Chương 133: Capítulo 133 - El Lamento del Lagarto Rey
404: Realidad no encontrada [Español] · nikcodra · 216 chương · ~47 phút đọc · Tạo 01/09/2026
Sección 1: La Señal y el Guardián Inmóvil La confirmación de Thorian resonó en el aire húmedo y fétido del claro: la señal del sensor arcano perdido estaba cerca, en algún lugar entre las ruinas semi-sumergidas y los árboles nudosos que las rodeaban. La tensión en el grupo, ya elevada por la presencia constante de Kora y el entorno opresivo, se agudizó con la proximidad del objetivo. Pero la inquietud provocada por las huellas grandes y las marcas de arrastre descubiertas por Althaea persistía.
Algo más había sucedido aquí. Siguiendo los pitidos cada vez más insistentes del detector de Thorian y la propia percepción de Martín, que sentía una firma energética artificial destacando sobre el fondo orgánico y decrépito de la ciénaga, se movieron hacia el centro del claro. Allí, donde los restos de unos pilares de piedra antigua emergían del lodo como dientes rotos, la señal se hizo más fuerte. Y entonces lo vieron. No era el sensor lo que captó su atención de inmediato, sino la figura que lo "guardaba".
Semi-enterrada en el fango oscuro al pie de los pilares, había una masa enorme, informe y amenazadora. Parecía hecha de la propia ciénaga: lodo oscuro y compacto, raíces gruesas y retorcidas como músculos tensos, y trozos de las mismas ruinas de piedra incrustados en su superficie, algunos grabados con runas desgastadas que brillaban débilmente con una luz enfermiza. Era un Golem del Pantano, una construcción elemental o quizás un guardián antiguo despertado de un largo letargo.
Estaba completamente inmóvil, como una estatua grotesca, pero Martín sintió una energía latente poderosa emanando de él, un poder antiguo y territorial que dormitaba bajo la superficie fangosa. Y allí, atrapado entre una de sus "garras" de raíz y lodo y la base de un pilar, casi invisible, estaba el objeto de su búsqueda: un pequeño cilindro metálico con cristales incrustados, sin duda el sensor arcano de Elmsworth.
"Ahí está," susurró Martín, señalando con un gesto cauteloso. Thorian bajó su detector, sus ojos de enano brillando con una mezcla de interés científico y extrema precaución.
"¡Fascinante!" murmuró.
"Una amalgama elemental de lodo y biomasa, estabilizada con fragmentos rúnicos de contención... ¡Tecnología pre-Convergencia, casi seguro! ¡Pero la firma energética es inestable! ¡Podría activarse en cualquier momento!"
"Activarse o no," intervino Kora en voz baja, su habitual bravuconería reemplazada por una cautela inusual mientras observaba al golem inmóvil. Había desenfundado su pistola de mano y la sostenía lista.
"Esa cosa parece que podría tragarse mi ballesta entera y pedir postre. Volarlo en pedazos va a ser... complicado. Y probablemente ruidoso." Por una vez, su sugerencia implícita de explosiones parecía más una evaluación de riesgo que un deseo. Althaea, que había estado estudiando al golem con la intensidad de un cazador midiendo a un oso cavernario dormido, negó con la cabeza.
"No es solo un montón de barro y raíces," dijo, su voz un susurro apenas audible.
"Siento... antigüedad. Dolor. Y una espera. Ha estado aquí mucho, mucho tiempo. Perturbarlo sin saber qué es o por qué está aquí... es imprudente." Su mirada se posó en el sensor atrapado.
"Pero necesitamos esa cosa." El dilema era claro. Necesitaban el sensor, pero estaba custodiado por una entidad antigua y potencialmente muy peligrosa. Un ataque frontal era descartable; no sabían qué se necesitaría para dañar al golem, y el riesgo de dañar el sensor o despertar una furia elemental incontrolable era demasiado alto.
"Distracción," dijo Martín, pensando en voz alta.
"Necesitamos que desvíe su atención... si es que tiene atención que desviar. O al menos, crear una perturbación lo suficientemente lejos como para que podamos acercarnos al sensor sin provocar una reacción directa." Miró a Kora.
"Tu ballesta. ¿Puedes hacer ruido o lanzar algo llamativo hacia el otro lado del claro? Algo que no lo golpee directamente, pero que lo haga... mirar hacia allí, si es que mira." Kora sopesó la idea, su ojo normal entrecerrado, el rúnico brillando mientras evaluaba al golem.
"Puedo intentarlo," dijo finalmente.
"Tengo unos virotes sónicos que hacen un ruido infernal. O unos lumínicos que podrían encandilar a un basilisco. No garantizo que el montón de barro se inmute, pero haré ruido." Se retiró unos pasos, buscando una buena línea de tiro hacia un punto alejado del golem.
"Mientras Kora crea la distracción," continuó Martín, mirando a Althaea, "tú y yo nos acercamos por el flanco opuesto. Rápido y silencioso. Recuperamos el sensor y nos retiramos antes de que esa cosa decida que no le gusta el espectáculo de luces." Althaea asintió, sus músculos tensos, lista para moverse.
"Yo monitorizaré las fluctuaciones energéticas del golem," añadió Thorian, desplegando de nuevo su escáner principal.
"Si muestra algún signo de activación o respuesta hostil, abortamos inmediatamente." El plan era simple, quizás demasiado simple, pero era el único que tenían que no implicaba una confrontación directa con el guardián inmóvil. Martín intercambió una mirada con Althaea. Ambos sabían los riesgos. Un movimiento en falso, un ruido demasiado fuerte, y podrían despertar algo que era mejor dejar dormir en el fango de las Ciénagas Olvidadas.
Sección 2: Distracción Ruidosa y Datos Perturbadores Kora se movió con una agilidad sorprendente para alguien cargada con tanto metal, encontrando una posición relativamente estable en un montículo de raíces secas a unos treinta metros del golem, en el lado opuesto a donde Martín y Althaea planeaban acercarse. Cargó su ballesta pesada, no con un virote explosivo, sino con uno de aspecto más estilizado, con cristales incrustados en la punta. Hizo una señal corta y brusca con la cabeza: estaba lista.
Thorian levantó un pulgar, sus ojos fijos en las lecturas de su escáner.
"Energía del golem estable... por ahora. Procedan con extrema cautela." Althaea y Martín intercambiaron una última mirada. Luego, como sombras deslizándose sobre el agua estancada, comenzaron a moverse. Althaea iba primero, sus pies encontrando apoyo en raíces sumergidas y parches de lodo compacto con una seguridad instintiva.
Martín la seguía de cerca, intentando imitar su silencio, su visión de código activa, barriendo constantemente el entorno en busca de cualquier cambio energético, cualquier señal de que el golem estuviera reaccionando.
"¡Ahora, Kora!" susurró Martín por el comunicador que Thorian había logrado impermeabilizar. Se oyó el silbido característico de la ballesta tecnomágica de Kora, seguido un instante después por un destello cegador de luz blanca azulada que iluminó el claro desde el extremo opuesto, acompañado de un agudo chillido sónico que hizo vibrar el aire y provocó que una bandada de pájaros de aspecto desagradable saliera graznando de las copas de los árboles. Martín contuvo el aliento, observando al golem.
La enorme figura permaneció inmóvil. No hubo reacción visible al destello ni al sonido. Quizás estaba verdaderamente inerte, o quizás su percepción operaba en un plano diferente.
"¡Sin cambios energéticos significativos!" informó Thorian por el comunicador.
"¡Sigan!" Aprovechando la (aparente) indiferencia del golem, Althaea aceleró el paso, llegando junto al pilar donde el sensor estaba atrapado. Se agachó, sus movimientos precisos y económicos. El cilindro metálico estaba encajado entre una gruesa raíz que parecía formar parte del "brazo" del golem y la base de piedra erosionada. Althaea probó a tirar suavemente, pero estaba firmemente sujeto.
"Atrapado," susurró. Sacó una de sus cuchillas.
"Espera," intervino Martín, acercándose. Enfocó su visión de código en la unión. Vio la energía del golem fluyendo perezosamente a través de la raíz, y la firma más aguda del sensor justo al lado. Vio también cómo la raíz ejercía presión sobre un punto específico del cilindro.
"Si cortas ahí, podrías dañar el sensor. Intenta... aquí." Señaló un punto ligeramente diferente en la raíz, donde el código energético parecía más débil, más fácil de separar sin afectar al objeto atrapado.
"Y rápido." Althaea asintió. Con un movimiento rápido y experto, hundió la punta de su cuchilla en el punto indicado por Martín y apalancó. Hubo un crujido húmedo y la raíz cedió lo suficiente. Althaea agarró el sensor y tiró. El cilindro metálico salió con un sonido de succión del lodo que lo rodeaba. Estaba cubierto de fango, golpeado y con uno de los cristales agrietado, pero entero.
"¡Lo tengo!" susurró Althaea.
"¡Retirada! ¡Ahora!" ordenó Martín. Se replegaron con la misma velocidad silenciosa con la que habían avanzado, volviendo a la relativa seguridad del borde del claro donde Thorian y Kora los esperaban. Kora había disparado otro par de virotes lumínicos para mantener la "distracción", aunque el golem seguía tan inmóvil como una montaña.
"¡Informe!" demandó Thorian en cuanto estuvieron juntos, sin dejar de vigilar al golem con su escáner.
"Sensor recuperado," dijo Althaea, entregándole el cilindro embarrado al enano. Thorian lo tomó con cuidado casi reverencial, limpiando el lodo con un paño especializado.
"Bien hecho. Dañado, sí, cristal de enfoque principal fracturado, pero... ¡la carcasa rúnica parece intacta! ¡Podría haber datos recuperables!" Sacó su datapad y un cable de interfaz con varios adaptadores. Conectó el sensor al datapad con manos expertas. La pantalla cobró vida, mostrando líneas de código y diagramas de diagnóstico.
"¡Sí! ¡Núcleo de memoria funcional! Accediendo a los últimos registros..." Martín se inclinó junto a él, activando su propia visión de código para ayudar a descifrar la información. Esperaba encontrar lecturas ambientales, datos sobre fluctuaciones energéticas... Pero lo que apareció en la pantalla, y lo que él vio en las líneas de código subyacentes, le heló la sangre. No eran solo datos ambientales. Eran notas. Registros de voz encriptados. Diagramas biológicos modificados.
Eran los registros de experimentación de Elmsworth. Notas detalladas sobre la captura y modificación de fauna local, incluyendo los Lagartos de Lodo. Descripciones de cómo les implantaba dispositivos de control rúnico, cómo probaba su agresividad aumentada, cómo medía sus umbrales de dolor. Era un catálogo frío y desapasionado de tortura en nombre de la ciencia.
"Por la Forja Fría..." murmuró Thorian, su rostro pálido bajo la barba. El último registro estaba corrupto, fragmentado, pero era claro. Una entrada de voz de Elmsworth, jadeante, llena de pánico.
"... ¡Sujeto Alfa fuera de control! ¡El implante... fallo catastrófico! ¡Agresión extrema! ¡Necesito... retirada! ¡Sensor perdido durante la... agh!" La grabación se cortaba abruptamente con el sonido de algo pesado golpeando y un gruñido inhumano. Se miraron unos a otros, el horror reflejado en sus rostros (excepto quizás en el de Kora, que parecía más interesada en si el sensor podía explotar). Habían encontrado el sensor.
Pero también habían encontrado la prueba irrefutable de la crueldad de Elmsworth y la confirmación de que había sido atacado por su propia creación: un Lagarto de Lodo Alfa, modificado y probablemente enloquecido por el dolor. La misión acababa de volverse mucho más oscura. Sección 3: La Bestia Herida El silencio que siguió a la reproducción del último y fragmentado registro de Elmsworth fue pesado, cargado de disgusto y una nueva capa de aprensión.
La misión, que ya era desagradable, había adquirido un matiz siniestro. No solo buscaban un objeto perdido; estaban lidiando con las consecuencias directas de la experimentación cruel y chapucera de un erudito sin escrúpulos.
"Así que el viejo loco jugaba a ser dios con los bichos del pantano," rompió el silencio Kora, aunque su tono carecía de la habitual ligereza burlona. Había algo en la fría crueldad de los registros que parecía haberla afectado.
"Y una de sus mascotas le mordió la mano. Poético, ¿no?"
"Poético o no," replicó Thorian con severidad, desconectando el sensor y guardándolo cuidadosamente en una bolsa acolchada, "esto complica significativamente la situación. El objetivo secundario era la 'posible extracción' de Elmsworth. Basado en ese registro, la probabilidad de que esté vivo y en condiciones de ser extraído es... baja."
"Pero no cero," intervino Martín, su mente trabajando rápido.
"Fue atacado, herido quizás, pero el registro se corta. Podría haber escapado." Una parte de él sentía la obligación de investigar, no tanto por Elmsworth, sino por la responsabilidad implícita en la misión y la posibilidad de que un hombre herido estuviera perdido en la ciénaga. Otra parte, sin embargo, sentía una profunda repulsión hacia el erudito y ningún deseo de arriesgar más al equipo por él.
Althaea, que había estado examinando de nuevo las marcas de arrastre cerca del golem mientras ellos analizaban el sensor, regresó al grupo.
"Las marcas grandes no son de reptil," dijo en voz baja.
"Son... humanoides. Botas pesadas. Probablemente Elmsworth, arrastrándose o siendo arrastrado antes de llegar al golem." Señaló en una dirección diferente, hacia una zona de juncos altos y retorcidos.
"Pero hay otro rastro que empieza cerca de donde se cortó la grabación. Uno diferente. Grande. Escamoso. Y... errático. Como si estuviera herido o desorientado." You might be reading a pirated copy. Look for the official release to support the author. La decisión flotó en el aire. ¿Cumplir el objetivo primario (sensor recuperado) y largarse?
¿O seguir el rastro de la criatura modificada, el "Lagarto Rey", para confirmar el destino de Elmsworth y quizás neutralizar una amenaza creada por el Gremio (indirectamente, a través de Elmsworth)?
"Vamos a seguir el rastro del lagarto," decidió Martín finalmente, la responsabilidad pesando más que la prudencia.
"Necesitamos saber qué pasó con Elmsworth, y si esa criatura sigue siendo una amenaza activa." Kora gruñó algo sobre "horas extras no pagadas", pero levantó su ballesta. Thorian asintió con resignación, preparando sus sensores. Althaea ya se estaba moviendo, siguiendo las huellas del lagarto con la concentración de un sabueso. El rastro los llevó más profundamente entre las ruinas semi-sumergidas y los árboles cubiertos de musgo.
Las huellas eran enormes, mucho más grandes que las de los lagartos que habían enfrentado antes, y había signos evidentes de lucha o dolor: ramas rotas, lodo revuelto y ocasionales gotas de una sangre oscura y de aspecto viscoso. Finalmente, en una pequeña hondonada oculta por cortinas de lianas colgantes, lo encontraron. El Lagarto Rey.
Era una bestia imponente, fácilmente el doble de tamaño que los otros, con una cresta ósea recorriendo su espina dorsal y placas de quitina natural reforzadas con lo que parecían ser injertos metálicos oxidados y runas toscamente grabadas directamente sobre su piel escamosa. Una de sus patas traseras estaba torcida en un ángulo antinatural, y profundos arañazos, algunos todavía supurando, marcaban sus costados. Pero lo más llamativo era su comportamiento. No estaba al acecho, ni agresivo.
Estaba acurrucado contra la base de un árbol antiguo, temblando visiblemente y emitiendo un gemido bajo y gutural, un sonido que no era de amenaza, sino de puro sufrimiento. El grupo se detuvo, observando desde la distancia.
"Por la Gran Piedra..." susurró Thorian.
"Mira esas modificaciones... ¡Bárbaro! ¡Inestable! ¡Es una maravilla que siga vivo!"
"Está herido," dijo Althaea, su voz teñida de una inesperada compasión.
"Y asustado." Intentaron acercarse lentamente, con las armas bajas pero listas.
"Tranquilo, grandullón," dijo Martín en voz baja, usando el tono calmado que a veces funcionaba con animales asustados.
"No queremos hacerte daño." Pero en cuanto la criatura los detectó, el miedo y el dolor parecieron anular cualquier otra cosa. Con un rugido que fue más un chillido de pánico, se lanzó torpemente hacia ellos. Su tamaño y fuerza eran inmensos, y aunque su pata herida lo hacía cojear, su embestida era desesperada y peligrosa.
"¡Atrás!" gritó Althaea, empujando a Martín y esquivando por poco un coletazo que partió un árbol joven cercano como si fuera una ramita. El combate comenzó de nuevo, pero esta vez se sentía diferente. No era una lucha contra un depredador, sino contra una víctima enloquecida por el dolor. Martín activó su visión de código, buscando frenéticamente una debilidad, un punto vulnerable como en los otros lagartos. Pero no encontró nada claro.
La estructura energética de la criatura estaba reforzada por las runas y las placas metálicas, creando un escudo caótico pero efectivo. Sin embargo, bajo ese refuerzo, vio la energía vital del lagarto fluctuando salvajemente, inestable, como una llama a punto de extinguirse. Fue entonces cuando la voz fría del Arquitecto resonó en su mente, inoportuna como siempre. «Análisis de combate ineficiente. Estás utilizando solo el espectro básico de percepción de código.
Acceso a capas superiores disponible post-reconfiguración Karak Dhur. Activa el overlay de resonancia emocional. Protocolo Sigma-7. » Martín casi había olvidado esa habilidad, eclipsada por la lucha constante con las presencias internas. La visión emocional que había vislumbrado brevemente tras la fusión. ¿Seguiría funcionando? ¿Se atrevía a usarla?
Miró al Lagarto Rey, que ahora forcejeaba con una red energética que Thorian había logrado lanzar sobre él, mientras Kora disparaba virotes aturdidores que parecían tener poco efecto. Vio el pánico en sus ojos reptilianos, escuchó sus gemidos de dolor. Tomó una decisión. Dejó que esa nueva capa se superpusiera a su percepción, sin palabras, solo voluntad y un enfoque brutal. El mundo cambió. La visión normal se superpuso con un espectro de colores emocionales.
Las débiles auras de miedo de sus compañeros, la irritación contenida de Thorian, la furia controlada de Althaea... y luego, el Lagarto Rey. Su aura era una tormenta. Una capa exterior de rojo brillante y errático –puro pánico y agresión defensiva–, pero debajo, como había sospechado Althaea, había un océano de miedo azul oscuro y profundo. Y en el centro, irradiando hacia afuera, un núcleo palpitante y enfermizo de color naranja amarillento: dolor físico intenso y agonizante. No era un monstruo.
Era una criatura torturada, atrapada en un ciclo de miedo y dolor, atacando ciegamente a cualquier cosa que se acercara. La perspectiva del combate cambió por completo. Sección 4: Dominio y Contención La revelación de la visión emocional cambió todo. La criatura que tenían delante no era un enemigo a destruir, sino una víctima desesperada. Pero su pánico y su fuerza bruta seguían siendo letales.
El Lagarto Rey se debatía violentamente contra la red energética de Thorian, que chisporroteaba y amenazaba con ceder, mientras los virotes aturdidores de Kora apenas parecían registrarse en su gruesa piel modificada. Althaea esquivaba sus coletazos y mordiscos con agilidad, buscando una apertura para inmovilizarlo sin causarle más daño, pero el tamaño y la desesperación de la bestia hacían que fuera casi imposible.
"¡No es agresivo! ¡Está aterrado y sufre!" gritó Martín por encima del rugido dolorido del lagarto. Trató de comunicar la urgencia de su descubrimiento a los demás.
"¡El ataque es puro pánico!"
"¡Eso no hace que sus dientes sean menos afilados!" replicó Kora, esquivando por poco una garra que rasgó el aire donde ella había estado un segundo antes.
"¡Y mi munición no es infinita!"
"¡La red no aguantará mucho más!" advirtió Thorian, manipulando los controles de su proyector de redes, que echaba chispas.
"¡Su fuerza es errática pero inmensa!" La situación era insostenible. O lo mataban para defenderse, perpetuando el ciclo de violencia iniciado por Elmsworth, o encontraban otra forma. Y rápido.
"¡Tenemos que inmovilizarlo, no matarlo!" insistió Martín, su mente trabajando a toda velocidad. Una idea loca, peligrosa, comenzó a formarse, inspirada por el recuerdo de su pacto con el espíritu en Tarnak y las tensas negociaciones internas con sus propias entidades.
"¡Thorian, Kora! ¡Olviden el daño! ¡Preparen todo lo que tengan para contener! ¡Redes, runas de parálisis, adhesivos, lo que sea!" Se giró hacia Althaea.
"¡Althaea, necesito que lo distraigas! ¡Mantén su atención lejos de mí solo por un momento!" Althaea asintió, comprendiendo la intención sin necesidad de más palabras. Con un grito gutural, se lanzó hacia un costado del lagarto, no para atacar, sino para presentar un objetivo móvil y amenazante, atrayendo la mirada y la furia momentánea de la bestia. Mientras la atención del Lagarto Rey se desviaba hacia Althaea, Martín cerró los ojos.
Respiró hondo, buscando deliberadamente la presencia roja y furiosa del Guardián dentro de su mente. Normalmente luchaba por contenerla, por mantenerla a raya tras el cortafuegos. Ahora, necesitaba recurrir a ella, pero no a su furia ciega, sino a la esencia de su poder: la dominación, la autoridad primigenia, la voluntad inflexible que había sentido emanar de él. Era un riesgo enorme. El entrenamiento con Serena era incipiente, el control precario.
Un error, una pérdida de enfoque, y podría ser él quien perdiera el control. «Guardián, » pensó, no como una súplica, sino como una orden tensa, un pacto forzado. «Necesito tu fuerza. No para destruir. Para dominar. Préstame tu autoridad. » Sintió la respuesta como una oleada de calor intenso, una furia ancestral que amenazaba con consumirlo. Luchó por mantenerla enfocada, por canalizarla no hacia el exterior como un arma destructiva, sino como una presión, una presencia imponente. Abrió los ojos.
Sus iris castaños brillaban ahora con débiles motas rojizas, y el aire a su alrededor pareció volverse más pesado. Dio un paso adelante, enfrentándose directamente al Lagarto Rey, cuya atención seguía dividida por las fintas de Althaea. Martín no gritó, no hizo ningún movimiento amenazante. Simplemente proyectó esa voluntad dominante, esa energía roja y opresiva, directamente hacia la mente ya aterrorizada de la criatura. Fue como un grito silencioso de autoridad absoluta: ¡BASTA! ¡QUIETO! ¡SOMÉTETE!
El efecto fue inmediato y sorprendente. El Lagarto Rey vaciló en su ataque a Althaea. Su enorme cabeza giró hacia Martín, sus ojos reptilianos dilatándose. Dejó escapar un gemido bajo, diferente al de antes, un sonido de sumisión temerosa. Retrocedió un paso, tropezando con su pata herida, bajando instintivamente la cabeza ante la abrumadora presión psíquica que emanaba del humano de baja estatura.
Temblaba, no solo de dolor, sino de una sumisión forzada ante una voluntad más fuerte y aterradora que su propio pánico.
"¡AHORA!" gritó Martín, sintiendo el esfuerzo inmenso que le costaba mantener ese dominio, sintiendo al Guardián rugiendo en su interior, queriendo más que solo sumisión. El equipo reaccionó al instante. Althaea aprovechó la vacilación de la criatura para lanzar una cuerda reforzada alrededor de sus patas delanteras, tirando con fuerza para desequilibrarla. Thorian disparó una segunda red, esta vez cargada con runas de parálisis temporal que brillaron al contacto con la piel del lagarto.
Kora, entendiendo la nueva estrategia, cambió su munición y disparó varios virotes que explotaron no con fuerza, sino liberando una sustancia gris y pegajosa que se endureció rápidamente, inmovilizando aún más las extremidades y la cola de la bestia contra el suelo fangoso. Hubo unos segundos de forcejeo desesperado por parte del lagarto, pero las ataduras combinadas y la continua presión dominante de Martín lo superaron.
Finalmente, la criatura se desplomó sobre el lodo, inmovilizada, respirando agitadamente, sus gemidos de dolor y miedo ahora más apagados, resignados. Martín soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo, sintiendo cómo la energía roja retrocedía, dejándolo mareado y con un sudor frío. El esfuerzo mental había sido brutal, y el eco de la furia del Guardián todavía resonaba en su cabeza. Miró a la criatura inmovilizada, luego a sus compañeros, que lo observaban con una mezcla de asombro y cautela.
Habían logrado contener a la bestia. Sin matarla. Pero el coste interno para Martín era evidente, y la pregunta de qué hacer a continuación flotaba pesadamente en el aire fétido de la ciénaga. Sección 5: El Origen del Dolor El silencio que siguió a la inmovilización del Lagarto Rey fue casi tan tenso como el combate mismo. La enorme criatura yacía atrapada en la red de cuerdas, energía paralizante y adhesivo rúnico, sus flancos subiendo y bajando con respiraciones agitadas.
Sus ojos reptilianos, ya no enloquecidos por el pánico, observaban al grupo con una mezcla de miedo y agotamiento. Los gemidos de dolor, aunque más apagados, no habían cesado por completo. Martín se acercó lentamente, ignorando su propia fatiga y el zumbido residual de la energía del Guardián en sus oídos. Mantuvo su visión emocional activa, confirmando que el miedo seguía presente, pero el dolor físico, ese núcleo naranja amarillento, era la fuente principal del sufrimiento continuo de la criatura.
Necesitaba encontrar su origen.
"Tranquilo," murmuró de nuevo, aunque no estaba seguro de si la bestia entendía las palabras o solo el tono calmado.
"Solo queremos ayudar." Se arrodilló con cuidado junto al costado del lagarto, donde el aura de dolor parecía más intensa. Su visión de código se superpuso a la emocional, buscando no solo la energía del sufrimiento, sino también cualquier anomalía estructural o energética bajo la piel modificada.
Althaea se posicionó cerca, lista para intervenir si la criatura intentaba moverse, mientras Thorian y Kora observaban desde una distancia prudente, el primero con curiosidad científica, la segunda con una expresión indescifrable. Pasó las manos suavemente sobre las escamas ásperas y las placas metálicas incrustadas, sintiendo el temblor del animal. Y entonces, su visión de código detectó algo.
Justo debajo de una placa de metal mal ajustada en el costado, cerca de donde la pata trasera estaba herida, había un objeto pequeño, claramente artificial, emitiendo una firma energética errática y discordante. Era un código intrusivo, parasitario, que parecía enviar pulsos dolorosos a la red nerviosa de la criatura.
"Aquí," dijo Martín, señalando el lugar.
"Hay algo... implantado. Creo que es la causa del dolor." Miró a Thorian.
"Reconozco parte del patrón rúnico de los diagramas de Elmsworth que vimos en el sensor. Es uno de sus dispositivos." Thorian se acercó con sus herramientas de precisión.
"Un módulo de control neuronal, probablemente. O de inducción de comportamiento a través del dolor. Si está dañado o funcionando mal, podría estar enviando señales de agonía constantes." Examinó la zona.
"La placa está suelta. Podría intentar quitarla, pero necesitaré estabilizar el dispositivo antes de extraerlo para evitar una descarga descontrolada."
"Yo puedo intentar aislar la conexión energética," ofreció Martín.
"Si puedo 'cortar' el flujo del código que lo alimenta desde dentro del lagarto mientras tú trabajas desde fuera..."
"Procedimiento de alto riesgo," advirtió Thorian, pero ya estaba seleccionando una herramienta fina y puntiaguda.
"Pero factible. Althaea, necesitaré que mantengas esa sección lo más inmóvil posible." Althaea asintió y presionó suavemente pero con firmeza sobre el área alrededor de la placa suelta, inmovilizando al lagarto, que gimió de nuevo ante el contacto. Comenzó la delicada operación. Thorian trabajó con la precisión de un cirujano, usando sus herramientas para levantar con cuidado los bordes de la placa metálica y exponer el dispositivo incrustado debajo: un pequeño cilindro con cables finos y runas brillantes.
Martín cerró los ojos, enfocándose intensamente, visualizando el código del dispositivo y las hebras de energía que lo conectaban al sistema nervioso del lagarto. Con una concentración extrema, empezó a tejer barreras de energía azul, interrumpiendo esas conexiones una por una, como cortar hilos invisibles. Kora observaba todo el proceso en silencio, su habitual actitud descarada reemplazada por una rara expresión de concentración, quizás incluso de reconocimiento ante la tecnología invasiva.
Hubo un momento tenso cuando Thorian comenzó a extraer el dispositivo. La criatura se tensó, un gruñido bajo vibró en su pecho. Martín sintió una oleada de energía caótica desde el implante y redobló sus esfuerzos para contenerla. Finalmente, con un último y cuidadoso movimiento, Thorian extrajo el cilindro dañado. En el instante en que el dispositivo fue retirado, un largo suspiro tembloroso recorrió el cuerpo del Lagarto Rey. La tensión abandonó sus músculos.
El núcleo palpitante de dolor desapareció de la visión emocional de Martín, dejando solo el miedo residual y un profundo agotamiento. La criatura dejó de luchar contra sus ataduras. Simplemente yació allí, respirando más tranquilamente, sus ojos ahora fijos en Martín, no con pánico, sino con una especie de comprensión tranquila y recelosa. No estaba sometido, no era dócil, pero la fuente de su agonía había sido eliminada. Estaba... calmado. El grupo dio un paso atrás, observando a la criatura ahora tranquila.
Habían cumplido el objetivo primario: recuperar el sensor. Habían descubierto la oscura verdad detrás de la desaparición de Elmsworth. Y habían logrado neutralizar a la bestia resultante de sus experimentos sin necesidad de matarla. Pero la victoria se sentía incompleta, ambigua. Tenían un lagarto gigante modificado, inmovilizado y ahora relativamente pacífico en medio de una ciénaga peligrosa.
Tenían el sensor de Elmsworth, pero el propio erudito seguía desaparecido, probablemente herido y huyendo en algún lugar de este infierno verde y pútrido. Y tenían la incómoda prueba de los crímenes del Gremio (o al menos, de uno de sus miembros de alto rango). Se miraron unos a otros. El alivio se mezclaba con la incertidumbre. Habían superado el desafío inmediato, pero la pregunta flotaba, tácita y pesada, en el aire fétido de la ciénaga: ¿Y ahora qué?

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