Chương 125: Capítulo 125 - Ecos en la Torre y Caída en la Ilusión
404: Realidad no encontrada [Español] · nikcodra · 216 chương · ~36 phút đọc · Tạo 01/09/2026
Sección 1: La Sombra de Piedra Gris Las colinas ondulantes de Thyralia cedieron gradualmente a un terreno más quebrado y rocoso a medida que se acercaban a su objetivo. La hierba se volvió más escasa, reemplazada por matorrales espinosos y afloramientos de una piedra oscura, casi negra, que parecía absorber la ya de por sí escasa luz del cielo encapotado. El aire era más frío aquí, con un viento constante que silbaba entre las rocas, llevando consigo un olor a piedra húmeda y a algo más...
algo antiguo y polvoriento, como el aliento de una tumba olvidada. Finalmente, tras coronar una última cresta rocosa, la vieron. La Torre Vigía de Piedra Gris. No se parecía a las agujas elegantes de Lumina ni a las fortalezas funcionales de Karak Dhur. Era una estructura brutal, casi primitiva en su diseño, aunque de una escala imponente. Se alzaba solitaria en medio de una pequeña meseta barrida por el viento, un dedo nudoso de piedra oscura apuntando hacia el cielo plomizo.
Las paredes estaban hechas de bloques masivos de esa misma roca negra local, erosionados por siglos de viento y lluvia, dándole un aspecto dentado y amenazante. No había ventanas visibles en los niveles inferiores, solo estrechas aspilleras que parecían ojos vacíos y vigilantes. La parte superior estaba parcialmente derruida, terminando en almenas rotas que se asemejaban a dientes quebrados. La torre no gritaba peligro; lo susurraba.
Emanaba una sensación de profunda antigüedad, de abandono, pero también de una presencia latente, como si la piedra misma estuviera observando, esperando. Martín sintió un escalofrío recorrerle la espalda, una resonancia incómoda y familiar que le recordó la opresión silenciosa de las ruinas R-D-4, pero aquí la sensación era más fuerte, más... despierta.
"Silencio," murmuró Althaea, agachándose instintivamente, sus ojos ambarinos barriendo metódicamente el terreno circundante.
"Demasiado silencio. Ni pájaros, ni insectos cerca de la base." Se movió con la gracia silenciosa de un cazador, rodeando la aproximación inmediata a la torre, buscando trampas naturales, huellas recientes, cualquier señal de vida o defensa.
"Hay rastros," susurró al regresar tras unos minutos.
"Un solo par de botas, de hace un día quizás. Descuidadas. Entró por la puerta principal... o lo que queda de ella." Señaló una gran abertura oscura en la base de la torre, donde una puerta de madera reforzada con metal colgaba precariamente de un solo gozne oxidado. Mientras Althaea exploraba el perímetro físico, Thorian había desplegado discretamente un conjunto de sensores portátiles, moviéndolos lentamente, sus ojos fijos en la tablilla de datos. Fruncía el ceño.
"Lecturas extrañas," refunfuñó en voz baja.
"Hay una emisión de energía residual de fondo, muy débil, consistente con estructuras pre-Convergencia... pero está... fluctuando. Patrones erráticos, picos inconsistentes en el espectro telúrico bajo. No es natural. Y no coincide con ninguna firma de defensa rúnica estándar conocida." Miró hacia la torre con una nueva chispa de interés técnico mezclado con aprensión.
"Algo ahí dentro está... activo. O perturbado." El equipo de Elmsworth, como habían acordado, se había detenido a una distancia considerable, estableciendo un pequeño campamento base en una hondonada protegida del viento. Eran una presencia invisible por ahora, pero Martín era dolorosamente consciente de que estaban allí, esperando, observando, listos para entrar en escena una vez que ellos hubieran lidiado con la "infestación". Martín observó la torre oscura, sintiendo la inquietud crecer en su interior.
El viento silbaba alrededor de las piedras antiguas, llevando consigo ecos de voces olvidadas o quizás solo el juego de su propia mente tensa. La torre no parecía simplemente abandonada; parecía... expectante. Como si hubiera estado esperando visitas durante mucho, mucho tiempo.
"Bien," dijo finalmente, su voz sonando un poco ahogada en la quietud.
"Entremos con cuidado. Althaea, tú guías. Thorian, atento a esas lecturas. Yo cubriré la retaguardia y... escucharé." Sabía que su sensibilidad única, aunque peligrosa, era su mejor herramienta en un lugar como este.
Con un último vistazo a la distante figura de Elmsworth estableciendo su campamento, y sintiendo el peso de la esfera fusionada en su bolsillo como un corazón adicional y silencioso, avanzaron hacia la entrada ruinosa de la Torre Vigía de Piedra Gris, adentrándose en la sombra de la piedra antigua y el misterio que albergaba. Sección 2: Ecos del Pasado Cruzar el umbral de la torre fue como entrar en una boca fría y silenciosa. El viento cesó abruptamente, reemplazado por un silencio denso y cargado de polvo.
El aire era pesado, inmóvil, con un olor mezcla de piedra húmeda, moho y algo más, un rastro metálico casi imperceptible, como el de la sangre seca o la energía arcana estancada. La oscuridad era casi total, apenas rota por la escasa luz gris que se filtraba por las aspilleras altas y la entrada ruinosa a sus espaldas. Thorian activó una luminaria rúnica de mano, proyectando un cono de luz blanca y estable que reveló el interior del primer nivel.
Era una sala de guardia circular y vasta, con techos abovedados que se perdían en la penumbra superior. Gruesos pilares de la misma piedra oscura sostenían la estructura, cubiertos de glifos y tallas erosionados por el tiempo hasta ser casi irreconocibles. El suelo estaba cubierto por una gruesa capa de polvo y escombros, pero bajo ellos se adivinaban losas de piedra maciza.
"Arquitectura defensiva pre-Convergencia, estilo Ciclopeano Tardío," murmuró Thorian, pasando la luz de la luminaria por las paredes, sus ojos brillando con interés académico a pesar de la atmósfera opresiva.
"Estos glifos... no coinciden con los registros estándar del Gremio. Más antiguos. Posiblemente relacionados con cultos elementales primarios o..."
"Huellas," interrumpió Althaea en voz baja, señalando el polvo. Eran las mismas marcas de botas descuidadas que habían visto fuera. Conducían hacia una escalera de caracol de piedra que ascendía en la oscuridad por uno de los lados de la sala.
"Karras subió por aquí. No parece haber bajado." Avanzaron con cautela, Althaea en cabeza, moviéndose con una gracia silenciosa que contrastaba con el pesado caminar de Thorian y la tensión alerta de Martín. El aire se sentía cada vez más cargado a medida que subían por la escalera de caracol. Martín activó su visión de código de forma intermitente, barriendo las paredes. No detectaba trampas mágicas activas complejas, pero sí percibía... ecos.
Fragmentos de código antiguo, degradado, casi ilegible, incrustados en la propia piedra, como fantasmas energéticos de encantamientos olvidados. Y algo más: una corriente constante y débil de energía que parecía fluir hacia arriba, desde las profundidades de la torre. Mientras subían, encontraron signos de la ocupación de Karras. Un saco de dormir raído abandonado en un rellano. Restos de una comida fría –pan duro, queso mordisqueado– sobre un cofre de piedra roto. Una botella de vino barato vacía.
Eran los rastros de alguien que vivía de forma precaria, escondiéndose, quizás asustado, pero también descuidado. La escalera desembocó en otra gran sala circular, quizás un antiguo salón ceremonial o un puesto de mando. Era similar a la de abajo, pero el aire aquí vibraba con una energía mucho más palpable, casi eléctrica. Y en el centro de la sala, la fuente de esa vibración era inconfundible. Era otro círculo de piedras.
Similar en tamaño y disposición al que Martín había encontrado –y tocado con desastrosas consecuencias– en las ruinas R-D-4, pero este era radicalmente diferente. Las piedras talladas, dispuestas en un patrón concéntrico preciso, no estaban frías ni inertes. Emitían un brillo débil pero constante, una luz enfermiza, entre púrpura y verde pálido, que parpadeaba erráticamente como una vela a punto de extinguirse.
Runas complejas, grabadas alrededor del perímetro exterior del círculo y conectadas por finas líneas de lo que parecía ser metal incrustado en el suelo, también brillaban con esa misma luz malsana. El aire alrededor del círculo era visiblemente distorsionado, como el aire caliente sobre el asfalto, y un zumbido bajo y disonante llenaba la sala.
"¡Por las barbas de mis ancestros!" exclamó Thorian, acercándose con cautela pero sin poder ocultar su asombro técnico. Desplegó varios sensores a la vez.
"¡Esto no es latente! ¡Está activo! Plenamente activo. ¡Está extrayendo energía telúrica bruta directamente de la línea ley que debe pasar bajo esta torre y la está... modulando! ¡Pero de forma errática, inestable! ¡Los patrones son caóticos! ¡Esto es peligrosamente inestable!" Althaea retrocedió instintivamente un paso, su mano en la lanza.
"Siento... dolor aquí," murmuró, su rostro pálido.
"Como si la piedra misma estuviera gritando bajo presión. Es... antinatural." Martín sintió una oleada de náuseas. La energía que emanaba del círculo era una versión amplificada y corrupta de lo que había sentido en R-D-4. Su visión de código parpadeó violentamente, mostrando líneas de energía inestables, fracturadas, interfiriendo unas con otras, formando patrones que parecían a la vez intencionados y a punto de colapsar.
Era un motor arcano antiguo, reactivado torpemente, forzado a funcionar de una manera para la que quizás no estaba diseñado.
"Es como el de las ruinas," dijo Martín, su voz tensa, "pero encendido. Alguien... Karras... lo activó." La pregunta obvia flotaba en el aire tenso.
"¿Pero para qué? ¿Qué está haciendo con toda esta energía inestable?" La respuesta llegó no con palabras, sino con un cambio sutil en la atmósfera de la sala. El zumbido disonante del círculo pareció intensificarse, y las sombras en los rincones de la sala parecieron alargarse y moverse por sí solas. La bienvenida del ilusionista estaba a punto de comenzar. You might be reading a pirated copy. Look for the official release to support the author.
Sección 3: La Bienvenida del Ilusionista Apenas Martín había formulado la pregunta, la energía caótica que emanaba del círculo de piedras pulsó con fuerza. La luz enfermiza parpadeó violentamente, proyectando sombras danzantes y distorsionadas sobre las paredes antiguas. El zumbido bajo se convirtió en una nota aguda y disonante que vibró en sus dientes.
"Parece que tenemos respuesta," murmuró Althaea, adoptando una postura de combate baja, su lanza lista. Thorian retrocedió apresuradamente del círculo, guardando sus sensores más delicados.
"¡Interferencia psiónica masiva detectada! ¡Campos ilusorios formándose! ¡Mantengan la concentración!" Pero la advertencia llegó demasiado tarde. El ataque no fue físico, sino perceptual. Una voz burlona, amplificada y distorsionada por la energía del círculo, resonó desde todas partes y ninguna a la vez.
"¿Visitantes?" La voz goteaba un sarcasmo nervioso.
"¿O son los perros falderos del Gremio, enviados por el viejo y aburrido Valerius para llevarme de vuelta a su jaula dorada?" Hubo una risa, pero sonó forzada, casi histérica.
"Qué grosería interrumpir mi... investigación. Estaba a punto de lograr un avance." El entorno mismo comenzó a cambiar sutilmente. Las paredes de piedra parecieron ondular como tela al viento. El suelo bajo sus pies dio la sensación de inclinarse, de volverse inestable. Sombras fugaces se movieron en la periferia de su visión, tomando formas humanoides por un instante antes de disolverse. Escucharon el sonido de pasos apresurados justo detrás de ellos, pero al volverse, no había nada.
Era un juego psicológico, diseñado para desorientar, para sembrar la duda y el miedo.
"¡Karras!" gritó Martín, intentando localizar la fuente de la voz.
"¿Dónde estás? ¡Se acabó! Sal y vuelve con nosotros pacíficamente." La risa volvió a resonar, más fuerte esta vez, teñida de una desesperación apenas disimulada.
"¿Pacíficamente?" repitió la voz.
"¿Volver a esa ciudad de reglas y juicios? ¿Volver a ser un mago de tercera categoría arreglando amuletos para nobles aburridos? ¡Nunca!" La voz se acercó, pareciendo susurrar ahora justo detrás de la oreja de Martín.
"He encontrado algo mucho mejor aquí. Algo... que me entiende. Que me da poder." Y entonces, desde las sombras más profundas al otro lado del círculo brillante, una figura emergió. No era imponente. Era un hombre de mediana edad, delgado hasta casi parecer demacrado, con cabello ralo y oscuro pegado a la frente por el sudor. Vestía túnicas de mago sencillas pero manchadas y desgastadas. Sus ojos eran lo más llamativo: grandes, inteligentes, pero brillando con una luz febril, astuta y profundamente inestable.
Había ojeras oscuras bajo ellos, como si no hubiera dormido en días. Una sonrisa nerviosa pero desafiante jugaba en sus labios. Era Karras Vane. Pero lo que realmente atrajo la atención de Martín fue el objeto que colgaba de una simple cadena de cuero alrededor de su cuello, descansando sobre su esternón. Era un fragmento irregular de piedra negra, no más grande que la uña de su pulgar.
Brillaba débilmente con la misma luz púrpura-verdosa enfermiza que emanaba del círculo de piedras, y parecía pulsar en sincronía con él. Era Astracita. Un trozo diminuto, casi insignificante comparado con el que habían enfrentado bajo Karak Dhur, pero Karras lo tocaba con una reverencia casi religiosa, como si fuera la fuente de todo su nuevo poder.
"He encontrado la clave," dijo Karras, su voz ahora normal, pero con un borde afilado de obsesión.
"La Piedra... susurra secretos. Me muestra cómo doblar la realidad. Cómo hacer que otros vean... lo que yo quiero que vean." Levantó una mano temblorosa.
"Me muestra cosas maravillosas," repitió, sus ojos brillando con una luz perturbadora.
"Y ahora... me ayudará a compartirlas con ustedes." La energía del círculo pulsó de nuevo, más fuerte esta vez, canalizándose visiblemente hacia el pequeño fragmento en el pecho de Karras, que brilló con más intensidad. La atmósfera en la sala se volvió opresiva, cargada de una energía ilusoria potente y dirigida. La verdadera emboscada estaba a punto de comenzar.
Sección 4: Caída en las Pesadillas Karras alzó ambas manos, el pequeño fragmento de Astracita en su pecho brillando ahora con una intensidad enfermiza, casi dolorosa a la vista. El círculo de piedras en el suelo resonó en respuesta, el zumbido disonante escalando a un gemido agudo que penetraba los oídos y la mente.
Una ola palpable de energía onduló desde él, no una fuerza física, sino algo mucho más insidioso: un tsunami psíquico cargado con el poder corruptor de la Astracita y la desesperación enfocada de Karras.
"¡Escudo!" gritó Thorian, golpeando un conjunto de runas en su guantelete. Un campo de energía hexagonal y ambarino surgió a su alrededor y el de sus compañeros, diseñado para desviar ataques arcanos convencionales. Pero la ola no era convencional. No chocó contra el escudo; lo atravesó. La energía ilusoria, potenciada y retorcida por la Astracita, no atacaba la materia, sino la mente, buscando las grietas, los miedos, los traumas más profundos de cada individuo.
El escudo de Thorian parpadeó y se desvaneció, no roto, sino simplemente irrelevante. El enano se quedó inmóvil de repente, sus ojos muy abiertos tras las lentes, fijos en un punto invisible frente a él. Su rostro, normalmente una máscara de pragmatismo gruñón, se contrajo en una mueca de horror absoluto y angustia. El olor acre a metal quemado y a ozono por una sobrecarga rúnica pareció llenar el aire a su alrededor, perceptible solo para él.
Estaba de vuelta en su antiguo laboratorio en Karak Dhur, en el preciso instante de su "fallo catastrófico". Veía de nuevo a Fendri, su joven y entusiasta aprendiz, atrapado por los arcos erráticos de energía de un prototipo inestable, el grito ahogado del muchacho perdido en el rugido de la explosión inminente. Revivía su impotencia, su error de cálculo fatal, el momento exacto en que la promesa se convirtió en tragedia.
Estaba paralizado, atrapado en el bucle de su peor recuerdo, sordo y ciego al peligro real que lo rodeaba. Althaea reaccionó con la velocidad de un depredador. Ignorando la ola psíquica inicial, cargó directamente hacia Karras, su lanza lista para atacar. Pero a mitad de camino, tropezó, deteniéndose en seco como si hubiera chocado contra un muro invisible. Su expresión se llenó de una confusión desgarradora, sus ojos ambarinos moviéndose frenéticamente a su alrededor.
La sala de la torre se había desvanecido para ella. Estaba de vuelta en los bosques humeantes de su infancia, el día en que su aldea fue arrasada. Oía los gritos de pánico de su gente, el choque del acero, el rugido del fuego consumiendo los hogares. Olía la sangre y el humo. Veía las figuras sombrías de los atacantes humanos moviéndose entre los árboles.
"¡Roric!" gritó, el nombre de su hermano perdido escapando de sus labios en un sollozo ahogado. Dejó caer su arma, sus manos buscando desesperadamente entre las sombras ilusorias, llamando a un fantasma, atrapada en la pesadilla recurrente de su pérdida más profunda. Martín sintió la ola psiónica golpearlo también, una presión intensa en sus sienes, un intento de invadir su mente.
Imágenes fugaces intentaron formarse: el rostro decepcionado de su madre, la oficina estéril de su antiguo trabajo, la oscuridad vacía del espacio entre mundos, el rostro de Vorlag riendo... Pero las imágenes eran inestables, fragmentadas, como reflejos en agua turbulenta. El constante ruido de fondo de las tres entidades en su cabeza –la furia del Guardián, el análisis del Arquitecto, la calma de la Voz Serena– parecía crear una especie de... interferencia.
Una estática mental que dificultaba que la ilusión externa encontrara un anclaje coherente. No era inmune. Sentía la presión, la náusea, la desorientación. Veía destellos de sus propios miedos, pero no lo atrapaban por completo. Podía, con un esfuerzo considerable, ver a través de la niebla psíquica. Y lo que vio lo heló hasta los huesos. Thorian, inmóvil como una estatua, perdido en el horror de su pasado. Althaea, de rodillas ahora, sollozando el nombre de su hermano, completamente ajena a la realidad.
Estaban caídos. Atrapados. Y Karras, el mago roto potenciado por la Astracita, estaba allí, de pie junto al círculo brillante, observando a Martín con una sonrisa triunfante y demacrada. La única amenaza que quedaba en pie. Estaba solo. Sección 5: Soledad y Desesperación El peso de la soledad cayó sobre Martín como una losa de piedra fría. Miró a su alrededor en la sala distorsionada por los últimos vestigios de la ola psíquica.
Thorian seguía inmóvil, con la mirada perdida en los horrores de su propio pasado, ajeno a todo. Althaea estaba de rodillas, temblando, sus manos arañando el aire vacío mientras murmuraba el nombre de Roric una y otra vez, perdida en el humo y el fuego de un día lejano y terrible. Estaban allí físicamente, pero sus mentes habían sido secuestradas, atrapadas en prisiones personales construidas con sus miedos más profundos. Y Karras lo sabía.
El ilusionista renegado se acercó lentamente, rodeando el círculo de piedras brillantes cuyo poder ahora fluía visiblemente hacia el fragmento de Astracita en su pecho. Había una expresión de triunfo febril en sus ojos, la de un hombre débil que finalmente ha encontrado un poder capaz de doblegar a otros a su voluntad, aunque ese poder lo estuviera consumiendo visiblemente. Su piel tenía un tono ceroso, y un fino temblor recorría sus manos.
"¿Ves, Consultor?" dijo Karras, su voz con un ligero carraspeo, pero llena de una nueva y desagradable confianza.
"Nadie puede resistir la verdad que la Piedra susurra. La verdad de sus propios fracasos, de sus pérdidas más dolorosas." Se detuvo a unos metros de Martín, inclinando la cabeza con falsa curiosidad.
"Incluso los fuertes como tu amiga Shatra, o el cascarrabias enano... todos tienen una grieta por donde el miedo puede entrar." Su mirada astuta se fijó en Martín.
"Tú también tienes los tuyos, ¿verdad? Lo sentí cuando la ola te golpeó. Una mente... ruidosa. Conflictiva. Llena de ecos y sombras." Sonrió, una mueca tensa y nerviosa.
"¿Qué ves tú, Consultor Vega? ¿Tu mundo perdido al otro lado de un velo imposible? ¿Las caras decepcionadas de los que dejaste atrás sin despedirte? ¿O quizás," su sonrisa se ensanchó, volviéndose cruel, "la oscuridad que llevas dentro te susurra cosas mucho peores?" Karras levantó una mano temblorosa, y Martín sintió una nueva oleada de presión psíquica, más enfocada esta vez, intentando penetrar sus defensas, buscando esa grieta personal, ese miedo raíz para explotarlo.
Las imágenes fragmentadas volvieron a asaltarlo –la oficina gris, la llamada perdida de su madre, la sensación de caída interminable– pero seguían siendo inestables, difíciles de aferrar para Karras gracias al caos interno de Martín.
"No..." logró decir Martín, retrocediendo un paso, sintiendo la presión mental como un dolor físico.
"No funciona... igual conmigo." Karras ladeó la cabeza, su expresión mezclando curiosidad y frustración.
"Ah, no? Interesante. Una mente... blindada por su propio ruido, quizás." Se encogió de hombros, la sonrisa volviéndose depredadora.
"No importa. El resultado es el mismo." Hizo un gesto abarcando a Althaea y Thorian, inmóviles en sus pesadillas privadas.
"Estás solo. Superado en número por tus propios demonios y los míos." Levantó ambas manos ahora, y la luz enfermiza del círculo de piedras y del fragmento de Astracita en su pecho se intensificó dramáticamente. El aire alrededor de Karras crepitó con energía ilusoria concentrada, lista para ser desatada. Ya no intentaba atrapar a Martín en un recuerdo; iba a lanzar un asalto mental directo, una tormenta psíquica diseñada para quebrar incluso una mente "ruidosa".
"Pronto," susurró Karras, sus ojos brillando con el poder prestado y la locura incipiente, "te unirás a tus amigos en sus dulces, dulces sueños." Martín se encontró solo, de pie entre sus compañeros caídos y un mago desesperado armado con un fragmento de oscuridad y un motor de poder arcano inestable. La presión psíquica era inmensa, y la energía concentrada en las manos de Karras prometía un golpe devastador. La desesperación amenazó con ahogarlo. ¿Cómo podía luchar contra esto?
¿Cómo podía salvarlos a ellos y a sí mismo?

Giữ khẩu khí thanh khiết — không văn tục, không phá chính trị.
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