Chương 216: Capítulo 216 - Ecos en el Laberinto
404: Realidad no encontrada [Español] · nikcodra · 216 chương · ~42 phút đọc · Tạo 01/09/2026
I. Refuerzos y Advertencias La transición al espacio mental fue más abrupta esta vez, menos una inmersión gradual y más un tirón violento hacia la oscuridad familiar. Martín se encontró de nuevo flotando en ese vacío representacional, el laberinto de su propia mente extendiéndose a su alrededor como una arquitectura imposible de pasillos retorcidos, puertas selladas y ecos de recuerdos fragmentados. Pero esta vez, no estaba solo con la presencia expectante de Lyra.
Ocho hilos de luz flotaban ahora en la negrura: el violeta pálido de Lyra, los dos azul profundo de los Tejedores del día anterior, cinco nuevos hilos de un azul similar pero con matices ligeramente diferentes (los refuerzos), y uno distinto, un gris tormenta vibrante y cargado de una energía tensa y controlada: Faelar, el Psíquico. Era una multitud en la soledad de su cabeza. Martín proyectó su forma energética, apareciendo ante ellos no como un guía reacio, sino como el guardián hosco de un dominio invadido.
Cruzó los brazos, observando al grupo arcano. «Bienvenidos a la zona cero», pensó, su voz mental resonando con un sarcasmo que esperaba que pudieran percibir. «Espero que hayan traído sus propias linternas. Y quizás un mapa. O un terapeuta. » Sintió la intención concentrada de Lyra. «Martín Vega, la conexión es estable. Los Maestros Tejedores están listos. Faelar guiará la navegación hacia el núcleo. Tu cooperación es... apreciada, pero no estrictamente necesaria en esta fase. Simplemente... no interfieras.
» Antes de que Martín pudiera replicar, la presencia gris de Faelar se adelantó, ignorando a Martín por completo y dirigiéndose a los demás hilos de luz. «Tejedores, inicien secuencia de sondeo armónico. Lyra, mantén el ancla de estabilización. Seguiré la resonancia del daño principal hacia el epicentro. Ignoren las construcciones mentales periféricas del huésped; son irrelevantes, meros artefactos de una conciencia desordenada. » La arrogancia era palpable incluso a nivel energético.
Faelar claramente se veía a sí mismo como el cirujano experto entrando a operar en un órgano enfermo, sin ninguna consideración por la conciencia que habitaba ese órgano. Martín sintió una oleada de irritación. «Oye, 'experto'», proyectó hacia Faelar. «Esas 'construcciones periféricas irrelevantes' son lo que impidió que tu jefa se quedara atrapada aquí ayer. Y te di una advertencia en el mundo real. Te la repetiré aquí: no toques las puertas que no entiendes. Hay cosas peores que perderse en este laberinto.
» Sintió una oleada de diversión condescendiente por parte de Faelar. «Tu resistencia es anotada, mortal. Pero predecible. Una reacción defensiva estándar ante una introspección necesaria. No te preocupes, no dañaremos tus... preciados recuerdos traumáticos. Nuestro enfoque es puramente estructural.
» Y sin más, el hilo gris de Faelar comenzó a moverse, ignorando el camino que Martín había mostrado a Lyra el día anterior, intentando abrirse paso directamente a través de las barreras mentales que encontraba, como un ariete psíquico. Los otros hilos de luz azul lo siguieron, mientras el violeta de Lyra permanecía más cerca de la "entrada", manteniendo la conexión estable con el exterior. Martín observó, una sensación de fatalidad mezclada con una oscura curiosidad. Había advertido. Había sido claro.
Si Faelar quería jugar al héroe arrogante en el patio trasero de su subconsciente... bueno, que se atuviera a las consecuencias. Se retiró a un segundo plano, un observador silencioso en su propia mente invadida, esperando el inevitable choque. II. Orquesta Arcana y Arrogancia Psíquica La procesión de luces arcanas siguió al hilo gris tormenta de Faelar a través del paisaje mental de Martín.
Era como ver a un grupo de exploradores bien equipados siguiendo a un guía demasiado confiado hacia un territorio desconocido y peligroso. Faelar no sondeaba con cautela; avanzaba con una determinación férrea, usando su poder psiónico para apartar las barreras menores, las nieblas de confusión y los ecos emocionales residuales que Martín había dejado (o no había podido limpiar) en su propio laberinto.
«La estructura es caótica, como se esperaba», transmitió Faelar a los Tejedores, su tono lleno de suficiencia profesional. «Contaminación residual de múltiples fuentes energéticas. Cicatrices de trauma psíquico superpuestas. Defensas subconscientes primitivas pero... persistentes. Nada que una mente disciplinada no pueda navegar. » Martín, observando desde su posición de espectador autoimpuesto, casi se rio. ¿Primitivas? Esas defensas eran el resultado de luchar contra seres primordiales durante meses.
Eran un desastre, sí, pero un desastre funcional que lo había mantenido cuerdo (más o menos). Faelar llegó a lo que parecía ser un muro sólido de estática negra, una barrera que Martín reconocía vagamente como el límite de su amnesia autoimpuesta sobre los eventos más traumáticos de su llegada o quizás de su vida anterior. «Una construcción de bloqueo de memoria significativa», analizó Faelar. «Irrelevante para la reparación estructural del núcleo. Procederemos a rodearla.
» Intentó dirigir al grupo por un corredor lateral, uno que Martín sabía que llevaba a un bucle de confusión, un callejón sin salida emocional que él mismo evitaba. «Oye, Einstein élfico», proyectó Martín con sorna. «Ese camino es un bucle. Vas a terminar de vuelta aquí en cinco minutos, solo que más mareado. » Sintió una oleada de irritación de Faelar. «Silencio, huésped. Tu interferencia no es requerida ni deseada. Confía en la guía experta. » Y Faelar condujo a los siete Tejedores directamente al bucle.
Martín observó con una mezcla de exasperación y diversión cómo los ocho hilos de luz avanzaban, giraban, se encontraban con la misma barrera de estática negra desde otro ángulo, intentaban otra ruta, y volvían a aparecer en el punto de partida, la luz gris de Faelar vibrando ahora con clara frustración. «Imposible... », transmitió Faelar. «La geometría espacial es ilógica. No sigue los principios de la arquitectura mental estándar. » «Te lo dije», pensó Martín. «Es mi cabeza. No tiene manual de instrucciones.
Y definitivamente no sigue los estándares élficos de orden. » Faelar intentó otro camino, uno que parecía más claro, pero Martín sabía que llevaba a una zona de recuerdos dolorosos y volátiles relacionados con Oakhaven y la primera manifestación del Guardián. «Por ahí tampoco, campeón», advirtió Martín. «A menos que quieras un encuentro cercano con la culpa y la furia de un par de cientos de almas torturadas. » «¡Cállate! », espetó Faelar, su control finalmente quebrándose un poco.
«¡No necesito la guía de una anomalía rota! ¡Encontraré el núcleo! » Y con una oleada de poder psiónico, Faelar intentó forzar una apertura directamente a través de la barrera que protegía esa zona de recuerdos. Martín suspiró mentalmente. «Advertido quedas. » No intervino directamente, pero se preparó. Sabía lo que venía después. La arrogancia, como siempre, precedía a la caída. Y en su mente, las caídas podían ser muy, muy literales. III.
La Puerta Equivocada Faelar vertió su energía psiónica contra la barrera que protegía los recuerdos de Oakhaven. No era una muralla sólida, sino algo más insidioso: una niebla arremolinada de dolor, miedo y rabia residual, la cicatriz psíquica dejada por la masacre y la promesa de Martín a las almas atrapadas. Para una mente normal, incluso una élfica entrenada, acercarse a ella era repulsivo, una advertencia instintiva de no proceder.
Pero Faelar, en su arrogancia y frustración, la vio solo como un obstáculo a superar, una construcción defensiva "primitiva" que su disciplina superior podía desmantelar. El hilo de luz gris tormenta golpeó la niebla oscura. Hubo una resistencia momentánea, un chirrido discordante a nivel mental, como metal arañando cristal. Y entonces, la barrera cedió. No se rompió, sino que se abrió, como si invitara al intruso a entrar. «¡Lo ves!
», transmitió Faelar triunfalmente a los Tejedores y a Lyra (que observaba desde la distancia mental con creciente aprensión). «Simple control mental y fuerza de voluntad. Ahora, síganme. El núcleo debe estar más allá de esta... bolsa de emociones negativas. » Confiado, el hilo gris de Faelar cruzó el umbral. Martín, observando desde su posición de espectador, sintió un escalofrío a pesar de no tener cuerpo físico en ese plano. «Idiota», pensó.
Lo que Faelar encontró al otro lado no fue el núcleo, ni siquiera un recuerdo coherente. Fue la sensación pura y destilada de Oakhaven en sus peores momentos. La oscuridad absoluta de la mina profanada. El hedor a sangre vieja y desesperación. El coro silencioso de cientos de almas gritando venganza. Y en el centro de esa oscuridad, algo lo esperaba. No era el Guardián en su forma completa y furiosa; esa entidad estaba contenida, separada.
Pero su eco, la cicatriz que había dejado en la psique de Martín, la personificación de esa furia primigenia nacida de la promesa... eso sí estaba allí. Faelar se detuvo en seco, la luz gris de su presencia parpadeando violentamente. Sintió una presión aplastante, una malevolencia antigua y visceral que superaba cualquier cosa que hubiera encontrado en sus siglos de exploración psíquica controlada.
La oscuridad a su alrededor pareció cobrar vida, retorciéndose, formando formas vagamente humanoides pero con garras y fauces bestiales. Y entonces, de la oscuridad más profunda frente a él, se abrió un ojo. Un único ojo rojo sangre, lleno de un odio y un dolor tan intensos que quemaban. « ¿QUIÉN OSA PERTURBAR NUESTRO DOLOR? » La pregunta no fue hablada, sino sentida, una onda de choque psíquica que golpeó a Faelar con la fuerza de un martillo.
El psíquico élfico intentó levantar sus propias defensas mentales, escudos tejidos con lógica y disciplina, pero se resquebrajaron casi al instante bajo la pura intensidad de la emoción bruta. Trató de retroceder, de huir, pero la oscuridad lo envolvía. Brazos sombríos, hechos de miedo y rabia solidificados, surgieron de las paredes de la memoria, aferrándolo, inmovilizándolo. « INTRUSO. PROFANADOR. » El ojo rojo se acercó, llenando su visión mental. « SENTIRÁS NUESTRA AGONÍA. COMPARTIRÁS NUESTRO ODIO.
» Una figura sombría, apenas definida pero inconfundiblemente amenazante, se materializó frente a él. Garras hechas de oscuridad pura se extendieron hacia su rostro energético. Faelar sintió un pánico absoluto, un terror primordial que amenazaba con destrozar su propia conciencia. Gritó, un grito silencioso en el plano mental, pidiendo ayuda, su arrogancia hecha añicos.
Justo cuando las garras sombrías estaban a punto de tocarlo, justo cuando sentía que su mente iba a fracturarse bajo la presión insoportable, la presencia de Martín intervino. «¡BASTA! » La orden resonó con una autoridad inesperada, no la furia del Guardián, ni la frialdad del Arquitecto, sino la voluntad pura del huésped reclamando su dominio. La figura sombría vaciló. El ojo rojo parpadeó, enfocándose en la forma energética de Martín.
Hubo un gruñido silencioso, una protesta, pero la conexión, la antigua promesa, aún tenía peso. La oscuridad retrocedió lentamente, las garras disolviéndose, los brazos sombríos soltando a Faelar. El ojo rojo se cerró, y la sensación opresiva disminuyó, aunque no desapareció por completo. Support creative writers by reading their stories on Royal Road, not stolen versions. El hilo gris de Faelar quedó flotando, temblando violentamente, su luz parpadeando como una vela en una tormenta.
Estaba traumatizado, en shock, pero intacto. Martín se acercó a él, su forma energética tranquila ahora, pero con una dureza en su intención. «Te lo advertí, Psíquico», pensó Martín, el mensaje resonando en la mente aturdida de Faelar. «Hay puertas que es mejor no abrir. Y ecos que es mejor no despertar. » IV. Rescate Irónico y Empanadas Mentales El hilo gris de Faelar seguía vibrando, la luz parpadeante una clara señal del terror que acababa de experimentar.
Los otros siete Tejedores y Lyra se habían detenido respetuosamente (o con miedo) en el umbral de la zona de recuerdos oscuros, sin atreverse a entrar tras presenciar el asalto psíquico y la intervención de Martín. Martín se acercó al tembloroso psíquico élfico, su forma energética ahora completamente tranquila, casi casual. «Bueno, parece que tu 'disciplina psiónica entrenada durante siglos' necesita una actualización de firmware», pensó Martín, el sarcasmo goteando en la transmisión mental.
«¿Listo para admitir que quizás no conoces este sistema tan bien como creías? ¿O prefieres intentar abrir otra puerta al azar y ver qué monstruo del armario sale esta vez? » Sintió una oleada de humillación y resentimiento por parte de Faelar, pero también un reconocimiento tácito de su error. El psíquico no respondió verbalmente, pero su luz dejó de parpadear tan violentamente, estabilizándose un poco. «Bien», continuó Martín. «Ahora, si me disculpas, tenemos un trabajo que hacer.
Y tú, claramente, no estás en condiciones de guiar a nadie. » Se dirigió a los otros hilos de luz. «Tejedores, Lyra. Síganme. Conozco el camino al...
'epicentro'. Y por favor, mantengan sus... apéndices energéticos dentro del vehículo en todo momento. No me hago responsable de las partes del alma perdidas. » Sin esperar respuesta, Martín comenzó a moverse a través del laberinto mental, esta vez no como un observador, sino como el dueño del lugar (por muy caótico que fuera). Evitó las zonas de trauma más denso, sorteó los bucles de confusión y navegó por los corredores de recuerdos fragmentados con una seguridad que sorprendió a los elfos que lo seguían.
Faelar, aún temblando ligeramente, se unió a la procesión en silencio, su arrogancia reemplazada por una cautela hosca. Finalmente, llegaron de nuevo al nexo central, el espacio donde los ecos de las tres entidades eran más fuertes, donde las hebras de la matriz energética de Martín estaban más visiblemente dañadas, quemadas y rotas. «Aquí es», anunció Martín. «El corazón de la tormenta. Donde todo se junta y todo se rompe. Tienen... » –consultó un reloj mental inexistente– «...
aproximadamente una hora y cuarenta minutos restantes de su sesión de dos horas. Intenten no empeorar las cosas, ¿quieren? » Se retiró de nuevo a un segundo plano, dejando espacio para que los Tejedores y Lyra comenzaran su trabajo. Observó cómo los ocho hilos de luz azul y violeta se posicionaban alrededor del núcleo dañado, comenzando a canalizar la energía estabilizadora del lago, tejiendo cuidadosamente las hebras rotas.
El proceso era visiblemente más rápido y eficiente ahora que estaban en el lugar correcto y con el equipo completo. Mientras los Tejedores trabajaban con intensa concentración, Martín notó que Faelar se mantenía apartado, su luz gris todavía vibrando con el shock residual. Parecía perdido, desconectado. Martín suspiró mentalmente. A pesar de la arrogancia del elfo, no le deseaba ese tipo de terror psíquico a nadie.
Con un pensamiento, rebuscó en sus propios recuerdos, no los traumáticos, sino los simples, los reconfortantes. Encontró uno: el sabor y el olor de las empanadas que su madre solía hacer, recién salidas del horno, calientes, saladas, familiares. Una pequeña isla de normalidad en su mente fracturada. Proyectó una imagen sensorial de la empanada hacia Faelar, no como un ataque, sino como una oferta silenciosa. «¿Quieres una? », pensó, la intención simple, casi una broma para romper la tensión. «Recién hechas.
Especialidad de la casa Vega. Garantizadas para calmar los nervios post-ataque de Vacío existencial. » Sintió la sorpresa de Faelar, seguida de una profunda desconfianza. «¿Qué... qué es esto? », transmitió el psíquico. «Comida», respondió Martín mentalmente. «Un recuerdo. Pruébalo. No muerde. Bueno, no este recuerdo, al menos. » Tras un momento de vacilación, sintió cómo Faelar interactuaba tentativamente con la construcción sensorial. Hubo una pausa. «Es... extraño», transmitió Faelar.
«Una combinación de texturas y sabores... cálido... salado... graso... nunca había experimentado algo así. ¿Qué es esta...
'empanada'? » «Comida casera», pensó Martín, sonriendo mentalmente. «De otro universo. Disfruta. Te vendrá bien algo de sustancia después del susto. » Dejó a Faelar interactuando con el recuerdo de la empanada mientras los Tejedores continuaban su arduo trabajo en el núcleo. El tiempo pasó, marcado solo por el progreso lento pero constante de la reparación.
Martín observó, aprendiendo más sobre su propia estructura interna al ver cómo la reparaban, notando las zonas donde el daño era más profundo, donde la influencia del Guardián o el Arquitecto había dejado cicatrices permanentes. Era una introspección extraña, dolorosa, pero necesaria. V. Empanadas Mentales y Salida Agotadora La hora y cuarenta minutos restantes transcurrieron en una atmósfera de intensa concentración arcana.
Los ocho Tejedores (incluyendo a Lyra) trabajaban en perfecta sincronía, sus hilos de luz moviéndose como los dedos de un cirujano experto, limpiando la "carbonilla" energética, reforzando las hebras debilitadas e infundiendo la energía estabilizadora del lago en el núcleo dañado de Martín. El progreso era notablemente más rápido que el día anterior, pero la magnitud del daño seguía siendo desalentadora. Era como intentar reparar una red eléctrica devastada por un rayo usando pinzas de precisión.
Martín observaba, flotando en la periferia de su propia mente. El ofrecimiento de la "empanada mental" a Faelar pareció tener un efecto inesperado. El psíquico, aunque todavía visiblemente afectado por su encuentro con el eco del Guardián, dejó de vibrar con pánico y se quedó interactuando con el recuerdo sensorial, su luz gris adquiriendo un matiz de... ¿curiosidad analítica? Era bizarro, pero al menos lo mantenía ocupado y fuera del camino de los Tejedores.
Finalmente, sintió la intención de Lyra indicando el fin de la sesión programada. Los hilos de luz azul y violeta comenzaron a retirarse lentamente del núcleo, dejando tras de sí un área que, aunque lejos de estar reparada, brillaba con una luz más limpia y estable que antes. Habían logrado un avance significativo, pero el coste era evidente. Las ocho presencias élficas flotaban ahora en el espacio mental, sus luces visiblemente atenuadas, pulsando con un agotamiento extremo.
Canalizar tanta energía curativa y estabilizadora durante tanto tiempo, especialmente en una matriz tan dañada y caótica como la de Martín, les había pasado una factura enorme. «Desconexión... iniciando... », transmitió Lyra, su intención débil pero controlada. Martín observó cómo intentaban retirarse del laberinto mental. Pero de nuevo, pareció haber un problema. No estaban atrapados como Lyra el día anterior, pero el camino de salida parecía... confuso.
La estructura mental de Martín, aunque no hostil activamente, no era fácil de navegar para mentes externas, especialmente cuando estaban agotadas. Vio cómo Faelar intentaba tomar la delantera de nuevo, solo para dudar y detenerse, claramente reacio a cometer otro error. Martín suspiró mentalmente. «Por el amor de... ¿Siempre tengo que hacer de guía turístico en mi propia cabeza? » Proyectó su forma energética de nuevo. «De acuerdo, orquesta arcana, síganme.
Intenten no tropezar con los traumas en el camino de salida. » Con una facilidad que contrastaba agudamente con el agotamiento de los elfos, Martín los guio de vuelta a través de los corredores retorcidos de su mente hacia el punto de "entrada", el lugar donde la conexión con el mundo físico era más fuerte. «Listo», pensó Martín hacia Lyra. «Puedes cortar la conexión desde tu lado ahora. Debería ser... estable. » Sintió la oleada final de energía mientras los ocho elfos se desconectaban simultáneamente.
La presión en su mente desapareció, dejándolo de nuevo en ese silencio vacío, pero esta vez, con la sensación residual del trabajo de reparación, un leve calor donde antes solo había daño. Abrió los ojos físicos. Estaba de vuelta en el lago luminoso. La intensidad de la luz del agua parecía haber disminuido considerablemente, como si hubieran drenado una parte significativa de su poder.
Frente a él, los ocho elfos estaban saliendo del agua con dificultad, apoyándose unos en otros, sus rostros pálidos y marcados por un cansancio profundo. Lyra tropezó ligeramente al llegar a la orilla, y Faelar, a pesar de su propio estado, la sostuvo instintivamente por un momento antes de apartarse con rigidez. Incluso los Maestros Tejedores más ancianos respiraban con dificultad. Martín, en cambio, salió del lago sintiéndose... cansado, sí. Más cansado que el día anterior.
Podía sentir el trabajo realizado en su núcleo, una especie de dolor sordo y profundo, como un músculo sobrecargado después de un entrenamiento brutal. Pero no estaba agotado. No estaba pálido. No jadeaba por aire. Se sentía... funcional. Extrañamente fresco en comparación con la orquesta arcana que apenas podía mantenerse en pie. Mientras se secaba con una toalla suave que había aparecido convenientemente en la orilla (probablemente dejada por un sirviente invisible), observó al grupo de elfos.
Lyra lo miraba fijamente, sus ojos violetas ahora una mezcla imposible de agotamiento extremo, asombro científico y un miedo casi palpable. —Tú... —logró decir Lyra, su voz ronca por la fatiga—. ¿Cómo...? Nosotros estamos... drenados. Y tú... pareces... —¿Listo para la cena? —terminó Martín por ella, con una leve sonrisa irónica—. Digamos que mi umbral de tolerancia al caos energético interno es... considerablemente alto. Meses o años ya no recuerdo, de práctica involuntaria. Lyra no respondió.
Simplemente lo miró, y en esa mirada, Martín vio la confirmación final de lo que ya sospechaba: para estos seres antiguos y poderosos, él no era solo una anomalía. Era algo más. Algo que no entendían. Y eso, quizás, era lo que más les asustaba. VI. Postre, Hermano y Cinismo La cena esa noche fue una experiencia extraña. Se sirvió de nuevo en los aposentos de Lyra, pero la atmósfera había cambiado drásticamente.
Los elfos (Lyra y Faelar, ya que los Tejedores se habían retirado a recuperarse) comían en silencio, sus movimientos lentos por el agotamiento, sus miradas volviendo una y otra vez hacia Martín con una mezcla de curiosidad y aprensión. Faelar, en particular, evitaba el contacto visual directo, su arrogancia anterior completamente reemplazada por una cautela nerviosa. Martín, por su parte, comió con buen apetito. El cansancio profundo estaba allí, un dolor sordo en su núcleo recién "tejido", pero era manejable.
La comida, de nuevo sorprendentemente sabrosa, ayudaba. Esperaba con cierta expectación el postre prometido. Cuando los platos principales fueron retirados, Lyra hizo una seña a un sirviente silencioso, quien apareció con una pequeña bandeja. Sobre ella había un pastel delicado hecho con capas de algo parecido a bizcocho de miel y crema de frutas luminosas, junto a una copa de cristal llena del hidromiel dorado que Martín había probado por la mañana.
—Tu recompensa por la cooperación durante la sesión de preguntas, Martín Vega —dijo Lyra, su voz todavía un poco fatigada, mientras el sirviente colocaba la bandeja frente a él—. Espero que sea de tu agrado. Martín sonrió genuinamente por primera vez ese día. —Se ve increíble, Lyra. Gracias. Probó un bocado del pastel. Era dulce, ligero, con sabores florales y frutales complejos. Exquisito. Tomó un sorbo del hidromiel. La combinación era perfecta.
Mientras disfrutaba del postre, notó que Lyra lo observaba, pero esta vez su expresión era diferente. Había una seriedad, una emoción contenida que no había visto antes. Faelar también parecía incómodo, removiéndose en su asiento. —Hay algo más que debo decirte, Martín Vega —dijo Lyra finalmente, rompiendo el silencio—. Concerniente a Faelar. Martín levantó la vista del pastel, curioso. —¿Sí? ¿Va a disculparse por intentar freírme el cerebro con recuerdos traumáticos?
Faelar se tensó, pero Lyra le lanzó una mirada rápida y tranquilizadora antes de continuar. —No exactamente. Aunque quizás debería. Lo que quería decir es... gracias. Por intervenir. Por... detenerlo antes de que se hiciera daño irreparable a sí mismo en tu laberinto mental. Él es... —hizo una pausa, como si la palabra le costara—... él es mi hermano. Martín casi se atraganta con el hidromiel. —¿Tu hermano? ¿El psíquico arrogante que...? Vaya. No lo habría adivinado.
—Pocos lo hacen —admitió Lyra con una leve sonrisa triste—. Compartimos madre, pero nuestros caminos y temperamentos han sido... divergentes. Él siempre ha sido impulsivo, demasiado confiado en sus habilidades psiónicas. Tu... advertencia, y la experiencia que la siguió, fueron una lección necesaria, aunque brutal. Le salvaste de algo peor que la humillación. Te estoy agradecida por ello. Martín procesó la información. El psíquico era el hermano de Lyra.
Eso explicaba la tensión entre ellos, la preocupación apenas disimulada de Lyra cuando Faelar quedó atrapado mentalmente. Y explicaba por qué Lyra estaba dispuesta a agradecerle, a pesar de todo. —Bueno —dijo Martín, encogiéndose de hombros—. No lo hice por él, lo hice porque no quería sus gritos de pánico rebotando en mi cabeza mientras ustedes intentaban arreglarla. Pero... de nada, supongo. Lyra asintió, aceptando su respuesta poco ceremoniosa. —¿No viste el parecido?
—preguntó, con un matiz de curiosidad genuina. Martín la miró a ella, luego recordó el rostro arrogante de Faelar. Ambos eran altos, esbeltos, con esa belleza élfica distante. Pero más allá de eso... —Para ser sincero, Lyra —respondió Martín con su habitual cinismo defensivo—, todos ustedes, los elfos, me parecen bastante iguales. Altos, orejas puntiagudas, actitud de saberlo todo. Sin ofender. Lyra suspiró, pero esta vez había una clara nota de diversión en el sonido.
Faelar, por otro lado, parecía profundamente ofendido por el comentario. —Supongo que la percepción de la individualidad es relativa a la especie —concedió Lyra—. Ahora, si has terminado tu... recompensa, es hora de descansar. Mañana será otro día largo. Y recuerda, Martín Vega, el plazo de tres meses sigue en pie. Cada día cuenta. Martín asintió, terminando el último bocado del delicioso pastel. Se levantó, sintiendo el peso del día, pero también una extraña sensación de logro.
Había sobrevivido a otro día completo, había negociado pequeñas victorias, había enfrentado (y salvado irónicamente) a un psíquico arrogante, y había descubierto un poco más sobre su enigmática guardiana. Mientras se dirigía a su cama, escuchó a Lyra murmurar a su hermano en Eldarin. No entendió las palabras, pero el tono era una mezcla de reprimenda y preocupación fraternal. Sonrió para sus adentros. Quizás, solo quizás, estos tres meses no serían solo un infierno de dolor y reparación. Quizás también serían...
interesantes.

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