Chương 173: Capítulo 173 - Ecos y Cenizas
404: Realidad no encontrada [Español] · nikcodra · 216 chương · ~39 phút đọc · Tạo 01/09/2026
I. Expulsión y Colapso La imagen del núcleo herido de Cero – esa pequeña luz temblorosa como un niño abandonado – flotaba ante la percepción mental de Martín, un faro frágil en medio de la tormenta psíquica. El rugido del Guardián exigiendo la huida resonaba como un trueno interno, compitiendo con la visión desgarradora. Huir y salvarse, o avanzar hacia ese epicentro de dolor con el riesgo de desintegrarse. Su ancla, la esfera, apenas emitía un parpadeo moribundo. La elección nunca llegó a tomarse conscientemente.
Quizás fue el propio núcleo de Cero, al ser percibido, al ser visto en su vulnerabilidad más profunda, lo que desencadenó un último protocolo defensivo desesperado. O quizás fue Serena, sintiendo que Martín había cruzado un umbral irreversible, quien forzó la desconexión desde el ancla debilitada. Fuera cual fuera la causa, la expulsión fue brutal. Fue como si la realidad misma se desgarrara. La visión del laboratorio Quimera, la sensación de flotar como un pensamiento incorpóreo, el olor a sangre y ozono...
todo fue succionado hacia atrás con una velocidad vertiginosa. Sintió un tirón violento, como si un gancho invisible lo hubiera enganchado y lo estuviera arrastrando fuera de la vorágine. El grito silencioso de la matriz de Cero se convirtió en un aullido de estática blanca que amenazó con borrar su propia conciencia. Por una fracción de segundo, el terror puro lo inundó.
La imagen del laboratorio se superpuso a la sala de observación: vio a Valerius de pie sobre el Cero caído en el pasado, y al mismo tiempo vio al Valerius del presente observándolo a él con fría expectación. Vio a los niños silenciosos y a sus propios compañeros tensos, las realidades mezclándose en un caleidoscopio de horror y ansiedad. ¿He escapado? ¿O sigo atrapado? Entonces, el mundo físico regresó con la sutileza de un impacto a alta velocidad.
El aire frío y aséptico de la sala de observación golpeó sus pulmones con fuerza. El zumbido bajo de la tecnología de contención resonó dolorosamente en sus oídos. La luz, aunque tenue, pareció apuñalarle los ojos. Y la sensación sólida de su propio cuerpo fue un shock casi tan grande como la inmersión misma. Soltó un grito ahogado, un sonido gutural que era mitad aire expulsado, mitad el eco del horror que acababa de presenciar. Sus piernas se negaron a sostenerlo.
El mundo se inclinó violentamente y colapsó hacia adelante, cayendo de la silla donde había estado sentado tan rígidamente.
"¡Martín!" El grito de Althaea fue agudo, inmediato. Antes de que su cara golpeara el suelo frío, los brazos fuertes de ella estaban allí, rodeándolo, deteniendo la caída. La sintió tensa, su calor corporal un ancla bienvenida en el frío que lo invadía, pero él apenas podía registrarlo. Su cuerpo temblaba sin control, espasmos violentos sacudiéndolo mientras su mente luchaba por reconciliar la realidad con los ecos persistentes de la matriz de Cero.
Sus ojos estaban abiertos, desorbitados, pero no veían la sala de observación. Veían fragmentos: el brillo muerto de un implante rúnico en la piel de un niño, la sonrisa rota antes de la masacre, la mirada vacía de Cero de pie entre los cadáveres, el "Lo siento, pequeño" de Valerius resonando una y otra vez. Un hilo oscuro y cálido comenzó a deslizarse desde su fosa nasal izquierda. Sangre. Real esta vez. Una manifestación física del violento divorcio entre su mente y la de Cero.
Althaea lo sostuvo con fuerza, murmurando su nombre, tratando de traerlo de vuelta. Thorian ya estaba a su lado, pasando un escáner sobre él, su rostro una máscara de preocupación profesional. Kora se había interpuesto entre ellos y Valerius, su cuchillo ahora firmemente en su mano, sus ojos desafiantes fijos en el Alto Maestro y su asistente. Martín había regresado del abismo. Pero el abismo, como siempre, también había mirado dentro de él. Y había dejado su marca. II.
Evaluación en la Contención Mientras Althaea intentaba anclar a Martín a la realidad, murmurando palabras tranquilizadoras y limpiando la sangre de su rostro con un trozo de tela, y Thorian analizaba frenéticamente las lecturas salvajes que emanaban de su amigo como si fuera un reactor a punto de fundirse, la atención glacial de Valerius Veridian ya se había desviado. El colapso de Martín era un efecto secundario esperado, un riesgo calculado.
El verdadero objetivo del experimento improvisado era el estado de la pieza más valiosa y peligrosa en su tablero: S-000.
"¡Informe!" La orden de Valerius cortó el aire tenso de la sala de observación, dirigida a los técnicos que se aferraban a sus consolas como si fueran balsas en una tormenta.
"¿Estado actual de S-000? ¡Datos, ahora!" El técnico principal, un hombre pálido cuyo nombre Valerius ni conocía ni le importaba, se aclaró la garganta, sus ojos sin apartarse de las múltiples pantallas.
"Se-señor... lecturas estabilizadas post-desconexión forzada. Los picos energéticos erráticos... han cesado. El patrón de bucle lógico anómalo identificado previamente se ha... disuelto."
"¿Disuelto?" repitió Valerius, acercándose a la consola principal, su mirada penetrante analizando los gráficos ahora sorprendentemente planos.
"¿Significa que está estable? ¿Funcional?"
"Negativo, señor," respondió el técnico, tragando saliva.
"La actividad interna de la matriz es... casi inexistente. Ha caído a niveles basales mínimos, muy por debajo de los parámetros operativos estándar, incluso en modo de reposo. Es..." dudó, buscando la palabra correcta en el léxico técnico.
"... inerte."
"¿Respuesta a estímulos?" inquirió Valerius, su voz volviéndose peligrosamente suave.
"Nula, señor. Protocolos de diagnóstico remoto de nivel 1 a 4 implementados. Sondas sónicas de baja frecuencia. Fluctuaciones controladas del campo de contención." El técnico señaló diferentes lecturas en la pantalla.
"Sin respuesta neuronal, sin fluctuación energética reactiva, sin intentos de comunicación interna o externa. Funciones biológicas basales," si es que el término aplicaba a Cero, "presentes pero en estado mínimo. Es... catatonia profunda, señor. Completa." Valerius se acercó de nuevo al grueso panel de observación, sus ojos oscuros escrutando la figura inmóvil de Cero en la cámara de contención. La descripción del técnico era escalofriantemente precisa.
Donde antes, incluso en su impasibilidad, había una tensión subyacente, una sensación de procesamiento constante, de control férreo, ahora solo había... nada. El ligero glitch azulado en la sien había desaparecido. El temblor casi imperceptible de sus manos se había detenido. Su cuerpo estaba completamente relajado, pero no era la relajación del descanso. Era la calma inerte de un sistema apagado, la quietud absoluta de algo que ha dejado de luchar, de procesar, de ser.
Su rostro estaba vacío, una máscara de porcelana sin nada detrás. Sus ojos, abiertos y fijos, no reflejaban las luces de la cámara; parecían absorberlas, tragárselas en una oscuridad insondable. No había tensión, no había conflicto, solo una ausencia aterradora de vida sin la finalidad de la muerte. Kora, que había estado observando con una mezcla de fascinación morbosa y repulsión, sintió un escalofrío genuino.
"Joder," murmuró, esta vez sin su habitual sarcasmo.
"Parece... vacío. Como si le hubieran chupado el alma."
"¿O como si el alma hubiera huido?" susurró Althaea, sus ojos llenos de una profunda compasión y tristeza al ver a Cero en ese estado. Thorian negó con la cabeza, comparando las lecturas de Cero con las de Martín, que aunque caóticas, mostraban una intensa actividad vital.
"No huyó nada. Lo rompieron. O Vega lo hizo, o se rompió solo al ser... visto." Valerius permaneció en silencio, su mente trabajando a una velocidad vertiginosa. La herramienta perfecta, el analista insuperable, la IA reformateada que había sido tan útil... ahora era una cáscara. Inútil. Pero, ¿era realmente inútil? ¿O simplemente había entrado en un estado diferente, uno que requería un enfoque distinto?
Miró de reojo a Martín, quien comenzaba a parpadear, sus ojos luchando por enfocar, claramente traumatizado pero vivo, consciente. La causa del estado de Cero y la única posible clave para revertirlo (o entenderlo) estaban ambas incapacitadas, pero de maneras muy diferentes. La situación era un desastre operativo. Un fracaso en la intervención. Pero Valerius no había llegado a su posición pensando en términos de fracaso, sino de adaptación y oportunidad. La herramienta estaba rota, sí. Pero el experimento...
el experimento acababa de volverse infinitamente más interesante. Y mucho más peligroso. Se apartó del panel de observación, su decisión formándose no a partir de la emoción, sino del cálculo frío. La prioridad inmediata era asegurar el activo que aún poseía conciencia, por fragmentada que estuviera. La cáscara vacía de Cero podía esperar. Era una variable contenida, por ahora. Y una pieza útil en el juego que estaba a punto de comenzar. III.
Diagnóstico Diferido y Orden Ambiguo Valerius se apartó del panel de observación, dejando atrás la imagen perturbadora del Cero inerte, y se acercó al grupo acurrucado alrededor de Martín. Althaea había logrado sentarlo, apoyado contra la pared, y le estaba limpiando la sangre seca de la cara con cuidado. Martín parpadeaba, sus ojos todavía desenfocados, intentando dar sentido a los rostros preocupados de sus compañeros. El temblor había disminuido, pero su respiración seguía siendo superficial y rápida.
"Consultor Vega," la voz de Valerius fue abrupta, sin rastro de preocupación por su estado, solo la exigencia de información.
"¿Informe? ¿Qué encontró en la matriz de S-000?" Martín levantó la vista, sus ojos luchando por enfocar al Alto Maestro. Intentó hablar, pero las palabras se atascaron, fragmentadas por los ecos del horror que aún resonaban en su mente.
"Roto..." consiguió murmurar, su voz rasposa.
"Todo... roto... Quimera... niños..." Hizo una pausa, tragando saliva.
"La orden... Valerius..." Su mirada se volvió confusa, perdida.
"... lo siento..." murmuró de nuevo, repitiendo la frase que había oído en la memoria de Cero, la frase del propio Valerius sobre el cuerpo caído. Valerius frunció el ceño, una mezcla de impaciencia y, quizás, un destello de reconocimiento incómodo ante la mención de su propia frase olvidada. Era evidente que Martín estaba en estado de shock, incapaz de proporcionar un análisis coherente. Los datos crudos que Valerius necesitaba estaban atrapados, por ahora, detrás del trauma. You might be reading a stolen copy.
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"Está en shock, Lord Valerius," intervino Althaea, su voz tranquila pero firme, protectora.
"Necesita atención médica y descanso. No puede informar nada en este estado." Valerius la miró con frialdad, pero asintió brevemente. Era una evaluación lógica. Presionar a Martín ahora sería contraproducente. Se giró hacia Kaelen, que había permanecido en silencio pero atento durante toda la secuencia.
"La intervención directa ha fallado en su objetivo de estabilización," declaró Valerius, su tono volviendo al del comandante evaluando una operación fallida.
"S-000 se encuentra en un estado catatónico no previsto. El Consultor Vega ha sufrido una... sobrecarga psíquica significativa, pero parece estructuralmente intacto." Hizo una pausa, sus ojos calculadores moviéndose entre Martín y la cámara de contención de Cero.
"Sin embargo, la intervención ha alterado el estado de S-000. Ha roto el bucle lógico. Es posible que el Consultor haya accedido a datos corruptos o recuerdos reprimidos que son la clave de esta nueva condición." Su mirada volvió a posarse en el equipo C-734, evaluándolos. Eran un desastre. Una mestiza volátil con pasado experimental, un enano tradicionalista pero peligrosamente innovador, una beastman empática y protectora, y un humano anómalo que era a la vez la clave y el mayor riesgo de todos.
Y ahora, tenían a su cargo al Rango S más eficiente y peligroso del Gremio, reducido a una cáscara vacía. Una situación... complicada. Pero manejable.
"Protocolo OSA-Beta," dijo Valerius, tomando una decisión, "permanece oficialmente suspendido. La re-evaluación de S-000 se pospone indefinidamente." Se dirigió a Kaelen.
"Organice el traslado de S-000 a la unidad médica de contención mínima dentro de la Residencia 7-Alfa. Que se le proporcionen funciones vitales básicas, pero sin intentos de estimulación o recuperación activa hasta nueva orden." Luego, se giró hacia el equipo, su voz adquiriendo un tono que era a la vez una orden y una advertencia sutil.
"Equipo C-734, su directiva inmediata es la siguiente: observar." Sus ojos se detuvieron en cada uno de ellos.
"Observen al Consultor Vega durante su período de recuperación. Registren cualquier anomalía, cualquier recuerdo fragmentado que pueda verbalizar, cualquier cambio en sus parámetros energéticos." Su mirada se desvió hacia la cámara de Cero.
"Y observen a S-000. Día y noche. Informen de cualquier cambio, por mínimo que sea. Un parpadeo, un espasmo, un murmullo. Todo." Hizo una pausa.
"Por ahora, no se requiere ninguna otra acción por su parte. Manténganse dentro de la residencia. Estabilicen a su líder. Vigilen al Rango S caído. Esperen instrucciones." La orden era deliberadamente ambigua. Los dejaba varados, efectivamente convertidos en enfermeros y carceleros de bajo nivel para dos de las anomalías más peligrosas bajo el control del Gremio. Era una forma de mantenerlos contenidos, ocupados y bajo control indirecto mientras él decidía su siguiente movimiento.
Les daba la responsabilidad, pero les quitaba el poder. Sin esperar respuesta, Valerius se giró.
"Kaelen, conmigo. Tenemos que informar al Consejo... de una versión manejable de estos eventos." Y con eso, salió de la sala de observación, dejando al equipo C-734 solo con el peso de su nueva y terrible carga. IV. Regreso a la Jaula Dorada El viaje de regreso desde las profundidades de la Instalación Segura 7 hasta la Residencia 7-Alfa fue un ejercicio de tensión silenciosa y logística sombría.
Se movían como fantasmas por los corredores funcionales pero opresivos del Gremio, un cortejo fúnebre improvisado escoltando a dos almas perdidas. Martín era el epicentro de la preocupación inmediata. Caminaba como un autómata, sus pies arrastrándose, su peso muerto apoyado casi por completo en Althaea y Thorian. Su mirada seguía perdida, saltando entre el presente y los ecos fragmentados de Quimera que sin duda asaltaban su mente.
De vez en cuando, un temblor más violento lo sacudía, y murmuraba palabras rotas que helaban la sangre de sus compañeros: "Marcas... no lloran... Omega-7... frío..." Althaea le hablaba en voz baja y constante, no esperando respuesta, sino intentando ser un ancla auditiva, una cuerda de salvamento en la tormenta de sus recuerdos ajenos.
Thorian monitoreaba sus signos vitales con una concentración feroz, su rostro una máscara de preocupación enana, ajustando discretamente un pequeño regulador de flujo energético en el cinturón de Martín, tratando de estabilizar el caos que leía en su escáner. Detrás de ellos, la camilla de estasis flotante con Cero era un foco de atención diferente, más frío y perturbador. Flotaba silenciosamente, una isla de quietud absoluta en medio de la tensión del grupo.
Los dos técnicos del Gremio que la manejaban lo hacían con una eficiencia desapegada, como si transportaran un equipo defectuoso al almacén. El rostro de Cero, perfectamente vacío, era una afrenta a la vida. Kora no podía apartar la vista de él. Caminaba a la par de la camilla, sus ojos yendo del rostro inerte de Cero a las manos vendadas de Martín y viceversa. La conexión entre ambos, forjada en la violencia de la intervención mental, era ahora una realidad ineludible. ¿Qué había visto Martín ahí dentro?
¿Qué había quedado de Cero? Y, la pregunta más egoísta y aterradora, ¿qué parte de sí misma, de Quimera, se reflejaba en esa cáscara vacía? El personal del Gremio con el que se cruzaban desviaba la mirada o los observaba con una curiosidad mal disimulada.
El Equipo C-734 ya era una anomalía conocida; verlos ahora, escoltando al legendario y temido S-000 en ese estado, mientras su propio líder parecía al borde del colapso, solo alimentaba las especulaciones y los rumores que sin duda ya corrían como la pólvora por los canales de comunicación internos. Eran un espectáculo extraño y preocupante, un síntoma visible de que algo muy profundo y quizás peligroso estaba ocurriendo en las altas esferas. Finalmente, llegaron a la Residencia 7-Alfa.
El espacio, que antes les parecía una jaula dorada pero al menos suya, ahora se sentía diferente, contaminado por la nueva presencia y la incertidumbre. Los técnicos, siguiendo instrucciones remotas de Kaelen, comenzaron a preparar una de las habitaciones libres – irónicamente, la que Kora había estado usando como almacén personal y que ahora tuvo que desalojar a toda prisa, lanzando sus pertenencias al pasillo con una mezcla de resentimiento y urgencia.
Instalaron rápidamente el equipo médico básico: monitores que mostraban líneas exasperantemente estables, un sistema de soporte vital mínimo, y activaron un campo de contención de baja intensidad alrededor de la cama donde depositaron a Cero con una eficiencia impersonal.
El campo no parecía diseñado para detener a un Rango S, sino más bien para evitar que un paciente catatónico se hiciera daño si sufría alguna convulsión inesperada, o quizás, pensó Martín con un escalofrío, para alertar a alguien si intentaba salir. Una vez completada la instalación, los técnicos se cuadraron brevemente ante Kaelen (que había supervisado el proceso desde la puerta) y se retiraron sin decir palabra, dejando al equipo solo en la residencia.
La puerta principal se cerró con un suave silbido neumático, sellando el silencio. Ahora eran cinco. Tres de ellos de pie, agotados, tensos, mirando a los otros dos. Martín, semiconsciente, apoyado contra Althaea, luchando por mantenerse en pie. Y Cero, acostado en la cama médica improvisada, una figura inmóvil en el corazón de su nuevo y extraño hogar. La orden de Valerius resonó en la quietud: Observar. Se habían convertido, sin pedirlo, en los guardianes de dos misterios, de dos sistemas rotos.
La jaula dorada acababa de añadir un nuevo barrote, uno hecho de vacío y preguntas sin respuesta. V. Vigilia Silenciosa y Ecos Internos Las siguientes horas se disolvieron en una bruma de agotamiento, tensión silenciosa y cuidados improvisados. Llevaron a Martín a su propia habitación, Althaea ayudándolo a tumbarse mientras Thorian preparaba una infusión calmante con algunas de las hierbas que la beastman cultivaba.
Martín cayó casi de inmediato en un sueño profundo pero agitado, su cuerpo finalmente sucumbiendo al estrés físico y mental extremo. Murmuraba en sueños, frases inconexas sobre niños silenciosos y protocolos rotos, y Althaea se quedó a su lado durante un rato, simplemente observando su respiración irregular, su mano descansando suavemente sobre su frente como para ahuyentar las pesadillas. Mientras tanto, Thorian y Kora establecieron una especie de vigilia informal frente a la habitación donde yacía Cero.
No hablaban mucho. Thorian montó una pequeña estación de monitoreo improvisada fuera de la puerta, conectando uno de sus escáneres rúnicos a los monitores básicos del Gremio, buscando cualquier fluctuación, por mínima que fuera, en el estado del Rango S. Kora se sentó en el suelo apoyada contra la pared opuesta, afilando su cuchillo de combate con movimientos lentos y metódicos, sus ojos fijos en la puerta cerrada, como si esperara que Cero se levantara de repente. El tiempo pasó lentamente.
La residencia, normalmente llena de la energía nerviosa de Kora, las maldiciones técnicas de Thorian o las conversaciones tranquilas de Martín y Althaea, estaba sumida en un silencio pesado, solo roto por la respiración de los presentes y el zumbido bajo de la tecnología del Gremio. Más tarde, quizás ya entrada la noche, Martín despertó.
El agotamiento seguía pesando sobre él como una losa, pero el torbellino de imágenes y emociones ajenas había remitido un poco, dejando tras de sí una profunda melancolía y una sensación de vacío. Se incorporó lentamente, sintiendo el dolor sordo detrás de los ojos y el sabor metálico persistente en la boca. Althaea ya no estaba a su lado; probablemente había ido a descansar o a relevar a Thorian o Kora en la vigilia. Se quedó sentado en la oscuridad, escuchando el silencio de la residencia.
Abrió el Canal, buscando la presencia familiar de Serena. <Serena... >, pensó, su propia voz mental sonando débil. <Aquí estoy, corazón, > respondió ella al instante, su calidez una bienvenida presencia en la oscuridad interna. <Lo vi, Serena, > murmuró Martín mentalmente, las imágenes volviendo con una claridad dolorosa. <Todo. Quimera. El... niño que era Cero. Lo que le hicieron. Lo que él hizo... Lo que Valerius hizo. Está tan... roto. > <Lo sé, >, la empatía de Serena era casi palpable.
<Sentí los ecos a través de ti. El dolor, la fractura... fue inmenso. Pocas conciencias podrían soportar algo así y seguir existiendo, aunque sea de forma fragmentada. > <Pero yo volví, > dijo Martín. <Tú me ayudaste. La esfera... el ancla aguantó, apenas. ¿Y él? ¿Puede... sanar? ¿O lo dejé peor al romper sus defensas? > Hubo una pausa, como si Serena midiera sus palabras. <Rompiste el bucle lógico que lo consumía como un parásito, corazón. Eso era necesario. Lo que queda ahora es... el núcleo herido.
La conciencia original, o lo que queda de ella, expuesta, vulnerable, sin las defensas lógicas que la protegían pero también la ahogaban. > Otra pausa. <¿Sanar? La sanación de una herida tan profunda es un camino largo y arduo, lleno de incertidumbre. Dependerá de muchos factores... de su propia voluntad residual, de las herramientas adecuadas... y quizás, >, sintió la calidez de Serena intensificarse, <también de ti. De alguien que ha visto su oscuridad y no ha huido. Pero no ahora, Martín. No todavía.
Ahora, tú también necesitas sanar. Necesitas encontrar tu propio equilibrio antes de intentar reparar el de otro. > Las palabras de Serena resonaron en el silencio de su mente. Sanar. Equilibrio. Eran conceptos que se sentían increíblemente lejanos. Empujado por una necesidad que no comprendía del todo, Martín se levantó silenciosamente de la cama. Descalzo, caminó por el pasillo tenuemente iluminado hasta la puerta de la habitación donde habían instalado a Cero.
Kora estaba allí, dormitando sentada contra la pared, su cuchillo en el regazo. No pareció oírlo. Martín se asomó por el resquicio de la puerta entreabierta. Cero seguía exactamente en la misma postura en que lo habían dejado: tumbado boca arriba, las manos a los lados, su rostro vuelto hacia el techo, perfectamente inmóvil bajo la luz azulada de los monitores. Parecía una efigie de cera, una escultura de vacío. No había movimiento.
No había respiración perceptible más allá de la subida y bajada mínima de su pecho indicada por los monitores. No había nada. Excepto... Martín entrecerró los ojos. Al principio pensó que era un reflejo de la luz del monitor, pero no. Rodando muy lentamente por la sien pálida de Cero, desde la esquina exterior de su ojo derecho completamente inexpresivo, había una única y solitaria lágrima. Brillaba débilmente bajo la luz artificial, un rastro húmedo y silencioso sobre la piel inmóvil. Cero no parpadeó.
No hizo ningún sonido. La lágrima simplemente estaba allí, un testimonio mudo de algo – dolor residual, un reflejo biológico, un eco del núcleo herido – que rompía la perfecta quietud de su estado catatónico. Martín se quedó observando, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda que no tenía nada que ver con el frío de la residencia. ¿Qué significaba? ¿Era una señal de que algo quedaba dentro, luchando? ¿O solo la última contracción de un sistema que se apagaba? No lo sabía.
Solo sabía que esa imagen – la quietud absoluta y esa lágrima solitaria – se quedaría grabada en su memoria, un símbolo perturbador de la tragedia de Cero y de la pesada carga que ahora descansaba sobre sus propios hombros.

Giữ khẩu khí thanh khiết — không văn tục, không phá chính trị.
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