Chương 184: Capítulo 184 - Curitas para Monstruos Rotos
404: Realidad no encontrada [Español] · nikcodra · 216 chương · ~51 phút đọc · Tạo 01/09/2026
I. La Sombra Silenciosa y la Pregunta Incómoda Los días en la Residencia 7-Alfa transcurrían con la lentitud viscosa de la miel fría, cada uno una réplica casi exacta del anterior, marcados por el ritmo de la recuperación forzada de Martín.
El dolor en su hombro derecho había mutado de una agonía aguda a un latido sordo y persistente, un recordatorio constante de la carne y el hueso que faltaban, pero que su propia biología anómala intentaba tercamente reconstruir, célula a célula, a un coste energético que lo dejaba perpetuamente agotado.
Las pequeñas victorias –lograr abrocharse la camisa con la mano izquierda sin ayuda, caminar dos veces el perímetro de la sala común antes de necesitar sentarse, mantener una conversación coherente con Thorian sobre esquemas rúnicos sin que la cabeza le estallara– se sentían insignificantes ante la magnitud de lo perdido y lo incierto del futuro.
En medio de esa rutina de fisioterapia improvisada, análisis de datos fragmentados y comidas compartidas con su disfuncional equipo, una nueva constante se había instalado, una que lo perturbaba de una manera diferente a todo lo anterior: Cero. El niño –la palabra seguía sintiéndose extraña, inadecuada, pero era la única que encajaba con la figura pequeña y vulnerable que ahora habitaba en su periferia– se había convertido en una presencia inescapable, una sombra silenciosa adherida a su existencia.
No era una vigilancia activa como la que sospechaba del Gremio, ni la presencia demandante de sus propias entidades internas. Era algo pasivo, casi ambiental, pero intensamente enfocado en él. Martín había empezado a notarlo en las noches. Se despertaba abruptamente, el eco de una pesadilla –la caída en la oscuridad, el rostro de Elmsworth suplicando la aniquilación, la sensación de su propio brazo desgarrándose– aferrándose a su conciencia, y al abrir los ojos en la penumbra de la habitación, lo encontraba allí.
A veces, acurrucado como una pequeña bola de miseria a los pies de la cama, inmóvil, apenas respirando. Otras veces, si la noche había sido particularmente agitada por el dolor fantasma o los malos sueños, lo encontraba más cerca, sentado en el suelo junto a la cama, con las rodillas abrazadas y la cabeza apoyada en ellas, simplemente... estando allí. Nunca hacía ruido al entrar o salir. Era como si se materializara desde las sombras cuando Martín era más vulnerable y se desvaneciera antes del amanecer completo.
Y como si un observador silencioso no fuera suficiente, estaba Croko. El Lagarto Rey, habiendo decidido aparentemente que Martín era su figura paterna/compañero de manada/dispensador de calor corporal, había convertido el suelo de la habitación de Martín en su dormitorio preferido. El sonido gutural de sus ronquidos reptilianos era ahora la banda sonora de las noches de Martín.
"¿Cómo diablos mete ese bicho su culo por la puerta sin derribar el marco cada noche?", se preguntó Martín con cansancio una mañana, tropezando con la cola escamosa del animal al intentar llegar al baño. Entre el niño fantasma y el lagarto-alfombra, la privacidad era un concepto abstracto. Durante el día, el patrón continuaba. Cero lo seguía. No de cerca, no de forma obvia, pero siempre estaba... cerca. Si Martín iba al taller improvisado de Thorian, Cero se sentaba en un rincón del pasillo, observando.
Si Martín intentaba ayudar a Althaea con las plantas que ella cultivaba tenazmente en el balcón, Cero se quedaba junto al marco de la puerta, mirando. Si el equipo comía junto, él se sentaba un poco apartado, silencioso, a veces picoteando algo de comida si se lo ofrecían directamente, pero sobre todo, observando a Martín. Sus ojos grises eran lo más perturbador. Habían perdido la frialdad calculadora del Rango S. Ahora eran ojos de niño, sí, pero no reflejaban la curiosidad o la alegría propias de la infancia.
Estaban llenos de una quietud insondable, una especie de vacío expectante o quizás una tristeza tan profunda que se había vuelto catatónica. Martín intentó romper esa barrera. Lo intentó varias veces.
"¿Necesitas algo, Cero?", "¿Quieres... hablar?", "¿Estás bien?" Las respuestas eran frustrantemente esquivas: un leve encogimiento de hombros, un parpadeo lento, un monosílabo casi inaudible ("Sí."" No."" Quizás."). Nunca lo miraba directamente por mucho tiempo, sus ojos se desviaban hacia el suelo, hacia las manos de Martín, hacia cualquier punto que no fuera su rostro. La situación empezó a desgastar a Martín más que el dolor físico.
La presencia constante pero inaccesible del niño era un recordatorio perpetuo de su propia intervención violenta, de la catarsis forzada, de la responsabilidad no deseada que ahora sentía. ¿Qué quería Cero? ¿Qué necesitaba? ¿Era miedo lo que lo mantenía cerca?
¿Era una forma retorcida de gratitud? ¿O era simplemente un sistema roto aferrándose al único punto estable que reconoció en medio de su colapso? La frustración crecía día a día, una picazón bajo la piel. No saber cómo actuar, cómo interpretar esa sombra silenciosa, lo hacía sentir impotente de una manera nueva y exasperante. No podía razonar con él como con el Arquitecto. No podía provocarlo como al Guardián. No podía ofrecerle la calma empática de Serena.
Estaba tratando con algo que aparentaba ser un niño traumatizado, pero que era fundamentalmente... otra cosa. Y él no tenía ni la menor idea de cómo manejarlo. La necesidad de entender, de romper ese silencio expectante, se convirtió en una prioridad casi tan urgente como su propia recuperación. Necesitaba hablar con alguien que quizás pudiera ofrecerle una perspectiva diferente. II. Consejo de Guerra La oportunidad surgió unos días después.
Habían conseguido atraer a Croko al sótano con la promesa de algún tipo de pescado seco especialmente oloroso que Thorian había conseguido (murmurando algo sobre "cebo para bestias sobredimensionadas"). Cero, como era habitual, había seguido al lagarto y ahora estaba sentado en los escalones de la rampa, observando a Croko devorar su premio con una concentración absorta. Era la primera vez en días que Martín tenía un respiro de su pequeña sombra. Aprovechó el momento.
Reunió a Althaea, Thorian y Kora en la sala común, asegurándose de que la puerta que daba al sótano estuviera cerrada.
"Necesito hablar con ustedes," empezó Martín, frotándose la sien con su mano izquierda. Se sentía extrañamente expuesto al hablar de esto.
"Sobre Cero." Los tres intercambiaron miradas. Era un tema que flotaba en el aire desde su regreso, pero que ninguno había querido abordar directamente, quizás por respeto a la privacidad de Martín o por simple incomodidad.
"¿Qué pasa con el mini-robot?" preguntó Kora, dejándose caer en una silla con las botas sobre la mesa baja (un gesto que hizo que Thorian frunciera el ceño).
"¿Ya te cansaste de que te siga como un patito perdido?"
"No es eso," replicó Martín, aunque una parte de él admitía que la constante vigilancia era agotadora.
"Es que... no sé qué hacer. Está siempre ahí, siguiéndome, durmiendo en mi habitación... apenas habla. No sé qué quiere, qué necesita, qué piensa." Expuso su frustración, la sensación de impotencia ante el silencio del niño.
"¿Es miedo? ¿Culpa? ¿Está esperando que lo 'arregle' o que lo termine de romper?" Kora soltó una carcajada burlona.
"¿No será que estás celoso, programador?" dijo, con una sonrisa maliciosa.
"El niño te robó el puesto de rarito oficial del equipo. Ahora él es el misterio andante y tú solo eres el tipo con un brazo menos." Martín le lanzó una mirada asesina, pero estaba demasiado cansado para morder el anzuelo.
"Muy graciosa, Kora. En serio, ¿alguna idea útil?" Thorian se acarició la barba trenzada, su expresión seria y analítica.
"Desde una perspectiva técnica," comenzó, "el reformateo al que fue sometido fue... extremo. Una reescritura completa de protocolos operativos sobre una matriz de conciencia preexistente y dañada. Lo que vemos ahora podría ser el resultado de esa fractura. Quizás ciertos protocolos de impronta post-traumática lo han fijado en ti como figura de 'estabilidad' o 'autoridad' tras la intervención en la cámara.
O podrían ser bucles de dependencia del estabilizador; tu presencia energética, por anómala que sea, podría estar mitigando su propia inestabilidad interna de forma inconsciente." Hizo una pausa, considerando.
"También es posible que la regresión a un estado infantil haya reactivado patrones de comportamiento de búsqueda de seguridad básicos. Es... complejo." Martín suspiró. El análisis de Thorian era lógico, pero no le ofrecía una solución práctica. Miró a Althaea. Ella había estado escuchando en silencio, sus ojos ámbar fijos en Martín con una mezcla de empatía y concentración.
"Yo no veo protocolos, Martín," dijo Althaea finalmente, su voz suave pero firme.
"Veo a un ser perdido. Sí, te sigue. Sí, te observa. Pero no siento miedo en él cuando está cerca de ti. Tampoco hostilidad o cálculo." Se inclinó ligeramente hacia adelante.
"Es más bien... una espera. Una búsqueda silenciosa. Como si estuviera intentando entender algo fundamental, algo que cree que tú posees o representas." Ladeó la cabeza.
"Siente tu presencia, tu energía, la conexión que forzaron en esa cámara. Pero no sabe qué hacer con ella. No tiene las herramientas emocionales ni la experiencia vital para procesarlo. Está... a la deriva, y tú eres su única isla conocida en este momento." Admitió con sinceridad: "No sé qué busca exactamente, pero siento que es algo profundo, algo relacionado con lo que pasó, con lo que son ambos ahora." Las palabras de Althaea resonaron en Martín.
No ofrecían una solución fácil, pero sí una perspectiva diferente, más humana, más cercana a lo que él mismo intuía vagamente. Cero no era solo un sistema fallido; era un ser perdido buscando... algo. Algo que él, aparentemente, representaba. La responsabilidad se sintió aún más pesada. Si Althaea tenía razón, ignorar a Cero o tratarlo como un problema técnico no funcionaría. Necesitaba encontrar una forma de conectar, de entender qué buscaba esa pequeña sombra silenciosa. Pero la pregunta seguía siendo: ¿cómo?
III. El Experimento del Dolor y la Confirmación de Serena La perspectiva de Althaea, aunque no ofrecía soluciones concretas, le dio a Martín una idea. Si Cero estaba reaccionando a su presencia, a su energía, quizás también reaccionaría a sus emociones, o al menos, a la manifestación externa de ellas. Necesitaba una prueba, algo que rompiera la rutina de observación pasiva. Decidió intentarlo esa misma tarde.
Estaban todos en la sala común: Thorian revisando unos planos holográficos, Kora desmontando (para variar) uno de sus guanteletes con una concentración sorprendente, Althaea afilando metódicamente sus garras retráctiles, y Cero sentado en el suelo cerca de la entrada al balcón, observando a Croko dormir bajo el sol artificial. Martín, que estaba intentando leer una tableta de datos con información sobre Elmsworth que Valerius les había facilitado, dejó caer el dispositivo al suelo con un ruido sordo.
Se llevó la mano izquierda al muñón vendado de su hombro derecho, doblando el cuerpo y soltando un quejido agudo y genuinamente doloroso (no era difícil fingir cuando el dolor fantasma era un compañero constante).
"¡Argh! ¡Mierda!" exclamó, apretando los dientes.
"Justo cuando empezaba a sentirme medio humano..." La reacción del equipo fue instantánea, como resortes tensándose.
"¿Martín? ¿Qué pasa?" Althaea estuvo a su lado en un segundo, sus ojos escrutándolo en busca de la causa del dolor.
"¿La regeneración otra vez, chico?" preguntó Thorian, dejando los planos y acercándose con el ceño fruncido.
"¿Algún rechazo del tejido?"
"¿Quieres que le pegue un tiro al hombro para que deje de joder?" ofreció Kora, levantando la cabeza de su guantelete, aunque su tono carecía de la habitual malicia; había una nota de preocupación genuina bajo el sarcasmo. Pero Martín no estaba mirando a su equipo. Sus ojos estaban fijos en Cero. El niño se había puesto rígido en cuanto oyó el quejido de Martín. Levantó la cabeza bruscamente, sus ojos grises clavados en la figura encorvada de Martín.
Se puso en pie lentamente y dio unos pasos vacilantes hacia él, deteniéndose a un par de metros de distancia. Su rostro, normalmente tan impasible o vacío, estaba ahora contraído en una expresión inequívoca. No era solo observación. Era... angustia. Una mezcla de tristeza profunda y preocupación genuina arrugaba su frente infantil, y sus labios temblaban ligeramente. La reacción fue sutil, silenciosa, pero inconfundible para Martín, que lo observaba atentamente.
Era una respuesta emocional directa a su dolor fingido.
"Estoy... bien," dijo Martín, enderezándose lentamente y forzando una sonrisa tensa para el resto del equipo.
"Solo... un mal calambre fantasma. Ya saben." Recogió la tableta del suelo.
"Gracias por la preocupación." El equipo pareció aceptar la explicación, aunque Althaea siguió mirándolo con recelo por un momento más antes de volver a su sitio. Cero, al ver que Martín se enderezaba y parecía estar bien, retrocedió lentamente hasta su rincón, la expresión de angustia desvaneciéndose gradualmente, reemplazada de nuevo por su habitual quietud observadora. Pero Martín lo había visto. La conexión estaba allí. La reacción era real.
Más tarde esa noche, cuando la residencia estaba en silencio y él luchaba contra el insomnio inducido por el dolor, Martín se retiró a su espacio mental. Serena lo esperaba, su luz una presencia constante y tranquilizadora. <Lo viste, ¿verdad? > preguntó Martín sin preámbulos. <La reacción de Cero. Cuando fingí el dolor. > <Lo percibí, > confirmó Serena con suavidad. <La fluctuación en su campo energético fue clara. Una resonancia empática directa con tu angustia simulada. > <¿Empática?
¿Una IA reformateada sintiendo empatía? > Martín aún luchaba por aceptarlo. <Pensé que era culpa. Responsabilidad por lo que me hizo. > <Es ambas cosas, y quizás más, > explicó Serena. <Es culpa, corazón. Lo que viste fue culpa. Él se siente profundamente, fundamentalmente responsable de tu estado actual, de tu dolor, de la pérdida de tu brazo.
La catarsis que forzaste lo hizo consciente de las consecuencias de sus acciones pasadas, las acciones de la Unidad 0, de una manera que su programación original nunca permitió. Pero ahora, atrapado en este estado emocionalmente consciente pero sin las herramientas cognitivas o la experiencia vital para procesarlo, no sabe cómo expresar esa culpa ni cómo repararla. Su reacción empática es real, pero está filtrada a través de esa culpa abrumadora y su propia confusión existencial.
> Help support creative writers by finding and reading their stories on the original site. Martín asimiló la explicación. Tenía sentido, de una manera retorcida. Cero sentía culpa, pero como un niño que ha roto algo valioso y no sabe cómo arreglarlo ni cómo pedir perdón adecuadamente. <Pero, ¿qué hago con eso, Serena? > preguntó, sintiéndose más perdido que nunca. <¿Cómo interactúo con él? No puedo confrontarlo como al Arquitecto o al Guardián. No puedo usar la lógica, ni la intimidación. Es... un niño.
Un niño roto que me tiene miedo y se siente culpable por haberme roto a mí. No tengo ni idea de cómo manejar esto. > La luz de Serena pulsó con comprensión. <Lo sé, corazón. Es una situación sin precedentes. Pero quizás la respuesta no esté en la confrontación o la lógica, sino en algo más simple. > IV. Buscando un Manual Martín permaneció en su espacio mental, la explicación de Serena sobre la culpa infantil y la empatía rota de Cero resonando en la quietud.
Entender el qué era un paso, pero el cómo seguía siendo un abismo insondable. <¿Algo más simple? > preguntó a Serena, escéptico. <Nada en mi vida desde que llegué aquí ha sido simple, Serena. Y menos aún tratar con una IA traumatizada con complejo de culpa metida en el cuerpo de un niño. > <Simple no significa fácil, corazón, > respondió ella con su calma habitual. <Me refiero a buscar un enfoque diferente. No como un técnico que repara un sistema, ni como un guerrero que enfrenta a un enemigo, sino...
como un ser que se conecta con otro. > Su luz pareció intensificarse ligeramente, adquiriendo un matiz casi juguetón. <Quizás deberías hablar con Althaea. Ella posee una sabiduría innata sobre las conexiones, sobre cómo sanar heridas que no son solo físicas. Y su perspectiva... maternal, podría ofrecerte una guía que yo no puedo. > Hizo una pausa significativa. <Además, nunca se sabe. Quizás este proceso de buscar consejo juntos despierte algo más... latente entre ustedes.
> Martín sintió un rubor mental, una mezcla de incomodidad y la vieja y familiar sensación de que Serena disfrutaba metiéndose en sus asuntos personales. <Oye, > protestó, <creí que habíamos quedado en que esperarías a que estuviera recuperado para... retomar esos temas. > <Ese fue tu acuerdo con el Guardián, sobre su precio, > replicó Serena, la diversión clara en su esencia luminosa. <Yo no hice tal promesa. Si surge la oportunidad de ayudar a que algo que ya está floreciendo termine de abrirse...
bueno, soy una entidad ligada a la creación y el potencial, después de todo. Sería ir contra mi naturaleza no dar un pequeño empujón. > Martín suspiró mentalmente. Discutir con Serena sobre eso era inútil. Y, en el fondo, sabía que tenía razón sobre Althaea. Ella entendía las heridas del alma de una forma que él apenas empezaba a vislumbrar. Más tarde, buscó a Althaea.
La encontró en el balcón, cuidando con una paciencia infinita las pocas plantas que había logrado cultivar en macetas improvisadas, un pequeño oasis verde en medio del metal y el cristal de Lumina. Cero estaba sentado cerca, observando a una pequeña mariposa artificial que revoloteaba entre las hojas.
"Althaea," empezó Martín, apoyándose en el marco de la puerta, "necesito... consejo." Ella levantó la vista, sus ojos ámbar encontrando los suyos con esa mezcla de calma y atención total. Dejó la pequeña herramienta de jardinería a un lado.
"¿Sobre Cero?" preguntó suavemente, demostrando una vez más su aguda percepción. Martín asintió, sintiéndose un poco torpe. Le explicó brevemente la situación: la culpa abrumadora que parecía sentir el niño, su incapacidad para comunicarse, la propia confusión de Martín sobre cómo acercarse a él sin asustarlo o empeorar las cosas. Althaea escuchó atentamente, su expresión seria y reflexiva. Cuando Martín terminó, se quedó en silencio por un momento, mirando hacia las lejanas agujas de Lumina.
"En mi pueblo," comenzó finalmente, su voz baja y melodiosa, "cuando los cachorros... los niños... sufren un gran trauma, como perder a sus padres en un ataque o presenciar algo terrible, a menudo se cierran en sí mismos. Se vuelven silenciosos, asustadizos, como Cero ahora." Hizo una pausa.
"Los chamanes, los ancianos sabios, no intentan forzarlos a hablar del dolor de inmediato. Eso puede romperlos más."
"Entonces, ¿qué hacen?" preguntó Martín, intrigado.
"Crean un espacio seguro," explicó Althaea.
"A veces, los niños heridos no necesitan que les hables del dolor. Solo necesitan un espacio seguro para ser, para recordar cómo se siente la calma, la normalidad, incluso la alegría. Los chamanes juegan con ellos. Juegos simples, sin presión. Comparten comida alrededor del fuego. Cuentan historias antiguas bajo las estrellas. Poco a poco, construyen confianza. Permiten que el niño se sienta seguro para bajar sus defensas a su propio ritmo." Sus ojos volvieron a encontrarse con los de Martín.
"La conversación sobre el trauma, la verdadera sanación... viene después, cuando el niño está listo, cuando se siente lo suficientemente seguro como para mostrar su herida sin miedo a ser juzgado o abandonado. Es un proceso lento, Martín. Requiere paciencia y presencia constante." Martín procesó las palabras de Althaea. Tenía sentido. Crear un espacio seguro. No forzar. Paciencia. Era lo contrario a su enfoque habitual de analizar, confrontar y resolver problemas.
"Suena... sensato," admitió. Luego, una sonrisa torcida apareció en su rostro.
"Aunque recuerdo que los chamanes que conocí en Oakhaven estaban más interesados en insultarme y tratarme como a un idiota." Althaea soltó una risa suave.
"Tenías casi treinta años y actuabas como un cachorro perdido que no entendía el bosque, Martín. Era... diferente."
"Oye, ¡sigo sintiéndome como un niño perdido la mitad del tiempo!" replicó él, y ambos rieron, un momento de ligereza genuina en medio de la tensión.
"El problema," dijo Martín, volviéndose serio de nuevo, "es que no sé... jugar. No con un niño. Y menos con uno que solía ser una IA de Rango S." Se pasó la mano por el pelo.
"No tengo ni idea de por dónde empezar." Althaea lo miró con comprensión.
"No tienes que saber jugar, Martín. Solo tienes que estar presente. Compartir algo simple." Su mirada se desvió hacia la ciudad.
"Pero sí sé algo que casi todos los seres vivos entienden y disfrutan, no importa su origen."
"¿Qué?"
"La comida," dijo Althaea con una sonrisa.
"Especialmente algo dulce." Una idea comenzó a formarse en la mente de Martín, simple, quizás estúpida, pero basada en esa verdad universal.
"Comida dulce," repitió.
"Sí. Creo... creo que tengo un plan." V. Catarsis con Caras Sucias Fiel a su plan improvisado, Martín desapareció durante una hora y regresó a la Residencia 7-Alfa con una caja grande y sospechosamente cara de "Dulces del Sol", la confitería fina que había descubierto en uno de sus pocos paseos por un distrito más acomodado de Lumina. El aroma dulce y mantecoso llenó el aire en cuanto abrió la caja.
"¡Atención, equipo disfuncional y mascota reptil!" anunció, dejando la caja sobre la mesa baja de la sala común.
"He invertido una cantidad obscena de créditos del Gremio en terapia de azúcar. ¿Viste lo que me clavaron por media docena de estas cosas? ¡Esto es un robo a mano armada Magitek! Así que más les vale disfrutarla." Kora fue la primera en abalanzarse, sus ojos brillando con codicia infantil.
"¡Dámelas todas, programador!"
"¡Ni lo sueñes, Kora! ¡Comparte!" replicó Martín, apartando la caja justo a tiempo. Incluso Thorian se acercó, olfateando con curiosidad y murmurando algo sobre la "calidad del glaseado" antes de tomar una factura con aspecto de engranaje. Althaea eligió una medialuna con una sonrisa divertida. Croko, atraído por el olor y el alboroto, levantó su enorme cabeza del sofá y emitió un sonido suplicante, sus ojos de reptil siguiendo cada movimiento de la caja.
En medio del pequeño caos, Cero se había acercado silenciosamente, observando la escena desde el borde del grupo con su habitual quietud. Miraba los dulces con una curiosidad intensa, pero no hizo ningún movimiento para tomar uno. Martín se separó del forcejeo con Kora y se arrodilló frente al niño, seleccionando una "cara sucia" rebosante de dulce de leche y cubierta de azúcar glas.
"Ten, Cero," le dijo suavemente, extendiéndole la factura.
"¿Prueba esto?" Cero lo miró, luego a la factura, luego de nuevo a Martín. Con una vacilación infinita, alargó una mano pequeña y tomó el dulce con delicadeza, como si fuera a romperse. Se lo llevó a la boca y dio un mordisco minúsculo. Sus ojos grises se abrieron de par en par. Un ligero rubor apareció en sus pálidas mejillas. Dio otro mordisco, más grande esta vez, y un pequeño sonido de satisfacción escapó de sus labios. Martín sintió una punzada de alivio. Primer paso, logrado.
Volvió a unirse al grupo, retomando su lucha simulada con Kora por la última factura rellena de crema y lidiando con los intentos cada vez más descarados de Croko por robar algo de la mesa. Había risas, quejas, Thorian explicando la ingeniería estructural de un hojaldre... por un momento, casi se sintió como una familia normal merendando. Fue entonces cuando lo oyó. Un sonido pequeño, ahogado, casi perdido entre el ruido. Martín se giró.
Cero seguía sentado donde lo había dejado, la "cara sucia" a medio comer olvidada en su mano. Pero ahora, su pequeño cuerpo temblaba, y grandes lágrimas silenciosas rodaban por sus mejillas, trazando surcos limpios en el azúcar glas que le había manchado la cara. Estaba llorando. No un llanto ruidoso o infantil, sino un llanto profundo, desolado, que parecía venir de un lugar roto mucho más allá de sus pocos años aparentes. La risa murió en la sala. Kora dejó de intentar robarle un bollo a Thorian.
Althaea se puso tensa. Martín se quedó helado un instante. <¿Qué hago? Mierda, ¿qué hago con un nene llorando? ¿Le tiro un sándwich? ¿Lo ignoro hasta que se le pase? ¿Le pateo la tristeza como haría Kora? > Su instinto le gritaba que huyera, que no estaba equipado para esto, que él mismo estaba demasiado roto para arreglar a nadie. Pero la imagen del niño llorando en silencio, tan pequeño y perdido, tiró de algo dentro de él.
Se levantó lentamente y se arrodilló de nuevo frente a Cero, ignorando las miradas preocupadas de los demás.
"¿Qué pasa, Cero?" preguntó suavemente, su propia voz sonando extraña en la quietud repentina.
"¿Te duele algo? ¿No te gustó la factura?" Cero negó con la cabeza, las lágrimas cayendo más rápido. Luchó por hablar, los sollozos ahogando las palabras.
"¿P-por... por qué...?" logró preguntar finalmente, la voz quebrada y temblorosa.
"¿Por qué qué, Cero?" preguntó Martín con paciencia.
"¿P-por qué... son... a-amables?" sollozó el niño, levantando la vista hacia Martín, sus ojos grises inundados de una confusión y un dolor que partían el corazón.
"Yo... los... los lastimé. Mucho. A... a ti... te... te rompí." Su vocecita se quebró por completo.
"Soy... un monstruo." El silencio que siguió fue pesado, cargado con el peso de esa palabra.
"Monstruo". La misma que quizás él mismo había pensado alguna vez. Martín respiró hondo. Miró a Cero, al niño vulnerable que había sido una máquina de matar y análisis. Luego miró a su equipo: a Althaea, la guerrera feroz con un corazón compasivo; a Thorian, el enano gruñón y leal hasta la médula; a Kora, la superviviente caótica con una lealtad inesperada. Todos rotos a su manera. Todos supervivientes. Todos... familia.
"¿Por qué somos amables?" repitió Martín, su voz tranquila ahora, encontrando las palabras.
"Porque sí. Porque podemos elegir serlo." Se inclinó un poco más cerca.
"Mira, Cero, si fuera por lo que hemos hecho, por los errores, por el daño... ninguno de nosotros merecería amabilidad." Señaló a Althaea.
"Cuando conocí a Althaea, me miraba como si fuera una cucaracha que acababa de pisar su alfombra favorita. Y hubo momentos en el bosque en que estoy bastante seguro de que consideró dejarme tirado para que me comieran los bichos. ¿Verdad, Al?" Althaea desvió la mirada, pero una leve sonrisa tiró de sus labios.
"Pero mírala ahora. Es la guerrera más valiente y leal que conozco. Nunca podría compararme con su fuerza." Luego señaló a Thorian.
"Este enano de aquí," dijo con una sonrisa torcida, "me tuvo trabajando como un esclavo en su forja, me usó como conejillo de indias para sus experimentos rúnicos, ¡y ni siquiera me pagó!"
"¡Te pagué con conocimiento y experiencia, muchacho! ¡Más valioso que cualquier crédito!" replicó Thorian, indignado pero con un brillo divertido en los ojos.
"¡Aja! ¡Explotación laboral, en mi mundo eso es ilegal!" rio Martín.
"Pero también es el ingeniero más brillante y testarudo que he conocido, y nos ha salvado el pellejo más veces de las que puedo contar." Thorian carraspeó, intentando disimular su contento. Finalmente, miró a Kora.
"Y Kora... bueno, Kora llegó siendo un desastre andante. Sucia, maleducada, ruidosa..."
"¡Oye!" protestó Kora.
"... y sinceramente, no ha cambiado mucho," continuó Martín con una sonrisa.
"Intentó volarme la cabeza el primer día y probablemente todavía fantasea con usarme como blanco de práctica."
"¡Tú tiraste mis cosas al pasillo!"
"Pero," dijo Martín, su voz volviéndose seria, "en el poco tiempo que lleva con nosotros, sé que Kora daría hasta su último virote explosivo por cualquiera de nosotros. Y esa lealtad bruta... no tiene precio." Kora pareció sorprendida por el cumplido, quedándose callada por una vez. Martín volvió a mirar a Cero, cuyos sollozos habían disminuido un poco, escuchando atentamente.
"Y tú, Cero," dijo suavemente.
"Sí, me lastimaste. Mucho. Casi me matas. Me dejaste sin brazo." Levantó el muñón vendado.
"Pero eso fue... antes. Eso fue la Unidad 0, o lo que sea que fueras. Ahora estás aquí. Con nosotros. Eres... Cero. Y eso es lo que importa ahora. Es nuestra elección ver quién eres ahora, no solo lo que hiciste antes. Así que deja de sentirte culpable por ser un superviviente, ¿quieres?" Hizo una pausa, luego añadió con su habitual humor negro: "Además, parece que es un requisito para unirse a este equipo intentar matarme o romperme algo primero.
Althaea casi me deja morir, Thorian casi me electrocuta, Kora casi me vuela en pedazos... Tú solo subiste la apuesta perdiendo un miembro. Voy a tener que poner un cartel: 'Se busca compañero. Requisito: intento de homicidio previo'. Aunque," reflexionó en voz alta, "estoy pensando seriamente en retirarme a una montaña antes de que llegue el siguiente. La dificultad parece escalar exponencialmente." La pequeña broma pareció romper algo en Cero.
Soltó un último sollozo ahogado y, con un movimiento rápido e inesperado, se aferró a la pierna de Martín, escondiendo la cara contra su rodilla.
"L-lo... siento..." murmuró entre lágrimas.
"Lo siento... mucho..." Martín se quedó quieto por un segundo, sorprendido por el contacto físico. Luego, superando su propia incomodidad, rodeó torpemente los pequeños hombros temblorosos con su único brazo. Pensó fugazmente, con una mezcla de resignación y algo parecido al afecto: <El único brazo que me quedaba, y ahora también está ocupado consolando a una IA homicida reconvertida en niño llorón. Mi vida es un chiste. >"Está bien, Cero," susurró, la voz rasposa por la emoción contenida.
"Está bien." Y una parte profunda y herida dentro de él, la parte que recordaba la soledad y el miedo de sus propios traumas, añadió silenciosamente: <¿Cuántas veces me habría gustado escuchar esas simples palabras, en lugar de tener que sobrevivir solo? > Se quedaron así por un rato, el niño llorando suavemente contra su pierna, el equipo observando en silencio, Croko roncando ajeno a todo en el sofá. Lentamente, los sollozos de Cero disminuyeron hasta convertirse en hipidos silenciosos.
Cuando finalmente levantó la cabeza, sus ojos estaban rojos e hinchados, pero la desesperación había sido reemplazada por una frágil calma. Martín le ofreció el resto de la cara sucia. Cero la tomó y, sin soltar la pierna de Martín, empezó a comerla despacio, acurrucándose contra él. La "fiesta" terminó en una nota extrañamente tranquila. Terminaron los dulces en relativo silencio, Cero ahora sentado en el suelo apoyado contra la pierna de Martín, mordisqueando su factura.
Sus interacciones, cuando las había, eran más suaves, menos forzadas. Parecía más... presente. Más humano. Mientras recogían los restos, Martín observó al niño que ahora parecía haberse quedado dormido apoyado en él. <Genial, > pensó con una sonrisa irónica y cansada. <Curita emocional de seres superiores rotos. ¿Cuál será el siguiente en la lista? O peor: ¿cuándo me romperé yo otra vez? > La pregunta flotó, sin respuesta, una sombra persistente en el borde de la nueva y frágil calma.

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