldiciones dirigidas a Roric, a Valerius, al Gremio en general y probablemente a la existencia misma. Se notaba una nueva rigidez en su postura, la marca de un esfuerzo físico extremo y una voluntad magullada pero no rota. Desapareció en su habitación sin decir palabra, probablemente para intentar reparar su orgullo y sus músculos con alcohol fuerte o modificaciones autodidactas.
Martín entró poco después, moviéndose con la lentitud deliberada de alguien cuyos músculos han sido recordados de su existencia de la forma más desagradable posible. El diagnóstico de Varr ("silla rota", "conducto roto", "potencial desperdiciado") resonaba en su cabeza. Se sentía física y mentalmente desmontado, como si el enigmático maestro lo hubiera desarmado pieza por pieza y le hubiera mostrado lo mal ensamblado que estaba.
La perspectiva de volver a lo básico –postura, respiración– era a la vez humillante y extrañamente... necesaria. Althaea, que había regresado antes de su propia sesión con la Maestra Vor'chek (su expresión tranquila pero con un brillo de desafío en los ojos sugería que había sido intenso pero productivo), le ofreció a Martín un ungüento calmante que olía a hierbas del bosque. Él lo aceptó con gratitud silenciosa.
Thorian estaba ya inmerso en su terminal, probablemente procesando los datos de los laboratorios Tau, aunque levantó la vista brevemente para evaluar el estado de Martín con una mirada mezcla de preocupación y curiosidad técnica. Fue entonces cuando Martín notó a Cero. El niño estaba sentado en su lugar habitual en la sala común, no con su tableta esta vez, sino con unos bloques de construcción simples que Thorian le había fabricado.
Estaba intentando construir una torre, sus pequeñas manos moviéndose con una concentración absoluta. Cuando Martín y Kora (que había reaparecido brevemente para buscar algo de comer) entraron, Cero levantó la vista. Su mirada gris pasó del rostro magullado y furioso de Kora al semblante agotado y pensativo de Martín. No hubo ninguna pregunta verbal, ninguna expresión facial obvia.
Pero sus ojos siguieron sus movimientos mientras ambos se dejaban caer en las sillas más cercanas, notando la forma en que Kora cojeaba ligeramente o la manera en que Martín protegía su costado, donde Varr lo había golpeado. Entonces, Cero hizo algo inesperado. Dejó los bloques a un lado, se levantó y caminó silenciosamente hacia la pequeña unidad de refrigeración.
Abrió la puerta, sacó una botella de agua fría –una de las que solía beber Martín– y, con esa misma concentración silenciosa, se acercó a Martín y se la ofreció. Martín lo miró, sorprendido por el gesto proactivo. Era simple, casi mecánico en su ejecución, pero era... un acto de cuidado. Una observación traducida en una acción servicial.
"Gracias, Cero," dijo Martín, tomando la botella con su mano izquierda (la derecha aún le dolía por la práctica). Cero asintió una vez, un movimiento apenas perceptible, y regresó a sus bloques, reanudando su construcción como si nada hubiera pasado. Pero el gesto permaneció. Era un cambio sutil respecto al día anterior, cuando simplemente había ofrecido un objeto encontrado.
Ahora parecía estar observando, registrando el estado del equipo, y respondiendo a una necesidad percibida de una manera extrañamente literal y directa. Martín bebió el agua fría, sintiendo cómo aliviaba su garganta seca. Observó al niño construir su torre con una precisión casi inquietante. La fachada impasible seguía allí, pero bajo ella, algo estaba cambiando. La "Fase de Observación Activa" que Valerius había descubierto en su terminal... quizás no era solo el Gremio observando a Cero.
Quizás Cero también estaba empezando a observar activamente, a procesar, a... ¿aprender a ser algo más que una unidad rota o un niño asustado? La jornada había sido brutal. Las primeras lecciones habían sido una dosis concentrada de realidad sobre sus propias debilidades.
Pero mientras observaba la extraña calma de la residencia –Thorian trabajando, Althaea meditando, Kora refunfuñando en su cuarto, Croko roncando, y Cero construyendo una torre con silenciosa concentración–, Martín sintió una pizca de algo que no era desesperación. Era el inicio de un largo y arduo camino. Los cimientos estaban siendo removidos, las partes rotas expuestas. Ahora tocaba empezar a reconstruir.

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