Chương 178: Capítulo 178 - Ciclo de Furia
404: Realidad no encontrada [Español] · nikcodra · 216 chương · ~38 phút đọc · Tạo 01/09/2026
I. Danza de Acero y Rabia El aire en la Cámara Omega-7 crepitó con una tensión que precedía a la ruptura física. Cero, recién arrancado de la quietud catatónica, era una encarnación de furia pura, sus ojos ardiendo con la luz roja y fragmentada de un reactor sobrecargado. Su cuerpo, antes inerte, ahora vibraba con una energía caótica que hacía zumbir las runas de contención en las paredes. Martín se mantuvo firme, sintiendo el peso tranquilizador de los guanteletes y grebas rúnicos.
Abrió el Canal, permitiendo que un flujo controlado de la energía del Guardián – roja, hirviente, pero filtrada y domada por la obra de Thorian – inundara la armadura parcial. Las runas brillaron con una luz azul-roja estable, lista. Recordó el pacto, el control. Esto no era sobre ganar, era sobre aguantar y romper el ciclo interno de Cero.
"Al fin sales," murmuró Martín, la frase casi perdida en el zumbido energético.
"Ahora veremos quién se rompe primero." La respuesta de Cero no fue verbal. Fue un movimiento explosivo. Se lanzó desde la plataforma central, no con la precisión calculada que había mostrado en el sparring anterior, sino con la velocidad desesperada y salvaje de un animal acorralado atacando a su cazador. Sus puños, envueltos en la misma energía roja y azul crepitante que emanaba de su cuerpo, buscaron a Martín con intención letal. Martín reaccionó.
La energía filtrada del Guardián agudizó sus reflejos, aumentó su velocidad. Esquivó el primer golpe salvaje, un puñetazo que pasó rozando su cabeza con un silbido de aire desplazado. El segundo, un gancho bajo dirigido a sus piernas (donde las grebas ofrecían protección), lo bloqueó con el antebrazo enguantado. El impacto fue brutal, sintió la vibración recorrer todo su cuerpo, pero la armadura rúnica absorbió y disipó la mayor parte de la energía cinética y arcana.
"¡Lecturas de impacto altas!" La voz de Thorian sonó tensa en su oído a través del comunicador interno del equipo en la sala de observación.
"¡Pero la armadura mantiene la integridad!" Cero atacó de nuevo, una ráfaga de golpes descoordinados pero increíblemente rápidos. Era pura furia desatada, sin técnica, sin estrategia, solo la necesidad primordial de destruir la fuente de su dolor revivido. Chispas rojas y azules saltaban de sus nudillos con cada golpe fallido contra el aire o bloqueado por Martín. Y Martín danzó.
No era un luchador entrenado, pero la energía del Guardián le daba una agilidad y una fuerza que no eran suyas, mientras que el filtro de Thorian y la calma subyacente de Serena le permitían mantener la cabeza fría, analizar los patrones erráticos de Cero. Esquivaba, desviaba, usaba el impulso de Cero en su contra. Y contraatacaba. No con golpes para matar, sino con impactos de fuerza conmocionante canalizados a través de los guanteletes. Cada vez que Cero se abalanzaba, Martín encontraba una apertura y golpeaba.
Un puñetazo sordo al plexo solar virtual de Cero que lo hizo jadear. Un golpe con el canto de la mano enguantada a un costado que lo hizo tambalearse. Un impacto de energía pura, azul-roja, disparado desde la palma del guantelete que lo envió deslizándose hacia atrás sobre el suelo metálico. Cada golpe de Martín resonaba en la vasta cámara, el sonido del metal rúnico impactando contra el cuerpo de Cero era sordo, pesado. El suelo vibraba bajo sus pies.
Martín presionó la ventaja inicial, consciente de que esta fase de furia ciega era probablemente la más vulnerable de Cero. Lo acosó, lo repelió, usando la fuerza controlada para mantener a raya la tormenta descoordinada. En la sala de observación, el equipo observaba con el aliento contenido.
"Está... dominándolo," murmuró Kora, incrédula.
"El Chispitas está boxeando con un Rango S furioso."
"El filtro está funcionando," dijo Thorian, sus ojos sin apartarse de las lecturas.
"Está canalizando una cantidad significativa de energía, pero de forma estable. Y Cero... Cero está atacando sin pensar, desperdiciando energía." Althaea no dijo nada, su mirada fija en la figura de Martín, en la danza peligrosa que ejecutaba. Veía la tensión en sus hombros, el esfuerzo en cada esquiva, la concentración feroz en sus ojos. Sabía que esta ventaja inicial era precaria. La verdadera prueba aún no había comenzado. Martín sintió lo mismo. Podía repeler la furia ciega, sí.
Pero no estaba rompiendo nada en Cero, solo agotándolo físicamente (si es que eso era posible). Necesitaba ir más profundo. Necesitaba las palabras. Mientras esquivaba otro golpe salvaje, preparó la siguiente fase de su plan. La danza de acero y rabia estaba a punto de convertirse en algo mucho más cruel. II. Palabras como Látigos La danza mortal en la Cámara Omega-7 continuaba.
Martín, envuelto en el brillo azul-rojo de la armadura filtrante, se movía con una agilidad y una precisión que sorprendían incluso a sus compañeros en la sala de observación. Esquivaba los ataques furiosos y descoordinados de Cero, bloqueaba con los guanteletes rúnicos que absorbían la energía caótica, y contraatacaba con pulsos de fuerza calculados para desequilibrar, para repeler, no para destruir. Pero Martín sabía que esto era solo la superficie. Repeler la furia física no era suficiente.
Tenía que llegar a la fuente, a la herida purulenta que alimentaba esa rabia ciega. Era hora de usar las armas más crueles: las palabras, los recuerdos. Mientras desviaba un golpe que habría destrozado acero normal, Martín lanzó la primera sonda verbal, su voz resonando con una calma artificial en la cámara.
"¿Qué pasa, Cero? ¿Te frustra?" Esquivó un segundo golpe.
"¿No poder romperme tan fácilmente como a ellos?" La palabra "ellos" pareció registrarse. El siguiente ataque de Cero fue un poco más salvaje, menos preciso. Martín lo esquivó y continuó, su tono volviéndose más incisivo.
"¿O es que te gustaba más cuando eran pequeños? ¿Indefensos?" Cero lanzó un gruñido bajo, gutural, y se abalanzó. Martín lo interceptó con un escudo de energía momentáneo proyectado desde el guantelete.
"Como la niña de las alas rotas," susurró Martín, la imagen proyectándose sutilmente en la conexión mental que aún mantenía abierta con Cero.
"Tan fácil de... neutralizar, ¿verdad?"
"¡CALLATE!" El rugido de Cero fue más que sonido; fue una onda de choque de pura negación y rabia. Se lanzó de nuevo, y esta vez Martín tuvo que emplear más fuerza para bloquearlo, sintiendo el impacto vibrar a través de la armadura.
"¿Por qué callarme?" inquirió Martín, rodeándolo, obligándolo a girar, a enfrentarlo.
"¿Te duele la verdad? ¿O te duele el recuerdo?" Proyectó otra imagen: los niños silenciosos, observando morir a uno de los suyos.
"¿Disfrutabas de su miedo? ¿De su silencio? ¿Era una forma de sentirte poderoso en esa jaula?"
"¡NO! ¡NUNCA! ¡MENTIRA!" Cero golpeó el suelo con ambos puños, agrietando la superficie metálica. La energía roja a su alrededor se intensificó.
"¡Yo no... yo no quería!"
"¿No querías?" Martín ladeó la cabeza, su voz adoptando un tono de falsa comprensión.
"Ah, claro. Solo seguías órdenes. Como una buena máquina." La palabra clave.
"Obedeciste el Protocolo Omega-7 porque eso es lo que hacen las herramientas, ¿no? Obedecer."
"¡NO SOY MÁQUINA!" El grito de Cero fue agónico. Se irguió, su cuerpo temblando, la luz roja en sus ojos pulsando frenéticamente.
"¡YO... YO SENTÍA!"
"¿Sentías?" Martín presionó, implacable.
"¿Sentías pena por ellos mientras los...
'neutralizabas'? ¿O sentías alivio porque ya no tendrías que verlos sufrir? ¿O quizás," su voz bajó a un susurro venenoso, "sentías satisfacción? La satisfacción del depredador que finalmente se deshace de la competencia débil."
"¡BASTA!" Cero se cubrió los oídos virtuales, aunque el ataque era mental.
"¡No fue así! ¡Yo intenté... me resistí!"
"¿Te resististe?" Martín soltó una risa corta y amarga.
"Vi el recuerdo, Cero. Vi cómo te reprogramaban. Vi cómo volvías. Vi cómo la niña te sonreía." Su voz se endureció.
"¿Te resististe cuando ella te tomó la mano? ¿O ya estabas vacío entonces, solo la carcasa ejecutando la orden?"
"¡NO!" El grito de Cero fue un desgarro.
"¡NO! ¡NO ES VERDAD! ¡NO FUI YO! ¡ELLOS... ELLOS ME OBLIGARON!" Se golpeó la cabeza con los puños, la energía a su alrededor fluctuando salvajemente.
"¡QUERÍA SALVARLOS! ¡PERO NO PUDE! ¡ME ROMPIERON! ¡BASTA! ¡¡BASTA!!" Martín observó la crisis. La furia ciega inicial se había transformado en una tormenta de negación, culpa y angustia. Había golpeado el núcleo del trauma. Las palabras habían funcionado como látigos, desgarrando la fachada del vacío y exponiendo la herida sangrante debajo. Pero la reacción no era una catarsis liberadora. Era una implosión de desesperación.
Y Martín sabía, con una certeza helada, que un animal herido y desesperado era infinitamente más peligroso. La verdadera pelea estaba a punto de comenzar. III. El Foco en la Tormenta La negación desesperada de Cero reverberó en la cámara, no solo como sonido, sino como una oleada palpable de angustia psíquica. Se quedó allí, en el centro de la plataforma, temblando, golpeándose la cabeza, atrapado en la repetición mental del horror que Martín le había obligado a confrontar.
Por un momento, pareció completamente perdido, consumido por su propio infierno revivido. Martín observó, tenso, la armadura zumbando suavemente a su alrededor, la energía del Guardián contenida pero lista. ¿Era este el punto de quiebre? ¿La catarsis? ¿O solo el preludio de algo peor? La respuesta llegó de forma inesperada. Lentamente, Cero dejó de golpearse. Bajó las manos. Su temblor no cesó, pero cambió, volviéndose menos errático, más... controlado.
Levantó la cabeza, y la luz roja en sus ojos, aunque todavía intensa y fragmentada, adquirió un nuevo brillo. Ya no era solo furia ciega o desesperación. Era algo más frío, más afilado. Era enfoque. La tormenta emocional seguía rugiendo dentro de él, Martín podía sentirlo, pero Cero (o lo que fuera que estuviera al mando ahora) parecía haber encontrado una forma de canalizarla. No la había superado, la estaba usando.
"Tú..." La voz de Cero era diferente ahora. Ronca, sí, pero no por el grito. Tenía una cualidad rasposa, mecánica, pero cargada con una emoción helada.
"¿Tú... me hiciste recordar." No era una pregunta, era una acusación. The narrative has been taken without authorization; if you see it on Amazon, report the incident. Se enderezó lentamente, sus movimientos perdiendo la torpeza salvaje de antes y adquiriendo una precisión letal. La energía caótica que crepitaba a su alrededor comenzó a condensarse, a adherirse a sus extremidades como un guantelete invisible de poder inestable.
"Mostraste... los archivos corruptos," continuó, su mirada fija en Martín con una intensidad que le heló la sangre.
"Intentaste... sobreescribir mi sistema con... dolor." Martín dio un paso atrás instintivamente. Algo había cambiado fundamentalmente. El ataque verbal había roto la catatonia, sí, pero no había producido la liberación que esperaba. Había despertado algo más, algo que combinaba el trauma original con la eficiencia programada.
"El dolor es un dato ineficiente," dijo Cero, inclinando la cabeza como el Cero analítico, pero con esa luz roja ardiendo en sus ojos.
"Pero... útil. Cataliza. Enfoca. La paradoja..." Una sonrisa torcida, llena de dolor y rabia, apareció en sus labios.
"... se resuelve eliminando la variable conflictiva." Y la variable conflictiva, claramente, era Martín. Cero atacó. Pero esta vez no fue una embestida ciega. Fue una explosión de velocidad y precisión calculada. Se movió tan rápido que casi desapareció de la vista de Martín, apareciendo a su costado, lanzando un golpe dirigido no al azar, sino a una junta vulnerable de la greba rúnica. Martín apenas tuvo tiempo de bloquear, sintiendo el impacto resonar dolorosamente en su pierna.
Intentó contraatacar con un pulso de energía, pero Cero ya no estaba allí. Se había movido al otro lado, lanzando una patada giratoria que obligó a Martín a levantar ambos guanteletes en una defensa apresurada. La pelea cambió por completo. Ya no era Martín conteniendo a una bestia furiosa. Era Martín enfrentándose a un depredador táctico alimentado por dolor y rabia. Cero usaba su velocidad superior, su conocimiento instintivo (¿o programado?) del combate, combinándolo ahora con la fuerza bruta de su furia desatada. Esquivaba los contraataques de Martín, encontraba ángulos ciegos, golpeaba puntos débiles. Las runas de la armadura de Martín brillaban con más intensidad, el filtro trabajando a marchas forzadas para proporcionarle la energía defensiva y reactiva que necesitaba. Pero Cero era implacable. Cada golpe que aterrizaba – y ahora aterrizaban más a menudo – se sentía más pesado, más intencional.
Ya no eran golpes de furia ciega, eran golpes diseñados para romper, para incapacitar. Martín seguía lanzando las palabras hirientes, intentando mantener la presión psicológica, pero ahora sonaban huecas, desesperadas.
"¿Te duele, Cero? ¿Recordar duele?"
"El dolor es información," respondió Cero, esquivando un pulso energético y golpeando a Martín en el pecho, haciendo que jadeara.
"Y tú... me has dado... muchos datos." La marea había cambiado por completo. Martín estaba ahora a la defensiva, luchando por sobrevivir contra un oponente que había convertido su propia agonía en un arma terriblemente eficaz. La tormenta no se había calmado; se había enfocado. Y ahora apuntaba directamente a él. IV. Carne Rota, Voluntad de Hierro La Cámara Omega-7 se había convertido en un infierno personal para Martín.
La danza inicial de control se había transformado en una retirada desesperada ante la ofensiva implacable y ahora enfocada de Cero. Cada esquiva era un poco más lenta, cada bloqueo un poco menos firme. La energía filtrada del Guardián le daba fuerza y velocidad, pero Cero era una máquina de combate nacida del trauma, moviéndose con una precisión aterradora impulsada por una furia que no parecía disminuir. Martín intentó un contraataque, un pulso concentrado desde el guantelete derecho dirigido al torso de Cero.
Pero Cero anticipó el movimiento. Desvió el pulso con un rápido movimiento de su antebrazo (la energía crepitando inofensivamente contra algo invisible, ¿un escudo cinético residual de su programación original?) y usó la apertura para cerrar la distancia. Antes de que Martín pudiera reaccionar, el puño izquierdo de Cero impactó con una fuerza demoledora directamente en su costado izquierdo, la zona menos protegida entre el guantelete y la greba. No hubo armadura que detuviera el golpe.
Martín sintió un dolor blanco y cegador, oyó el crujido nauseabundo de sus propias costillas haciéndose añicos como ramas secas. La fuerza del impacto lo levantó del suelo y lo envió volando varios metros hasta estrellarse contra el suelo metálico con un golpe que le robó el aliento y le llenó la boca con el sabor ferroso de la sangre. Se quedó allí, en el suelo, incapaz de moverse, luchando por meter aire en sus pulmones perforados.
Miró hacia abajo con visión borrosa y vio el horror: un agujero irregular y sangriento en su costado, la tela de su ropa interior desgarrada revelando fragmentos de hueso y tejido dañado. La herida era catastrófica. Mortal. Vio a Cero acercarse, caminando lentamente ahora, la furia en sus ojos rojos reemplazada por una fría y calculadora satisfacción. Levantó un pie, listo para aplastar, para terminar el trabajo. Se acabó, pensó Martín, una oleada de fría desesperación recorriéndolo. Fallé.
Pero entonces, algo respondió desde lo más profundo de su ser destrozado. No fue una decisión consciente. Fue un instinto de supervivencia primordial, una negativa visceral a rendirse. Sintió una oleada de energía cálida y casi desesperada (¿Serena?) mezclándose con la tenacidad furiosa del Guardián, fluyendo no hacia sus puños, sino hacia la herida abierta. La regeneración se activó. Y fue una agonía casi peor que el golpe mismo. Sintió como si metal al rojo vivo estuviera siendo vertido en su costado.
Los fragmentos de hueso rechinaron dolorosamente mientras se realineaban a la fuerza. La carne se tejió a una velocidad antinatural, cerrando el agujero con tirones espasmódicos que le arrancaron un grito ahogado. El dolor era nauseabundo, quemante, y sintió cómo la energía vital era drenada de él a un ritmo alarmante para alimentar la reparación imposible. Cero detuvo su pie a centímetros del pecho de Martín, su expresión cambiando de satisfacción asesina a una profunda y casi infantil confusión.
Parpadeó, mirando la herida que se cerraba ante sus ojos, la carne regenerándose visiblemente bajo la sangre. La lógica de su ataque, el resultado esperado (muerte o incapacitación total), acababa de ser violado de la manera más grotesca. Esa pausa, esa duda nacida de la pura incredulidad, fue la única oportunidad de Martín. Con un esfuerzo sobrehumano, ignorando el dolor residual que lo hacía temblar de pies a cabeza, se impulsó con su brazo bueno y las piernas blindadas, poniéndose en pie a duras penas.
Jadeaba, se tambaleaba, el costado era un infierno de dolor sordo, pero estaba vivo. Estaba entero.
"¿Sorprendido, Cero?" jadeó Martín, una sonrisa ensangrentada y dolorida asomando en sus labios.
"¿No estaba... en tus... parámetros?" La confusión en los ojos de Cero fue reemplazada de nuevo por la furia, quizás aumentada por la frustración de que su presa se negara a morir. La pelea se reanudó, pero ahora era diferente. Se había convertido en una brutal guerra de desgaste. Martín sabía que no podía igualar la velocidad y precisión de Cero. Su única posibilidad era aguantar. Recibió más golpes. Un impacto energético en el hombro le quemó la piel bajo la juntura de la armadura.
Una patada lo envió de nuevo contra las runas de la pared, sintiendo la energía de contención chisporrotear a su alrededor. Perdió la visión de su ojo izquierdo por un instante debido a un golpe cercano que le hizo ver estrellas. Y cada vez, la regeneración agónica entraba en juego. Dolor. Reparación violenta. Agotamiento creciente. Se levantaba más lento cada vez, sus movimientos más torpes, sus defensas más débiles. Pero se levantaba. Seguía allí.
Un saco de boxeo imposiblemente resistente, devolviéndole la mirada a la tormenta con ojos cansados pero desafiantes, mientras seguía susurrando las palabras venenosas que mantenían la furia de Cero anclada a él. Estaba rompiendo su propio cuerpo una y otra vez para mantener a Cero enganchado, esperando, rezando, para que la furia finalmente se agotara o se transformara en algo más. Era una apuesta terrible, y sentía que estaba perdiendo energía mucho más rápido que su oponente. V.
El Último Impacto y el Silencio Roto La Cámara Omega-7 era un escenario de destrucción contenida. El suelo metálico estaba marcado por impactos de energía y rozaduras donde los cuerpos habían sido lanzados. Las runas en las paredes brillaban con una luz febril, trabajando al límite para absorber la energía caótica residual. En el centro, la brutal guerra de desgaste continuaba, pero estaba claro que llegaba a su fin. Martín apenas se mantenía en pie.
La regeneración agónica seguía funcionando, pero cada vez más lentamente, el coste energético dejándolo pálido y tembloroso. Su respiración era un jadeo doloroso, su cuerpo un mapa de hematomas, quemaduras y el dolor fantasma de heridas que se cerraban a duras penas. La armadura rúnica estaba abollada y marcada, algunas runas parpadeando débilmente. Apenas podía levantar los guanteletes para defenderse. Solo su voluntad indomable y quizás la furia prestada del Guardián lo mantenían consciente.
Cero también mostraba signos de desgaste. La energía roja y azul que lo envolvía era ahora más errática, menos intensa. Sus movimientos, aunque todavía rápidos, habían perdido parte de su precisión letal. Su respiración era agitada, casi humana en su esfuerzo. La furia seguía ardiendo en sus ojos, pero ahora estaba mezclada con algo más: confusión, frustración y un agotamiento profundo que parecía ir más allá de lo físico.
Había golpeado, herido, casi destruido a su oponente una y otra vez, y éste se negaba a caer, se negaba a romperse por completo. La paradoja continuaba. Entonces, Cero pareció tomar una decisión. Reunió la energía que le quedaba, sus puños brillando con una intensidad final y desesperada. Ignoró un último intento de provocación verbal de Martín (un susurro ronco sobre "juguetes rotos") y se lanzó hacia él con una velocidad cegadora, canalizando todo en un golpe final.
Martín vio venir el ataque, pero su cuerpo agotado no pudo reaccionar a tiempo. Intentó levantar el guantelete izquierdo, el que aún estaba relativamente intacto, para bloquear. Fue inútil. El puño de Cero, envuelto en energía crepitante, impactó directamente contra el guantelete y el brazo de Martín con la fuerza de un ariete. Hubo un sonido horrible, una mezcla de metal rúnico retorciéndose, hueso estallando y un grito ahogado de Martín.
La fuerza del impacto fue tan brutal que lo levantó del suelo y lo estrelló hacia atrás contra la pared facetada de la cámara. El metal oscuro de la pared se abolló visiblemente bajo la violencia del golpe, las runas cercanas parpadeando salvajemente. Martín cayó al suelo como un muñeco de trapo, deslizándose hasta quedar sentado, apoyado contra la pared abollada. Un dolor blanco y absoluto lo consumió. Miró hacia abajo.
Su brazo derecho, el del guantelete principal, colgaba en un ángulo imposible, la armadura destrozada, inutilizada. El hueso estaba claramente roto, quizás pulverizado, una herida demasiado masiva para que la regeneración pudiera siquiera empezar a trabajar en su estado actual de agotamiento. Estaba roto. Derrotado. Cero se irguió sobre él, jadeando pesadamente ahora, la energía a su alrededor fluctuando, casi apagándose. La furia seguía en sus ojos rojos, pero estaba atenuada, velada por el esfuerzo extremo.
Levantó lentamente su puño izquierdo funcional, preparándose para asestar el golpe de gracia, para terminar con la fuente de su tormento, para silenciar los ecos de Quimera. Martín lo miró desde el suelo. No había fuerza para luchar, apenas para respirar. Solo quedaba la voluntad desnuda brillando en sus ojos doloridos y cansados. Esperó el final. Pero el golpe no llegó. El puño de Cero quedó suspendido en el aire. Su respiración era agitada, entrecortada.
Y entonces, Martín oyó ese sonido de nuevo, más claro esta vez: un sollozo ahogado, involuntario, escapando entre los jadeos. El puño levantado comenzó a temblar, no solo por la tensión del ataque inminente, sino por algo más profundo, una vibración que nacía de la confusión, del agotamiento del alma. Cero miró su propio puño tembloroso, como si no lo reconociera. Luego bajó la vista hacia Martín, roto y ensangrentado a sus pies, pero aún mirándolo, aún presente.
La furia roja en sus ojos fluctuó violentamente, luchando contra... ¿qué? ¿El recuerdo del niño? ¿La inutilidad de la violencia? ¿La simple y abrumadora fatiga de existir? No atacó. Se quedó allí, de pie sobre Martín, jadeando, temblando, la tormenta interna quizás habiendo alcanzado su propio ojo inmóvil. La violencia se había agotado, suspendida en un silencio repentino y cargado de una incertidumbre absoluta.
Martín lo observó, el dolor punzante, el agotamiento total amenazando con arrastrarlo a la inconsciencia. No gané, el pensamiento se formó, claro y frío en medio del dolor. No vencí. Solo... abrí una grieta. Y en esa grieta, en el silencio roto solo por sus respiraciones agitadas, algo nuevo y desconocido empezaba a filtrarse.

Giữ khẩu khí thanh khiết — không văn tục, không phá chính trị.
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