Chương 132: Capítulo 132 - La Frontera Pútrida
404: Realidad no encontrada [Español] · nikcodra · 216 chương · ~47 phút đọc · Tạo 01/09/2026
Sección 1: El Éxodo y el Aire Cambiante Tras registrar oficialmente su partida para la Misión B-412 en un terminal del Gremio –un proceso que Thorian criticó por su redundancia burocrática y Kora soportó con impaciencia–, el Equipo C-734 finalmente dejó atrás los muros blancos de Lumina. Optaron por salir por una de las puertas laterales, menos congestionada que las grandes arcadas centrales, ansiosos por poner distancia entre ellos y el corazón administrativo de la ciudad.
El aire exterior golpeó a Martín con una mezcla de familiaridad y alivio; aunque todavía llevaba el orden de los campos cultivados que se extendían como un tapiz alrededor de la metrópoli, se sentía innegablemente más vivo, más libre que la atmósfera cuidadosamente filtrada y controlada de la que acababan de emerger. Era el primer paso tangible hacia las ciénagas, y un bienvenido respiro mental de la presión constante de la vida bajo la mirada del Gremio. Decidieron viajar a pie.
La sugerencia de Thorian de solicitar un transporte terrestre del Gremio fue descartada con una mirada elocuente de Althaea y un bufido de Kora ("¿Encerrados en una lata con ruedas? ¡Ni hablar! Necesito espacio para... estirar las piernas"). Así que se pusieron en marcha, dejando atrás la influencia visible de Lumina, cuyas torres aún se perfilaban en el horizonte como dedos pálidos apuntando a un cielo que parecía más azul y vasto aquí fuera. La transición fue gradual pero constante.
Los caminos pavimentados dieron paso a senderos de tierra, los campos de cultivo perfectamente delineados se transformaron en parcelas más descuidadas y luego en bosques menos domesticados. La presencia humana disminuyó, reemplazada por el canto de aves desconocidas y el susurro del viento entre árboles más salvajes. La dinámica del grupo en movimiento se estableció rápidamente, una mezcla de viejos hábitos y nuevas fricciones.
Althaea, como era de esperar, pareció cobrar vida con cada kilómetro que los alejaba de Lumina. Su postura se relajó, sus movimientos se volvieron más fluidos y silenciosos, sus sentidos visiblemente más agudos. Caminaba a menudo unos pasos por delante, leyendo el terreno, aunque Martín notó que su mirada volvía con frecuencia hacia atrás, no solo para asegurarse de que la seguían, sino para mantener una vigilancia constante sobre Kora.
Durante las noches, cuando acampaban bajo las estrellas (una visión que aún llenaba a Martín de una mezcla de asombro y nostalgia por un cielo que no era el suyo), Althaea tomaba la primera y la última guardia, sus ojos ambarinos brillando en la oscuridad, tan alerta a las amenazas externas como a la impredecible nueva miembro del equipo. Thorian, por supuesto, se quejaba.
Cada raíz que amenazaba con hacerlo tropezar, cada charco de barro que salpicaba sus botas meticulosamente impermeabilizadas, cada insecto que zumbaba demasiado cerca de su barba era motivo de una letanía de maldiciones en Khazalid y diatribas sobre la superioridad de la ingeniería subterránea.
"¡Absurdo! ¡Transporte bípedo ineficiente! ¡Terreno no optimizado! ¡La humedad relativa está un 15% por encima de los parámetros aceptables para la preservación rúnica a largo plazo!" refunfuñaba constantemente. Para sorpresa de Martín, Kora a menudo se unía al coro de quejas de Thorian, aunque con su propio estilo.
"¡Totalmente de acuerdo, Barbas!" exclamaba después de tropezar con una piedra.
"¡Odio el verde! ¡Es un color sobrevalorado! ¡Y todo pica o muerde! ¿Por qué alguien viviría voluntariamente aquí fuera?" Su afinidad por el aire libre era claramente nula, y el esfuerzo físico de la marcha parecía irritarla profundamente. Sin embargo, a pesar de las quejas y los comentarios sarcásticos ("¿Ya llegamos? ¿Falta mucho? ¿Puedo dispararle a esa ardilla sospechosa?"), se mantenía al ritmo del grupo.
La promesa de créditos, prestigio y quizás alguna explosión parecía ser motivación suficiente para soportar la incomodidad. Su presencia era como un zumbido constante de energía nerviosa y comentarios inapropiados, molesta pero, hasta ahora, no directamente obstructiva. Martín caminaba generalmente entre Thorian y Kora, intentando filtrar sus quejas mutuas.
Él también sentía la incomodidad física –su baja estatura lo hacía esforzarse más en terreno irregular–, pero la sensación de espacio abierto, el olor a tierra húmeda y a vegetación real, era un alivio innegable después de la claustrofobia de piedra y protocolo de Lumina. A veces, se desconectaba de las conversaciones y simplemente observaba. Activaba su visión de código, no buscando amenazas activamente, sino maravillándose de la complejidad salvaje de la vida natural.
Veía los intrincados patrones de energía fluyendo a través de los árboles, el código vibrante de un pájaro en vuelo, la red interconectada de raíces bajo sus pies. Era un código diferente al que conocía, más caótico, más orgánico, lleno de redundancias y extrañas elegancias. Le recordaba lo poco que aún entendía de este mundo, pero también le daba una sensación de asombro que había perdido en la ciudad.
Pasaron dos días así, avanzando a buen ritmo hacia el suroriente, hacia la región marcada en sus mapas como las Ciénagas Olvidadas. El aire se volvía progresivamente más pesado, la vegetación más densa y oscura. La sensación de dejar atrás la civilización, incluso la opresiva civilización de Lumina, era definitiva. Estaban entrando en territorio salvaje, y pronto, en uno de los entornos más hostiles que el continente tenía para ofrecer. La relativa calma del viaje estaba a punto de terminar.
Sección 2: El Umbral del Hedor Después de casi tres días de marcha constante, el paisaje cambió de forma definitiva y ominosa. Los bosques se volvieron más oscuros, los árboles más retorcidos y cubiertos de un musgo espeso y negruzco que parecía absorber la luz. El suelo bajo sus pies se ablandó, pasando de tierra firme a un fango pegajoso que succionaba sus botas a cada paso. El aire, que se había ido volviendo progresivamente más húmedo, ahora se sentía pesado, espeso, casi como si se pudiera masticar.
Y luego estaba el olor. Fue lo primero que golpeó a Martín con toda su fuerza, un hedor complejo y profundamente desagradable. Era una mezcla dulzona y pútrida de vegetación en descomposición, agua estancada y el inconfundible tufo metálico de la sangre vieja o la carroña oculta. Era un olor que se pegaba a la garganta y hacía que el estómago se revolviera.
"¡Puaj! ¡Por las barbas oxidadas de mi abuelo!" exclamó Thorian, llevándose una mano enguantada a la nariz y activando rápidamente un pequeño dispositivo en su cinturón. Un ligero zumbido indicó que sus filtros atmosféricos personales estaban trabajando horas extras.
"¡La concentración de metano y sulfuro de hidrógeno supera los niveles de seguridad recomendados! ¡Este aire es activamente tóxico!" Kora hizo una mueca exagerada, sacando la lengua como si hubiera probado algo amargo.
"¡Uf! ¡Y yo que pensaba que el aliento del Enano después de comer queso de cabra fermentado era malo! ¡Esto huele a que algo muy grande se murió aquí y decidió invitar a todos sus amigos podridos a la fiesta!" A pesar de su bravuconería, incluso ella parecía afectada por la pestilencia. Althaea, sin embargo, apenas reaccionó al olor. Su atención estaba completamente enfocada en el entorno.
Se había detenido al borde de la ciénaga propiamente dicha, sus orejas lupinas girando, sus ojos ambarinos escudriñando la densa maleza y la superficie oscura y aceitosa del agua estancada que se extendía ante ellos. Su postura era la de una depredadora entrando en un territorio desconocido y peligroso, cada músculo tenso, cada sentido alerta. El aire aquí podía ser venenoso para otros, pero para ella, era simplemente información: rastros de criaturas, cambios en el viento, la presencia de agua estancada.
El paisaje que se abría ante ellos era desolador. Árboles nudosos y enfermizos emergían del agua oscura, sus ramas cubiertas de lianas gruesas como serpientes y musgos colgantes que parecían sudarios. El agua estaba cubierta por una capa de algas verdosas y burbujeaba esporádicamente, liberando bolsas de gas maloliente.
El silencio que habían percibido acercándose se reveló falso; estaba lleno de sonidos inquietantes: el zumbido grave de insectos del tamaño de pájaros pequeños, el croar gutural de criaturas invisibles, el chapoteo súbito y alarmante de algo grande moviéndose bajo la superficie turbia.
"Las Ciénagas Olvidadas," murmuró Martín, sintiendo una opresión en el pecho que no era solo por el hedor. Su visión de código parpadeaba, mostrando patrones energéticos estancados, casi putrefactos, muy diferentes a la vibrante complejidad del bosque que acababan de dejar atrás. Era como si la propia energía vital del lugar estuviera enferma, corrompida.
"Hace honor a su nombre." El primer desafío fue encontrar un camino para adentrarse. El borde era un laberinto de raíces expuestas, lodo profundo y charcos de agua de aspecto traicionero. Mientras Althaea exploraba con cautela unos metros más adelante, Thorian usó uno de sus sensores.
"¡Cuidado! Esa zona de allí," señaló un parche de lodo que burbujeaba perezosamente, "emite vapores ácidos. Corrosivo para tejido orgánico y la mayoría de los metales no tratados." Justo entonces, una nube oscura y zumbante descendió sobre ellos: mosquitos enormes, con patas largas y delgadas y probóscides que parecían agujas. Kora soltó una maldición y empezó a dar manotazos.
"¡Fuera, chupasangres mutantes! ¡Lárguense!" Uno logró picarla en el cuello antes de que pudiera aplastarlo.
"¿Ven? ¡Ya empezamos! ¡Odio este lugar!" Martín se cubrió la cara, tratando de espantar a los insectos. Sacó un pequeño frasco con el repelente natural que Althaea había preparado, un ungüento espeso con un olor penetrante a cítricos y pino que, sorprendentemente, pareció disuadir a la mayoría de los bichos. Habían cruzado el umbral. Estaban oficialmente en las Ciénagas Olvidadas, un reino de descomposición, peligro y hedor. La misión acababa de empezar, y el entorno ya se sentía como un enemigo en sí mismo.
Sección 3: Navegando el Lodo Adentrarse en la ciénaga fue como entrar en otro mundo, uno donde la tierra firme era un lujo y cada paso una apuesta. El lodo era omnipresente, a veces llegando hasta las rodillas, succionando sus botas con un ruido obsceno y dificultando cada avance. El aire seguía siendo espeso y maloliente, y la luz del sol apenas se filtraba a través del denso dosel de hojas enfermas y lianas colgantes, creando una penumbra perpetua salpicada de extraños reflejos verdosos sobre el agua estancada.
Althaea, como era de esperar, tomó la delantera. Se movía con una gracia sorprendente sobre el terreno traicionero, sus pasos largos y seguros, probando el suelo delante de ella con la punta de su lanza antes de comprometer su peso. Sus sentidos agudizados parecían guiarla, permitiéndole encontrar las rutas menos peligrosas a través del laberinto de raíces sumergidas y charcos de profundidad desconocida.
Leía las señales sutiles del entorno –un grupo de juncos doblados de forma antinatural, el rastro casi invisible de una criatura sobre el barro, el cambio en el patrón de burbujas en el agua– con una habilidad que dejaba a los demás atrás. Thorian la seguía de cerca, aunque con mucha menos gracia y muchas más quejas. Utilizaba un sensor de corto alcance montado en un bastón telescópico, sondeando el suelo delante de él en busca de bolsas de gas metano, arenas movedizas o caídas abruptas ocultas bajo el agua turbia.
"¡Concentración de ácido húmico superior al 70% aquí!" anunciaba con frecuencia.
"¡Terreno estructuralmente inestable a la derecha! ¡Detecto emisiones biológicas de origen desconocido a treinta metros!" Su progreso era lento, metódico y ruidoso. Kora iba justo detrás de Thorian, chapoteando en el lodo con evidente disgusto y maldiciendo en voz baja (y a veces no tan baja) cada vez que el fango intentaba tragarse una de sus botas. Su ballesta gigante parecía aún más incómoda en este entorno cerrado y desigual.
Se mantenía funcional, siguiendo las indicaciones a regañadientes, pero su aburrimiento e incomodidad eran palpables. Martín cerraba la formación. Su baja estatura lo hacía especialmente vulnerable al lodo profundo, y a menudo tenía que hacer un esfuerzo extra para no quedarse atascado. Intentaba compensar usando su visión de código, barriendo el entorno en busca de patrones energéticos que pudieran indicar peligro.
Veía las débiles firmas de la vida vegetal luchando por sobrevivir, los flujos estancados de energía en el agua, y ocasionalmente, los destellos más agudos de pequeñas criaturas adaptadas a este entorno pútrido. Era un código lento, pesado, casi enfermo. Habían avanzado así durante quizás una hora, siguiendo un curso tortuoso que Althaea trazaba entre los árboles nudosos, cuando se toparon con una zona particularmente desagradable.
Era una extensión de barro negruzco y burbujeante, salpicada de matas de raíces retorcidas y afiladas como cuchillas. Althaea se detuvo, indicando con un gesto que buscaría un rodeo. Thorian empezó a desplegar su sensor con más cautela. Fue entonces cuando Kora, que había estado refunfuñando sobre sanguijuelas imaginarias, se detuvo de golpe.
"¿Ojo con eso," dijo bruscamente, señalando con la barbilla una mata de raíces particularmente densa y de aspecto inocente a la izquierda del camino que Althaea estaba considerando. Su ojo rúnico rojo brilló con una intensidad momentánea.
"No pisen ahí." Stolen story; please report. Thorian se giró, irritado por la interrupción y la falta de justificación.
"¿Y se puede saber en qué basa su experta opinión geológica, Afiliada Kora? ¿En el color del musgo? ¿En la alineación de los planetas?"
"Llámenlo instinto de rata de callejón," replicó Kora, sin inmutarse por el sarcasmo.
"O que esa cosa," señaló de nuevo las raíces, "brilla raro en mi ojo estropeado. Como si estuviera... zumbando. Da igual. Yo no la pisaría si no quiero acabar como brocheta de mestiza para las lombrices gigantes que seguro viven aquí abajo." Mientras Thorian resoplaba y Althaea miraba la zona con renovada sospecha, Martín enfocó su propia visión de código en las raíces señaladas. Y contuvo el aliento. Kora tenía razón.
Justo debajo de la superficie del lodo, entrelazado con las raíces, había un patrón energético anómalo, un glifo natural o quizás semi-artificial que pulsaba débilmente. Una trampa. Probablemente diseñada para enredar o liberar una descarga de energía estancada al ser pisada.
"Tiene razón," dijo Martín, su voz sonando un poco tensa por la sorpresa.
"Hay algo ahí. Una trampa de energía. Bien visto, Kora." Kora le dirigió una mirada que era una mezcla de suficiencia y sorpresa genuina por el reconocimiento. Se encogió de hombros.
"A veces, la chatarra defectuosa ve cosas útiles." Althaea asintió brevemente a Kora, una mínima señal de respeto a regañadientes, antes de guiar al grupo por un camino diferente, rodeando la zona peligrosa con aún más cautela. El incidente dejó una extraña sensación en el aire. Kora seguía siendo una fuente de caos, pero acababa de demostrar una habilidad inesperada, una percepción que complementaba, o quizás incluso rivalizaba en ciertas situaciones, con la de Martín.
Un rato después, mientras hacían una breve pausa en un pequeño montículo de tierra relativamente seca para beber agua y revisar el equipo, Kora pareció sucumbir de nuevo al aburrimiento. Observó una gran burbuja de gas que subía perezosamente a la superficie de un charco cercano.
Con un movimiento rápido, desenfundó una pistola de mano más pequeña (otra arma que Martín no le había visto antes) y disparó un pequeño proyectil energético que impactó en la burbuja, haciéndola estallar con un silbido inofensivo pero audible. Althaea se giró y la fulminó con la mirada.
"Ruido innecesario," dijo simplemente. Kora guardó la pistola con una sonrisa inocente.
"Solo comprobaba la humedad en el mecanismo de disparo. Todo en orden. Podemos seguir chapoteando." Martín suspiró. Un paso adelante, medio paso atrás. Navegar por las ciénagas iba a ser agotador. Navegar con Kora, aún más. Sección 4: Diente y Garra Apenas habían retomado la marcha, adentrándose en una zona donde los árboles nudosos crecían más juntos y las sombras se hacían más profundas, cuando el ataque llegó.
No hubo advertencia sonora, solo un movimiento borroso surgiendo del agua estancada a ambos lados del estrecho sendero que seguían. Dos formas reptilianas, grandes como perros mastines pero bajas y anchas, emergieron del lodo con una velocidad sorprendente. Su piel, de un color verde parduzco y cubierta de protuberancias verrugosas, los camuflaba perfectamente con el entorno.
Largas colas con púas se agitaban, y sus fauces se abrieron revelando hileras de dientes afilados como agujas, de los que goteaba una saliva espesa y de aspecto enfermizo.
"¡Lagartos de Lodo!" gritó Thorian, reconociendo a las criaturas de algún bestiario consultado.
"¡Saliva venenosa! ¡Eviten las mordeduras!" La reacción del grupo fue casi instantánea, producto de los instintos de supervivencia perfeccionados en innumerables encuentros anteriores, aunque la coordinación como nueva unidad aún estaba por probarse. Althaea fue un torbellino de movimiento felino. Esquivó el primer ataque de uno de los lagartos, que intentó atraparle la pierna con sus fauces, y contraatacó con su lanza.
La punta silbó en el aire, obligando a la criatura a retroceder y permitiendo a Althaea mantenerla a distancia, buscando una apertura en su gruesa piel. Thorian activó inmediatamente un escudo rúnico hemisférico que brilló con luz azulada, protegiéndose a sí mismo y a Martín, que estaba justo detrás de él. Sacó un escáner de mano, intentando obtener una lectura rápida de las criaturas mientras esquivaba los coletazos de la que Althaea mantenía ocupada.
"¡Piel gruesa! ¡Resistencia moderada a energía cinética! ¡Busquen las articulaciones o la parte inferior!" gritó por encima del gruñido de las bestias.
"¡Por fin, algo de diversión!" Kora soltó un grito de guerra que fue más bien un chillido agudo y maníaco. Descolgó su enorme ballesta tecnomágica con una rapidez que desmentía su tamaño y apuntó al segundo lagarto, que se abalanzaba hacia ella y Thorian.
"¡A comer plomo explosivo, lagartija fea!" Un virote silbó y explotó con un ¡CRUMP! ensordecedor justo delante de la criatura. El lagarto retrocedió, aturdido y claramente dolorido, pero la explosión también levantó una lluvia de lodo apestoso y fragmentos de raíces que salpicaron a todos. Una sección del estrecho sendero de tierra firme se derrumbó en el agua burbujeante.
"¡Kora, control de fuego!" gritó Martín, limpiándose el barro de la cara mientras usaba su visión de código para analizar al lagarto que forcejeaba con Althaea. Vio una fluctuación, una debilidad estructural justo detrás de la pata delantera.
"¡Althaea! ¡Hombro izquierdo! ¡Bajo la placa!" Althaea no necesitó más. Con una finta rápida, atrajo el ataque del lagarto y, en el instante en que la criatura expuso su costado, hundió la punta de su lanza con precisión letal en el punto indicado por Martín. El lagarto soltó un chillido agudo y se desplomó, convulsionando, en el lodo.
Mientras tanto, Kora, ignorando la advertencia de Martín o quizás interpretándola a su manera, había cambiado a su pistola de mano y estaba acribillando al segundo lagarto, que seguía aturdido por la explosión inicial. Los disparos energéticos impactaban en su piel, dejando quemaduras chisporroteantes. No contenta con eso, saltó hacia adelante y, con un grito, descargó un golpe brutal con uno de sus guanteletes arcanizados directamente en la cabeza de la criatura.
Hubo un sonido repugnante de hueso y carne cediendo, y el segundo lagarto quedó inmóvil, su cráneo destrozado. Un silencio tenso cayó sobre el grupo, roto solo por el burbujeo del pantano y la respiración agitada. Habían sobrevivido al primer encuentro. Fue entonces cuando Kora soltó una maldición más elaborada que las anteriores.
"¡Mierda! ¡Me pilló el cabrón!" Se estaba mirando el antebrazo izquierdo. Un corte irregular, no muy profundo pero sí desagradable, sangraba profusamente donde un diente o una garra la había alcanzado en la refriega, probablemente durante su carga final. La piel alrededor de la herida ya empezaba a enrojecer e hincharse de forma alarmante.
"¡Saliva venenosa!" recordó Thorian.
"¡Necesita un antídoto!" Kora intentó restarle importancia, tratando de limpiar la sangre con un trozo de tela aún más sucio que colgaba de su cinturón.
"¡Bah! ¡No es nada! ¡He tenido cosas peores por intentar robarle la cena a un Golem de Basura!" Martín se acercó, su expresión seria.
"Deja eso. Puede estar envenenado," dijo, su tono no dejando lugar a discusión.
"Déjame verlo."
"¡Estoy bien, te digo!" Kora intentó apartar el brazo, su orgullo herido tan evidente como la propia herida.
"¡No necesito niñeras!" Martín la sujetó suavemente pero con firmeza por el brazo.
"Kora," dijo, mirándola directamente a los ojos, "una herida infectada o envenenada aquí, en medio de la nada, te convierte en una carga. Una carga pesada y lenta. Y si te conviertes en una carga," su voz se endureció, recordando sus propias experiencias de vulnerabilidad, "te dejamos atrás. Esas son las reglas no escritas para sobrevivir aquí. Ahora, por última vez, déjame curarte." La lógica brutal de sus palabras pareció calar.
Kora lo miró fijamente, su mandíbula apretada, la bravuconería luchando contra el pragmatismo y quizás un atisbo de miedo. Finalmente, apartó la mirada y asintió a regañadientes, dejando el brazo inmóvil. Martín respiró hondo. No le gustaba usar su habilidad así, la sensación de manipular el código de la vida misma siempre le dejaba una extraña inquietud, y recordaba el coste que a veces tenía. Pero era necesario. Colocó su mano sobre la herida inflamada.
Cerró los ojos, enfocándose, ignorando el hedor y el entorno. Visualizó las líneas de código que representaban el tejido dañado, la firma energética alienígena del veneno. Con concentración, empezó a tejer su propia energía azul –la energía controlada, no la furia roja del Guardián– en esos patrones. Deshizo el código del veneno, lo neutralizó, y luego guió la reparación celular, cerrando los vasos sanguíneos, uniendo la piel. Kora soltó un respingo y un quejido ahogado.
"¡Maldición! ¿Qué mierda es eso?" murmuró, mirando con incredulidad cómo la herida se cerraba visiblemente bajo la mano de Martín, dejando solo una línea pálida donde antes había un corte sangrante. Sintió un frío extraño recorrerle el brazo, seguido de una oleada de debilidad y mareo, como si le hubieran drenado algo.
"¿Qué me has hecho?" Apartó el brazo bruscamente en cuanto Martín retiró la mano.
"Curación," respondió Martín, sintiendo él mismo una punzada de fatiga por el esfuerzo energético. Abrió los ojos, su mirada encontrando la de Kora, ahora llena de una nueva mezcla de asombro, sospecha y una vulnerabilidad que ella intentó ocultar rápidamente tras una mueca.
"Funciona. Ahora, andando. Hemos perdido tiempo y hecho demasiado ruido." Se puso en marcha de nuevo. Detrás de él, Kora se quedó un segundo frotándose el brazo, como si intentara borrar la sensación con la piel. Cuando levantó la vista, ya no lo miraba como a un jefe: lo miraba como a un problema nuevo. Sección 5: La Zona Cero No hablaron. No hacía falta. El pantano burbujeaba a su alrededor y, por primera vez desde que cruzaron el umbral, el silencio entre ellos pesaba más que el hedor.
Kora caminaba un poco más atrás, frotándose ocasionalmente el brazo donde Martín la había curado, su habitual torrente de comentarios sarcásticos reducido a un murmullo resentido. Incluso Thorian parecía menos inclinado a quejarse del entorno, quizás reflexionando sobre la rapidez con la que la situación podía volverse letal. Althaea, como siempre, mantenía su vigilancia silenciosa, pero Martín notó que sus miradas hacia Kora eran ahora más evaluadoras, menos puramente hostiles.
Siguieron las indicaciones del mapa holográfico de la misión y la experta guía de Althaea, adentrándose aún más en el corazón fétido de la ciénaga. El terreno se volvió ligeramente más firme bajo sus pies, aunque el lodo seguía siendo una presencia constante. La vegetación cambió sutilmente: los árboles eran más grandes aquí, nudosos y ancianos, sus raíces formando complejas estructuras que emergían del agua estancada como los huesos de criaturas olvidadas.
El aire olía si cabe más a descomposición, pero también a algo más... a piedra vieja y a magia estancada. Finalmente, Althaea levantó una mano, deteniendo al grupo. Habían llegado a un claro irregular, una zona ligeramente más elevada que las circundantes.
En el centro, semi-sumergidas en el agua oscura y el lodo, se distinguían las formas erosionadas de antiguas estructuras de piedra: muros derrumbados, pilares rotos, los restos de lo que alguna vez pudo ser un pequeño templo o un puesto avanzado olvidado por el tiempo. Árboles nudosos y retorcidos crecían entre las ruinas, sus raíces abrazando la piedra como si intentaran devorarla. Thorian consultó su datapad, comparando las lecturas de sus sensores con las coordenadas de la misión.
"Aquí es," confirmó, su voz baja y seria.
"Según las coordenadas trianguladas del último informe de Elmsworth, el 'incidente de pérdida del sensor' ocurrió en un radio de cincuenta metros de este punto exacto." Guardó el datapad y sacó un dispositivo diferente, uno con una antena de cristal giratoria.
"Intentaré detectar la firma energética residual del sensor arcano. Si Elmsworth no exageraba sus capacidades, debería emitir una señal débil, incluso dañado... suponiendo que la humedad no lo haya corroído por completo." Comenzó a barrer lentamente el área con el detector. Althaea no esperó. Sus ojos ambarinos ya estaban escudriñando los alrededores con una intensidad enfocada.
Se movió en silencio por el borde del claro, examinando el suelo en busca de huellas recientes, marcas en los árboles, cualquier señal que indicara la presencia de Elmsworth o de la criatura o evento que le hizo perder su preciado sensor. Su lenguaje corporal era el de una cazadora entrando en la guarida de una bestia desconocida. Kora observó las ruinas con una mezcla de aburrimiento y desdén. Pateó un trozo de piedra cubierta de musgo que resultó ser un cráneo humanoide antiguo.
"¿Así que buscamos un cacharro brillante para un viejo chiflado en medio de esta pila de rocas mohosas y agua de cloaca?" Soltó un bufido.
"Genial. Apuesto a que lo usó para intentar hablar con los mosquitos y se le cayó cuando uno le picó en el culo." Sacó su pistola de mano y empezó a limpiarla de nuevo, aunque sus ojos no dejaban de moverse, barriendo las sombras entre las ruinas con una cautela que contradecía su tono despreocupado. Martín, mientras tanto, activó su visión de código. El aire aquí se sentía... espeso, no solo por la humedad.
Había una resonancia energética diferente, más antigua y compleja que la simple descomposición de la ciénaga. Las ruinas mismas pulsaban débilmente con ecos de magia antigua, patrones fragmentados y erosionados por el tiempo y el entorno. Enfocó su percepción, buscando algo fuera de lugar, algo que no perteneciera a la lenta decadencia del lugar: la firma más aguda y probablemente tecnológica del sensor perdido de Elmsworth, o quizás, la energía residual de lo que sea que lo hubiera atacado o causado el incidente.
Comenzaron la búsqueda. Thorian se movía lentamente, su detector emitiendo suaves pitidos erráticos. Althaea desapareció entre las sombras de los árboles más grandes, siguiendo algún rastro invisible para los demás. Kora se mantuvo cerca de las ruinas más expuestas, pateando escombros y ocasionalmente apuntando su pistola a sombras sospechosas. Martín caminó hacia el centro del claro, hacia los pilares semi-sumergidos, sintiendo que la extraña resonancia energética se intensificaba ligeramente allí.
El código era denso, confuso... y había algo más. Una nota discordante. Una firma energética débil, casi ahogada por el ruido de fondo de la ciénaga y las ruinas, pero definitivamente... artificial. Y familiar. Se detuvo, entrecerrando los ojos, concentrándose.
"¿Thorian?" llamó en voz baja.
"¿Tu detector capta algo cerca de esos pilares centrales?" Justo cuando Thorian se giraba para responder, Althaea reapareció abruptamente desde el borde del claro, su expresión tensa.
"Huellas," dijo simplemente, su voz un susurro urgente.
"Recientes. No de Elmsworth. Demasiado grandes. Y algo más... marcas de arrastre." En el mismo instante, el detector de Thorian emitió un pitido agudo y sostenido.
"¡Lectura positiva! ¡Firma energética coincidente con un resonador armónico de baja frecuencia! ¡Justo allí, cerca de los pilares!" Y Martín, siguiendo la dirección indicada, vio no solo la fuente de la señal que había detectado con su código, sino también el origen de las marcas de arrastre que Althaea había encontrado. Algo –o alguien– había estado allí recientemente. Y no parecía haberse ido por voluntad propia. La búsqueda del sensor acababa de empezar, pero ya habían encontrado algo mucho más inquietante.
La ciénaga guardaba secretos más oscuros que simplemente un erudito descuidado y su tecnología perdida.

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